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Posts Tagged ‘flores’

Yo, la más estresada del día, con déficit de cafeína y envuelta en libros… Yo, la que pongo bandera a media asta por una cafetera rota, y me precio de conversar largo y abrazar hondo, he tropezado hoy con mis palabras. Y huí. Y divagué por cinco minutos cuando tuve delante de mí este adorno de flores. El regalo que salvó mi día. Huí como en esa canción de Sabina: “…dijo Hola y Adios”. Huí, y solo en la puerta me detuve a mirar hacia atrás, porque con esa prisa tan absurda, me alcanzó la sensación de habérmelas robado.

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viviéndome

primaveraDebe ser cosa de la primavera, que me recuerda con más fuerza que estoy viviendo otro año, que me quedé y merezco esta otra vuelta de lluvias y flores.

Y me invita a mezclarme. A empaparme otra vez bajo un aguacero. A andar descalza por el pasto. A juntar un ramo de flores silvestres. A disfrutar el olor de la tierra húmeda. A vivir la primavera muy a mi modo.

Vivirla viviéndome. Y los discos de música desfilan uno tras otro. Y las botellas se descorchan. Y el rito del café comienza cuando beso la taza.

Duermo menos para que el tiempo, el bendito tiempo, dure más. Extraño menos. Sí, egoístamente admito que extraño menos. Nada me perturba en estos días, y me río sola hasta que me duela la garganta y el estómago.

Las añoranzas deben haberse espantado, porque ya ninguna música me devuelve lágrimas, y ningún gorrión me posa en mis antiguas calles. Ahora soy yo. En otra primavera. Tan lejos y tan cerca. Feliz. Ridículamente feliz por todo.

Debe ser cosa de la primavera, por eso salgo a la ventana copa en mano, y me quedo conversándole, como a una vieja amiga. Y le confieso. Y le digo que pronto volveré a recostarme en la yerba, y a acariciar un árbol. Pronto. Ya pronto…

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muñeco de fin de añoEl 31 de diciembre le ofrecí las flores de mis manos. Romerillos. Y las flores de mi vestido. Rosas.

Mas, él ni se movió. Ni respondió. Ni parpadeó.

Ni siquiera porque ya pronto iba a arder –y no de amor- aquel ingrato ni me miró. Prefería ser espantapájaros, o hazmerreír de todos, o morir en el fuego de la medianoche.

Yo tenía la piel que a él le faltaba, los nervios que a él le faltaban, los latidos que a él le faltaban.

Le ofrecí mis flores. Él, sin embargo, prefirió consumirse en llamas.

En todo esto pensaba yo mientras el 2015 se hacía 2016, y aquel muñeco de fin de año se quemaba, y yo volvía a mi soledad habitual.

Ahí va otro diciembre…

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sinceridadConfirmo una vez más que hasta en mis descaros soy sincera. Me pasé casi dos meses sin visitar a mi abuela paterna. Cuando al fin la vi, le llevé un ramo de flores. “Abuela, como hace tanto que no vengo, traje rosas para que el regaño sea menor”.

A un amigo, al abrazarlo luego de varios años, le comento: “ya puedo empezar a mortificarte; porque como hace mucho tiempo no me ves, y ahora solo tenemos par de días para actualizarnos, no los vas a malgastar regañándome”.

Más recientemente llamé por teléfono a una periodista amiga. Una casi madre, casi abuela; muy sabia, y otra vez amiga. Le saludo y ruego me perdone por tantos silencios. Inmediatamente le expongo, desinhibida, que me decidí por el inicio del año porque como en estas fechas todo es paz, ternura, buenos deseos… sabía que no iba a reprenderme. Y le cito el ejemplo primero, el de mi abuela paterna, que luego de mi ramo de flores solo atinó a decirme:

“Ay, niña, ¡tú eres más descarada! Pero una descarada sincera, ¿sabes?”

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Te invito a mi boda

ninos_en_bodasMe acaban de invitar a dos bodas. Dos a falta de una. Cualquiera pensaría que tengo muchas amigas que se casan, pero comienzo a sospechar que me invitan por una razón más pueril: para agotar todas las posibilidades de que yo les siga el camino. Todo comienza en la parte de: “ve y quién sabe si te toca el ramo”.

Así, como si agarrar un ramo de flores al vuelo fuera una tarjeta de garantía de casarse pronto.

Lo que ninguna de las dos sabe – y claro, yo no se los diré- es que eso de que el ramo te caiga encima no funciona. Y lo digo por experiencia propia. ¡No sabré yo, que ya me cayó uno!

Yo tenía 16 años y cuando pidieron: “pónganse las solteras, que vamos a lanzar las flores”, casi me arrastran hacia detrás de la novia. El ramo voló, y las demás se quedaron tan quietas que no tuve que moverme, ni siquiera que echarme hacia delante, solo abrí los brazos con tal de que las flores no llegaran al piso. Porque las flores -tengo por ley- no se desprecian nunca, ni se dejan caer al suelo.

Pasada la ceremonia un amigo de mi padre comenzó a bromear: “¡bueno, la próxima eres tú! A ver si me invitas, que quiero emborracharme ese día”.

De eso han pasado 9 años. La novia de aquella boda ya tiene hijos, se divorció del novio de aquella boda y posiblemente me invite a una segunda boda.

Ahora me le escondo al amigo de mi padre, pues siempre que me ve dice: “Ven acá, mijita, ¿y tú para cuándo? ¡Yo me acuerdo que tú agarraste un ramo, yo te vi! Vamos, apúrate, que tengo unas botellas de ron guardadas para ese día, y ya debe ser añejo 15 años por lo menos…” Y como si buscara un número en un directorio telefónico, me dice que sabe de otras bodas. Yo también sé… Me acaban de invitar a dos bodas.

Me apena no asistir, pero cómo les digo a estas muchachas que no me llamen insistentemente a la hora de “vengas las solteras” como si mi nombre fuera un sinónimo. Que por favor, ya debo retirarme porque soy veterana en esto, mejor le doy paso a nuevas generaciones, pues he desfilado por casamientos de amigas del preuniversitario, de la universidad, de compañeras de postgrados…

Cómo les digo que no importa si el ramo me cae encima, qué digo, ni siquiera importa si el ramo me aplaste, que de todas formas no tengo novio para casarme. Cómo les digo que en cada boda no me asustan las viejas con caras viejas que sonríen y me preguntan “cuándo te toca a ti”, sino que mi tormento comienza en la parte de: “ve y quién sabe si te toca el ramo”.

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deseos

Los primeros deseos de mi niñez los pedí a una flor como esta, de las que se deshace en copos. Pensaba en algo que quería, la soplaba y listo…

En las noches velaba el cielo para ver si encontraba alguna estrella fugaz, y hacer alguna petición. También servía lanzar una cáscara de naranja completica, o un cake con una velita –un fósforo también sirve- y antes de soplarlo ahí va otro deseo.

Lo admito, tuve la vocación necesaria para trabajar en algún lugar donde las cosas cayeran del cielo, así, nada más de pedir que se conceda esto o aquello. Pero como no encontré una oficina donde dedicarme a solicitar o reclamar ansias atrasadas, pues me decidí por lanzar botellas al mar. ¿Y quién dice que muchas no viajan con mis anhelos?

De esa forma conocí varias personas a las que quisiera que se le cumplieran sus sueños, pues todas, como yo, reconocen que desear es importante.

Recientemente un amigo cumplió años. Quise regalarle un deseo. Le doy un pedazo de cake, pongo un fósforo encima, y le advierto que cuando lo logre encender –en medio de tanto aire que hace en la calle- pues él debe desear algo. Un fósforo, dos, tres… ¡todos se apagan! Ya sé, mejor lo enciendo y lo pongo directamente sobre el trozo de pastel. Así, sin previa consulta, prendí el fosforito, pero no se sostuvo encima del dulce, sino que fue a caer sobre la mano de mi amigo. “Bueno –dice- me quemé, pero al menos me dio tiempo a pedir el deseo”.

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De flores

El hombre que más flores me ha regalado es mi padre. Luego mi hermano quiso hacerle competencia, pero le resultó difícil. Mi papá le llevaba varios años, romerillos, mariposas, jazmines, y rosas de ventaja.

De él aprendí que las flores no se rechazan. No, nunca. Lo que aún no defino es de quién heredé este gusto tan peculiar de no resistirme a ningún pétalo ya sea blanco, rojo, amarillo, azul…

De niña regresaba de la escuela con la jaba de la merienda llena de flores, de todos los tipos que me encontraba en el camino. Me iba con el pan y el refresco y en su lugar le regalaba un ramo a quien me proporcionaba diariamente aquella comida: mi abuela. Y así todos los días.

Después de terminar la primaria no robé más flores de jardines ajenos, pero continué llevándome alguna de las áreas verdes comunes. En mi primer año de la universidad reaparecí con una flor en cada jornada de clases. Alguien debe recordar aún mis romerillos, acabaditos de arrancar camino a la Facultad.

También hubo muchas compradas, ¿sino cómo iba a hacerme de azucenas, girasoles, rosas, orquídeas, claveles…?

Hoy recuerdo esto así, de golpe, porque un muchacho desconocido me detuvo en una calle y me regaló, sin nombres ni protocolos, un girasol. Así, como en el video de X Alfonso…solo que este joven llevaba solo uno, y no muchos para repartir. ¿Habrá adivinado mi adicción? ¿Notó algún vacío en mi mano? ¿Será  que ha visto en mis ropas rastros de polen? Conjeturas…lo cierto es que me alegró el día.

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