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Posts Tagged ‘felicidad’

Como en Juego de Tronos, pero más emocionante, porque aquella serie va por 7 temporadas, y yo por 30. Pocas veces había tenido tantas expectativas en un cumpleaños: gardenias, vino tinto, crema de zanahorias, libro, fotografía, café,  viaje, proyecto terminado, y muchos por iniciar. Muchos, muchísimos, por iniciar. Apenas serán 30…

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“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

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Preludios

Se fue, imaginando que la lluvia corría por las ventanas, por las piedras, por las calles. Se fue pisando los charcos. Todos le dijeron que afuera el sol ardía en la piel, que la sequía había dejado la tierra árida, agrietada, descolorida. Casi todos la creyeron loca. Ella estaba viviéndose. No importaban las voces de los demás, en ese momento no había otro sonido que el de la lluvia golpeando el cristal de la ventana. Quiso salir a empaparse, a pisar los charcos, a beber de esas gotas. Quiso…Y lo hizo. Por un momento llovió solo para ella.

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paisaje

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Sigo un camino que me llevará, inevitablemente, a alguna parte. Alguna vez tuve miedo de adentrarme demasiado y luego no encontrar la salida. Tuve (tengo) miedo a las heridas, a dejar pedazos de piel mientras camino. Mas, detenerme no es una opción.

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mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

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sonrisaSonrío casi por todo. Como diría una amiga: ¿Qué nos queda? Lo nuestro, lo auténticamente nuestro, es la sonrisa, y eso nada lo debe arrancar.

Feliz o no, sonrío. Puedo despertar con ansias de conquistar el mundo o no; pensar que lo imposible es posible, o no…

Puedo, como hoy, amanecer afiebrada o adolorida; sintiendo que se cae el techo o que se quiebra  mi garganta. Puedo ver el atardecer de muchas maneras, pero siempre le sonrío.

Sonrío, aunque alguno crea que es locura, porque estoy viva y siento calma; porque aun cuando nos caemos –diría un gran amigo- lo mejor que podemos hacer es levantarnos, sacudirnos la tierra de las rodillas, y continuar. Continuar… sin que nada nos robe la sonrisa.

Y sonrío…

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