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Posts Tagged ‘Gabriel García Márquez’

García-MárquezCada vez que quiero citar algo del Gabo apunto, junto al texto seleccionado, las iniciales: GGM. Así identifico de quién es el manojo de palabras que acabo de hurtar.

De tal forma tengo anotado en mis agendas estos fragmentos y más:

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.”

“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos.”

Gabriel García Márquez ha muerto. Y yo de descreída me aferro a que no, a que deben haberse equivocado todos los medios de prensa e incluso el presidente colombiano que decretó tres días de duelo nacional.

Por lo general, mis reacciones ante la muerte son más absurdas que mis reacciones ante la vida. Cuando me dijeron que Julio García Luis había muerto de un infarto solo atiné a decir: “no puede ser, porque lo vi ayer”. Cuando informaron que Teresita Fernández ya no respiraba, pregunté por qué. Ahora que me dicen que Gabriel García Márquez muere y la televisión se llena de imágenes suyas, no solo no me lo creo, sino que necesito no creérmelo.

Me hubiera gustado conocerlo –me dice un amigo ¡Y a quién no! pienso, mientras dejo traslucir mi consternación en un suspiro.

Recuerdo ahora mismo a varias personas. A un amigo que se sabe de memoria el inicio de “Cien años de soledad” y el de “Crónica de una muerte anunciada”. En el hombre que me confesó que su libro preferido era “El coronel no tiene quien le escriba”. En quien me prestó “El amor en los tiempos del cólera” y me hizo aprenderme ese final memorable. En la muchacha que apenas se enteró me envió un mensaje para pedirme que escribiera algo sobre García Márquez. En la profesora de periodismo que lo conoció…

El Gabo nos hizo aprender, junto a su nombre, el de Aracataca, y Macondo.

Me hizo, particularmente, darle otro giro a mi 17 de abril. Hasta que supe su última noticia, esa jornada solo tenía las marcas del ensueño tras una noche de desvelo y lágrimas; del día después del segundo cumpleaños de la niña que más quiero; la tristeza por un diario inacabado del mes de abril.

Ese día no tenía decidido sobre qué escribir: si una diatriba a mis miedos, si filosofar sobre la vida, el triunfo de Pinar del Río en el béisbol, o contar una historia graciosa. Estaba pensando en eso -sobre qué escribir- y con la computadora encendida, cuando mi madre se acercó para reproducir la noticia que acababa de escuchar en la radio. Hacía unos minutos había muerto Gabriel García Márquez.

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En estas fechas, desde hace unos años, recuerdo dos crónicas que he leído. Una es de Gabriel García Márquez, y la otra de Montserrat Roig.

La del Nobel colombiano, titulada  Estas navidades siniestras, la leí en una compilación Acerca de la crónica de la profe Miriam Rodríguez Betancourt.

“Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de plata para quedar bien por encima de nuestros recursos reales, que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace dos mil años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran, además, muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma quela Navidadde ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.”

La otra, la de la española Montserrat Roig, aparece en su diario personal, que luego de su muerte alguien convirtió en libro.  “Pues sí, con música de Corelli o sin ella, esto: ¡feliz Navidad! Una Navidad que aún nos haga desear el deseo de desear. Aquello que los satisfechos nunca podrán vendernos (…) En aquella casa, todos odiaban la Navidad.  Pero nunca dejaron de celebrarla. La Navidad era el sello, perenne, imperturbable, de su fe en la supervivencia de la especie”.

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