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Posts Tagged ‘felicidad’

Preludios

Se fue, imaginando que la lluvia corría por las ventanas, por las piedras, por las calles. Se fue pisando los charcos. Todos le dijeron que afuera el sol ardía en la piel, que la sequía había dejado la tierra árida, agrietada, descolorida. Casi todos la creyeron loca. Ella estaba viviéndose. No importaban las voces de los demás, en ese momento no había otro sonido que el de la lluvia golpeando el cristal de la ventana. Quiso salir a empaparse, a pisar los charcos, a beber de esas gotas. Quiso…Y lo hizo. Por un momento llovió solo para ella.

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paisaje

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Sigo un camino que me llevará, inevitablemente, a alguna parte. Alguna vez tuve miedo de adentrarme demasiado y luego no encontrar la salida. Tuve (tengo) miedo a las heridas, a dejar pedazos de piel mientras camino. Mas, detenerme no es una opción.

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mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

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sonrisaSonrío casi por todo. Como diría una amiga: ¿Qué nos queda? Lo nuestro, lo auténticamente nuestro, es la sonrisa, y eso nada lo debe arrancar.

Feliz o no, sonrío. Puedo despertar con ansias de conquistar el mundo o no; pensar que lo imposible es posible, o no…

Puedo, como hoy, amanecer afiebrada o adolorida; sintiendo que se cae el techo o que se quiebra  mi garganta. Puedo ver el atardecer de muchas maneras, pero siempre le sonrío.

Sonrío, aunque alguno crea que es locura, porque estoy viva y siento calma; porque aun cuando nos caemos –diría un gran amigo- lo mejor que podemos hacer es levantarnos, sacudirnos la tierra de las rodillas, y continuar. Continuar… sin que nada nos robe la sonrisa.

Y sonrío…

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mujer-cine…be happy

 

 

Me pierdo entre los cafés. Me fugo a las cafeterías. Hasta una servilleta sirve para anotar mi felicidad. El olor del café, el sabor del café…Yo.

Me escondo. Es tiempo de esconderme en mis propias letras, y de renovarme en las ajenas. Por eso me regodeo entre tantos libros, bibliotecas, librerías. Parece un mar, y me fascina.

Regreso a mí con la piel erizada de palabras. Y por primera vez me pierdo, yo sola, en un cine. En muchos cines. Conmigo misma.

Me reconozco cada día más. Hago lo que me gusta. Me agrado cada día más. Y soy inmensamente feliz.

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viqui“Mira, está tu nombre en la televisión –le digo”. Y claro, su hija acaba de ganar en su juego y la palabra final es justamente su nombre. Victoria.

Y me dice que claro, todos quieren tener una victoria en su vida.

Y yo me enorgullezco de mí misma porque tengo una Victoria en mi vida.

Y doy gracias –no a Dios, sino a Victoria- por estar en mi vida. Mi vida es otra desde entonces. Soy más segura de mí misma, más sonriente, canto y hasta aprendo pasos de música mexicana, me quiero más, y me ataco menos.

Lo de despistada no. El despiste eso sí que no lo cura ninguna Victoria del mundo. Eso es un sello de nacimiento. Siempre les recuerdo a todos, cuando me fallan los argumentos de que soy mononeuronal y demás…les recuerdo que así soy porque al nacer me jalaron con un fórceps.

Una Victoria en mi vida es todo lo que necesitaba. Más bien: esta Victoria en mi vida. Ella, que es quien me dice que en vez de preocuparme debo ocuparme, que confía en que yo pueda hacer las cosas, que cree que escribo bien, y que le puedo confesar los asuntos que a veces ni a mi madre le confieso.

Ella, que ahora mismo está trabajando –desde hace días, en verdad– para que yo tenga si no el mejor cumpleaños del mundo, al menos un cumpleaños sumamente memorable. Y me está haciendo panacota. Y la amo por eso, y por más.

La amo porque me acogió como hija con todo el saco de defectos que tengo. Y sabe que me pongo egoísta, y visceral cuando me enojo, y celosa muchas veces, y que en la cocina solo me queda bien el agua fría, y que soy necia como yo sola. Y aun así deja que yo llegue a su casa a revolverlo todo con mis locuras. Y que me ponga insistente a pedirle: “¡foto, foto!”

Y luego salimos y voy a correr por toda la yerba del jardín botánico, como si fuera una de sus perritas, y corro por toda la casa también. Y digo que estoy feliz. Y me dice que estoy loquita.

Y me presta una de sus playeras de la selección mexicana para ver el futbol. Y brindamos con cerveza. Con cerveza Victoria.

Hoy es mi cumpleaños. Y no puede ser mejor. Tengo una Victoria en mi vida.

¡Victoriaaaaaaaaaaaaa!

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niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

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