lápiz

Dice que soy como un lápiz. Que tengo grafito dentro, que tengo madera. Un lápiz con goma, y a veces borro cosas.

Dice que por eso debo escribir, para que nada se me olvide. Y porque soy una mujer-lápiz.

Pienso en muchas razones para volver a hacerlo. Escribir. Y no precisamente en un lápiz…

Debo escribir, por ejemplo, para regenerarme la piel. Para poner que tengo miedos, y alegrías, y viajes y proyectos, y que a veces lloro. Pero solo a veces, porque las últimas lluvias saquearon todo. Llovió tanto que hasta se desbordaron los diques.

También debo escribir porque cuando lo hago vuelve la memoria de todo. De los cocuyos que salía a buscar junto a mi hermano, de los batidos de frutas que nos hacía mi abuela, del olor del durofrío de mango, del sonido del mar que golpea las rocas en el malecón de La Habana, justo al final de la calle G. Todo recobra vida.

Más vida.

No me parezco a un lápiz, le digo. Quién sabe, me dice. Porque a veces siento un golpe muy raro dentro. Como de azufre, y viento, y sal, y grafito. Entonces escribo.

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Tu fantasma

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

Guión

Fue tarde de confesiones. Confieso que… (y le entregó las palabras que no dijo durante años).

Palabras que llenaron varios vacíos de antaño.

¿Alguna vez lo escribirás?

Y sí, parece novela del siglo XIX. Pero no sabe cómo ponerla en letras. Los personajes aun no concluyen sus historias. Aun llevan una rosa náutica sobre la piel.

Desvíos

En carne propia sentí la estocada. La pregunta –que tantas veces he hecho a otros- me era devuelta. ¿Estás bien, no vas a volver a escribir?

Sentí que la vergüenza me sacudía. Y pasaron muchos segundos antes de recordar que tengo un blog, que escribo, que me llamo Leydi, que no me gusta mi nombre, y otra vez: que tengo un blog, que escribo

Y como si estuvieran grabadas, salieron las palabras de mi boca: Sí, voy a escribir, pero… a veces creo que nadie nota cuando no lo hago, entonces…

La dulce reprimenda –muy dulce- llegó como caricia casi: Claro que se nota, solo que cada día me digo “seguro hoy no tuvo tiempo, pero mañana quizás…” Y cuando llega el mañana, regreso y tampoco has escrito…

Y heme aquí, estremecida porque me han hecho la pregunta que tantísimas veces yo he soltado sin piedad; el reclamo que tan desgarradoramente he hecho: ¿No vas a volver a escribir?, y la confesión implícita: es que lo necesito.

Bajo fuego

mar_EE.UUMirar el río hecho de tiempo y agua/ recordar que el tiempo es otro río,/ Saber que nos perdemos como el río/ Y que los rostros pasan como el agua.

Jorge Luis Borges

 

 

Cada 13 de febrero es su cumpleaños. Así desde 1983. Ella sabe que debe dejar la tarjeta de felicitación un día antes y un día después, porque un solo día no basta. A fin de cuentas él le ha regalado más que una tarjeta.

Él le regaló dos de las lecturas más imprescindibles de su vida: Hamlet, y La insoportable levedad del ser. La introdujo en Milán Kundera y ella no salió igual.

Él le regaló la sinceridad y el respeto, y las largas conversaciones sobre lo humano y lo divino. Le regaló la amistad de quienes se reconocen hasta en lo oscuro, y se aprenden a fuerza de mirarse. (De quienes saben que solo discutirán visceralmente por dos camisetas de fútbol, porque ella nunca será madridista, porque él nunca será culé).

Se comparten las fidelidades más auténticas, y aun en la distancia, sin testigos y sin alzar voces, continúan uno en defensa del otro, con el compromiso intacto de rescatarse a fuerza de verdades.

“Cumplo 24” –le dice. “24 + 10” –añade con la sonrisa irónica que lo caracteriza. La sonrisa irónica y ladeada, y le parece que esa forma de decir su edad es, como todo lo suyo, muy original.

Entonces ella cree que no lo ha felicitado lo suficiente; pone en su honor una playlist diversa, como él suele hacer, que incluya todos los géneros. Como hacía en tiempos de universidad, cuando lo conoció. Relee la Poesía de poeta y de loco que él tenía, y queda así, invocándolo, se le agolpan las letras y termina escribiendo todo esto. Para su cumpleaños.

Dust in the wind

quc3a9-es-periodismo-narrativoI close my eyes
Only for a moment
And the moment’s gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind

Kansas

 

 

Había una vez…

Pero no, esta historia no empieza así. No existió un “Había una vez…” Las historias así requieren tiempo, mucho tiempo, y ellos solo tuvieron los días justos para describirse a medias, conocerse a medias, y lanzarse, también a medias, a un intercambio breve, brevísimo, de palabras.

Existieron letras que iban y venían de un continente a otro, de un país a otro, de una persona a otra. Luego fueron imágenes. Mezcla de palabras, fotografías que se complementaban, y los complementaban.

Es posible, claro que es posible, querer saber de alguien que apenas conoces. Y pedirle fotos de lo que ve, e intentar ver a través de sus ojos. Y querer un dibujo del atardecer, un dibujo con palabras. Lucía lo sabe.

No. No existió un “Había una vez…” porque las historias así requieren tiempo, y ellos en definitiva no se verán ni conversarán. Solo pretendieron construir un espacio digital y entrañable donde contarse sus historias con letras e imágenes.

Y así fueron quedándose… Y así fueron yéndose.

En definitiva los puentes digitales suelen ser efímeros, como el polvo en el viento…