lápiz

Dice que soy como un lápiz. Que tengo grafito dentro, que tengo madera. Un lápiz con goma, y a veces borro cosas.

Dice que por eso debo escribir, para que nada se me olvide. Y porque soy una mujer-lápiz.

Pienso en muchas razones para volver a hacerlo. Escribir. Y no precisamente en un lápiz…

Debo escribir, por ejemplo, para regenerarme la piel. Para poner que tengo miedos, y alegrías, y viajes y proyectos, y que a veces lloro. Pero solo a veces, porque las últimas lluvias saquearon todo. Llovió tanto que hasta se desbordaron los diques.

También debo escribir porque cuando lo hago vuelve la memoria de todo. De los cocuyos que salía a buscar junto a mi hermano, de los batidos de frutas que nos hacía mi abuela, del olor del durofrío de mango, del sonido del mar que golpea las rocas en el malecón de La Habana, justo al final de la calle G. Todo recobra vida.

Más vida.

No me parezco a un lápiz, le digo. Quién sabe, me dice. Porque a veces siento un golpe muy raro dentro. Como de azufre, y viento, y sal, y grafito. Entonces escribo.

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alegorías

Un pedazo de mar envuelto por unas manos cariñosas le dibujó una sonrisa. Un auténtico regalo para quien se dice y desdice en medio de naufragios y botellas al mar.
Arena, conchas, caracoles… todo azul y un trocito de verde. Ahí cabe la felicidad, que a veces viaja en formas insospechadas.

“¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla.”

Como tabla de náufrago llegó a su isla.
Primero fueron las fotos, y los sonidos: esas aguas enviadas trozo a trozo para calmar añoranzas. El mar… en el que ya ardieron todas las naves y soplaron todas las brisas. Y desde un muelle lejano, alguien espera el reencuentro. Se anuncian más bienvenidas que despedidas. Hay puerto seguro.

Con regalos así, ¿quién dijo que todo está perdido?
El mar…

“…el mar no se avergüenza de sus náufragos.”

my birthday is coming…

Como en Juego de Tronos, pero más emocionante, porque aquella serie va por 7 temporadas, y yo por 30. Pocas veces había tenido tantas expectativas en un cumpleaños: gardenias, vino tinto, crema de zanahorias, libro, fotografía, café,  viaje, proyecto terminado, y muchos por iniciar. Muchos, muchísimos, por iniciar. Apenas serán 30…

Tu fantasma

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

Preludios

Se fue, imaginando que la lluvia corría por las ventanas, por las piedras, por las calles. Se fue pisando los charcos. Todos le dijeron que afuera el sol ardía en la piel, que la sequía había dejado la tierra árida, agrietada, descolorida. Casi todos la creyeron loca. Ella estaba viviéndose. No importaban las voces de los demás, en ese momento no había otro sonido que el de la lluvia golpeando el cristal de la ventana. Quiso salir a empaparse, a pisar los charcos, a beber de esas gotas. Quiso…Y lo hizo. Por un momento llovió solo para ella.