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Posts Tagged ‘golpes’

annas-himmel2-1I

Escribir –decía Montserrat Roig– es un juego de solitarios.

Vivir a veces también lo es.

II

Como bola de billar que rueda -de un lado al otro, siempre a golpes- así pasa el tiempo suyo.

El suyo –cree- va de un lado al otro, entre golpes…

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hermanosMi hermano siempre cargó con mis culpas. Él fue muy travieso, de los dos el más intranquilo y quien violaba las órdenes de papá y mamá.

Por eso cuando era yo quien ponía un piecito fuera del tiesto, igual mi hermano cargaba con la responsabilidad. Los mayores ni pensaban que yo habría podido…ni me creían cuando yo confesaba. No, me creían incapaz de romper un plato. Mi hermano soportó estoicamente sus castigos y buena parte de los míos, las miradas intensas y las voces regañonas. Soportó todo por mí.

Un día, cuando su varicela estaba en la fase de madurez, nos peleamos por algo, ahora no recuerdo por qué, pero tampoco es importante ahora. A veces el por qué no es tan importante, sino el qué. Y en este caso el qué es lo que importa. Continúo: mi hermano tenía varicelas, la mayoría a punto de explotar. Nos peleamos y le di un manotazo en la espalda. Le exprimí de un golpe una grande, lo estremecí, se dobló del dolor.

Esa ha sido una culpa que me vale por todas las que él soportó. Esa, la única que he querido olvidar y no puedo, porque recuerdo el llanto de mi hermano y sus ojos de pequeño que me interrogaban, ¿por qué? ¿Por qué, Tata?

Yo también lloré. No pude decirle –ni decirme- por qué, si él, entre sus pesadeces de niño travieso, también se reivindicaba culpándose por mí.

La primera vez que salí de casa a conocer otras provincias me fui sin mi hermano. Esa noche me senté en un parque y lloré mucho. Le dije a quien me acompañaba que extrañaba a mi hermano. Y no entendió mi desconsuelo hasta que le conté de aquella vez, de las varicelas y del manotazo.

Ya grandes le dije a mi hermano que me perdonara por aquello y lo que hizo fue reírse, me dijo que ya no se acordaba. Debí suponerlo, porque él todavía se desdobla por mí, y esa era su forma de cerrar el capítulo, de indicar que ya ni en la espalda ni en su memoria quedaban cicatrices.

Si mi hermano aún tiene algún vestigio de aquellos años infantiles es el de querer llevarse –una vez más- mis tormentos. Cuando ando en líos, o preocupada, o molesta, ahí viene él y me pregunta qué pasa, si alguien me ha incomodado. Y termina por arrancar de un tajo mi ceño fruncido con alguno de sus chistes, con alguna historia que me haga reír, como cuando éramos niños y todos toditos los problemas se solucionaban con alguna travesura, una competencia de quién llega más rápido, o con una historia de dos hermanos.

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