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Posts Tagged ‘Habana’

enrique-crucet-playitas-oriente— Necesito ver el mar.

— ¿Cualquier mar?

— Pues el mar es el mismo. En verdad, quiero el de La Habana, o el de Trinidad, pero como que “a falta de pan, casabe…” Necesito ver el mar.

En verdad ella pedía una foto del mar, aunque estaba necesitando -además de verlo- el olor, el sonido, el sentirlo en su piel.

Ella quería una foto del mar, y terminó sumergida en uno real. A kilómetros de su país natal. A kilómetros, pero… Es el mar. Y la inunda.

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taza de café amargoLa última vez que caminé por La Habana fue en un día como este. Gris. Lluvioso. Frío.

Ahora La Habana regresa solo en imágenes, en canciones. Solo eso tengo. Me queda lejos. Le quedo lejos.

Agarro la cafetera, para ver si calmo todas las añoranzas que se me revuelven dentro. Agarro la cafetera, buscando ese sabor conocido. Un sabor servido en tazas. Un sabor que también me queda lejos.

Música en pequeños sorbos, fotografías también a sorbos. Todo se va, y viene, a sorbos, con el café.

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Habana

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más. Quise abrazar muchos edificios, besar estatuas y andar descalza para sentir el pavimento. Entre todo, me quedé quieta bajo un aguacero y me fui a caminar mucho rato cerca del mar.

Alguien que no sabe de estos andares y añoranzas, pero sí de desvelos, me regaló días después un libro: Piedras y sombras. Plazas de la Habana Vieja.

“Empieza a leer este libro por la página 129, y luego ve donde te lleve tu corazón, de plaza en plaza”. Página 129…y para obedecer la sugerencia, lo leí desde el título: Canis persecutio.

Una persecución por las plazas de la añeja ciudad intramuros: de la Catedral, Plaza de Armas, de San Francisco… Plaza Vieja.

Solo le hubiera borrado las últimas palabras: “Me siento listo. ¡Hay tantos perros por conquistar!”

Pero después de todo quedaba La Habana seductora, nostálgica… narrada desde la complicidad y certeza de las manos de un hombre y un perro sin domesticar:

“Algo en mi mano nos provoca placer. (…) Como una marea, la plaza empieza a llenarse de personas. No me importa. Después de haber cruzado tantas calles y lugares, agradezco que en el fondo solo seamos ‘el perro’ y yo. (..) Tras estar unos minutos acurrucado entre mis brazos, se separa. Aunque deba irse, nos hemos obsequiado mutuamente todo lo que deseábamos. Ninguno necesita más. Hay una última mirada. Sería inútil intentar explicarla. Da media vuelta y echa a andar. Lo veo alejarse, mientras dejo que el vacío se acomode en mi pecho”.

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más.

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mar-malecón

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Él me llama cada vez que está cerca del mar. Me llama para que también yo lo escuche. Para que me inspire –aún a kilómetros- y lance otra botella al mar, porque dice hace tiempo no actualizo este espacio mío. Me llama, sobre todo, cuando está en el malecón de La Habana. He llegado a pensar que ese muro lo construyeron antaño para que siglos después él me llame cada vez que pase cerca. Me llama, me dice que me extraña. Está escuchando el mar, y quiere que también yo lo escuche. Y poniendo a las olas como otro interlocutor, voltea el celular hacia la marea que viene y va. Y hace silencio. No hay más voces ni saludos, no más extrañarse ni distancias. Aguzo el oído. Ahora, junto a él, escucho el sonido mar.

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Ruta 20

imagesUn amigo me dice que el día de mi cumpleaños bien podrían instaurar la fecha internacional por del Día del Despistado.

Cita par de ejemplos con los que habría de convencer al más descreído de los jurados. La vez que casi llego a la azotea del cine porque entré por otra puerta a ver la película. El miércoles que trastoqué las fechas e interrumpí una reunión de escritores porque pensé que era martes de lectura de poesía. O el malecón que fue la única barrera que me detuvo de seguir caminando en busca de una dirección que quedaba en sentido contrario.

También me recuerda la tarde que en una conferencia de la universidad indiqué que “el estilo plátano”… en lugar de estilo plano. Y la mañana en que mi hermano pidió- para no variar- café. Me dispuse a complacerlo y agarré la cafetera grande de seis tazas. Demasiado tiempo después el café no acababa de colar. Mi hermano fue a comprobar y descubrió que yo no le había puesto agua a la cafetera. De milagro, por cuestión de minutos y del goloso de mi hermano, la cafetera no hizo ¡pum!

O cuando estuve en las montañas del Escambray. De lejos vi una blancura que coronaba la montaña y sin pensarlo dos veces dije: “Parece que allá arriba están cocinando, porque sale humito como de chimenea”. El fotógrafo a mi lado solo atinó a bajarme el brazo con el que yo señalaba a lo alto, para aclararme que aquel “humito” eran nubes.

Pero mi amigo cita como el cenit de mi desorientación la tarde que fui a casa de una periodista que vive cerca de la Ciudad Deportiva, y me dijo que para llegar podía ir en una ruta 20.

Caminé de la parada de 25 y G hasta el hospital Calixto García –solo porque una vez había visto una 20 pasar por ahí. Subí. La guagua retrocedió a la calle G, luego Línea, pasó el túnel de Línea… En ese trayecto iban quedándose muchos pasajeros… hasta que se detuvo en Miramar y bajaron todos. Yo, asombrada, miré al chofer y pregunté:

“Señor, ¿esta no es la 20?” Sí. “¿Y no va para la Ciudad Deportiva?” El hombre me miró con su mejor cara de desasosiego y me dijo: “quédate ahí, mija, que en cinco minutos nos vamos”. Subieron los pasajeros. Miramar, túnel de Línea, otra vez Línea, calle G… volvió a parar frente al hospital Calixto García… y en ese trayecto iban sumándose personas.

La ruta 20 hace un recorrido completo por Centro Habana, el Cerro… y hasta etcétera; y casi una hora después de haber iniciado el viaje, fue que volví a poner los pies en la acera.

Cuando al fin el chofer detuvo el ómnibus frente a la heladería World, miró hacia atrás, me buscó con la vista y dijo: “La muchachita de la Ciudad Deportiva… ¡es aquí, mi cielo!”

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Desde que Charly Morales supo –ya por intuición o por la confirmación del ultrasonido- que su hijo sería varón, comenzó a escribir en todos sus espacios que pronto iba a conocer a su bebo.

La primera vez que supe del niño, aún antes de nacer, ya su padre le llamaba así, por eso no me extrañó que el primer mensaje que me enviara luego de que la criatura saliera del vientre de Eliurka, fuese este: “Te debía este aviso personal aunque seguro ya lo sabes: nació mi bebo y estoy loco por él”.

Lo que sí me extrañó -y más, me estremeció- fue que tanto él como su bebo me conmovieran por partida doble.

Noviembre del 2013. El ómnibus que recorrería la ruta Habana- Cienfuegos para el Encuentro Nacional de Cronistas estaba a punto de salir cuando llegó Charly con un papel doblado en cuatro. Era un telegrama, dijo, que debería ser leído en el evento, al cual él no podría ir porque su esposa pronto daría señales de parto.

Pero lo que me extrañó –y estremeció- no fue que Charly no fuera a Cienfuegos (aunque teníamos muchas expectativas de verlo participar por primera vez). Mis alarmas se activaron justo en el momento en que, entre tantos cronistas ahí reunidos, se abrió paso hasta mí para entregarme el papel y con él la honrosa misión de leer su comunicado.

De más está decir que cuando llegó la hora de leer públicamente y con micrófono delante el mensaje de Charly, mi cuerpo tembló como si yo estuviera más próxima al salón de parto que la misma Eliurka. Solo atiné a justificarme con algún argumento impreciso. Me disculpé y alegué que no esperaba que Charly Morales me diera a mí sus letras, que él es uno de los cronistas que más admiro y disfruto leer, y tener aquel papel en las manos me sacudía más que un terremoto.

Casi al fondo del auditorio escuché la consoladora voz de la profe Miriam Rodríguez Betancourt con un: “Te entendemos, hija”.

Mayo 2014. Con un mensaje Charly anunciaba que estaban en mi ciudad, e invitaba a conocer al bebo.

Me puse el único vestido naranja que tengo, color del que según Charly es el mejor equipo del mundo, su Villa Clara. Todo para que el niño se fuera acostumbrando al colorcito, aunque sé que para descalabro del padre, el hijo gustará del azul intenso de la capital.

Me corté las uñas hasta el borde de la piel, para no rasguñarlo al cargarlo, y no utilicé perfume, por si era alérgico…

“¿Cómo se llama? Como siempre le dices bebo…” “Carlos Enrique, como yo” “¡Ya sabía yo que ibas a inaugurar una dinastía!”

Entonces, una vez más Charly y su bebo me conmovieron. La presentación, mientras lo volteaba hacia mis brazos, fue con palabras: “mira, bebo, ve con tu tía Leydi”.

Tía. Yo nunca había tenido en mis brazos a un sobrino.

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El día que llegué a la casona de 19 y E, ya Dulce María Loynaz no estaba. Ni siquiera pude pasar mi mano por las grietas de las paredes o andar descalza por el jardín en busca de sus pasos. No, ya la casa de la Dulce María no era suya, sino una institución cultural debidamente restaurada.

A ella no la encontré. Ni estaban de visita Gabriela Mistral o García Lorca. Ni sus hermanos Flor, Enrique o Carlos Manuel. No había nadie. Había un guardia, varios escritores en una reunión de trabajo, pero para mí no había nadie. Yo estaba sola, y en mi soledad nada acompañada trataba de buscar a Dulce María.

Nadie para leer versos. Ni para poemas sin nombre…

“Miro siempre al sol que se va/ porque no sé qué algo mío se lleva”.

“En cada grano de arena hay un derrumbamiento de montaña”.

Ni para Baladas de amor tardío…

“Amor que llegas tarde/ tráeme al menos la paz/ Amor de atardecer, ¿por qué extraviado/ camino llegas a mi soledad?
Amor que me has buscado sin buscarte/ no sé qué vale más/ la palabra que vas a decirme/ o la que yo no digo ya…”

Ni para luchar contra el Tiempo…

“El beso que no te di/ se me ha vuelto estrella dentro…/ ¡Quién lo pudiera tornar/ -y en tu boca…- otra vez beso!”

Al lado de uno de los tantos gatos que rondan la casa me senté a descansar. Entonces permití que me hicieran una foto, para inmortalizar mi estancia en la casa de la hija del General Loynaz del Castillo. Llegué tarde, más de 20 años tarde. Ella no estaba para leer poemas, para recibir a Gabriela Mistral, ni para hacerse una foto conmigo.

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