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Posts Tagged ‘historias’

Agua. Con agua te tragas, como píldoras, las palabras que quedaron hoy en la garganta. Las no dichas, las que no llegaron a fecundar el aire, las que no alcanzaron sonidos.

Esas que caducan al día, las que alguien quiso posponer para mañana, pero sabes que cuando traes palabras en la garganta: o las pronuncias o te ahogas. Hoy, hoy querías ese desahogo emocional, deshacerte de todas esas palabras. Escucharte, y que las escucharan. Mañana –bien dicen los que sí hablan- seré otro día. Otro día en que te reinventas y ya las palabras serán otras porque las de hoy, claro, las habrás tragado, una a una.

Querías hablar, sí, seguro querías hablar. Sin embargo, te quedaste sin interlocutor. Mañana… Pero sabes que ya no las vas a pronunciar. Tampoco te vas a ahogar. No las dirás mañana, a fin de cuentas esas palabras iban a contar historias que son solo tuyas y solo son importantes para ti. No las escuches en la soledad de tus paredes. Trágalas con agua. Una a una. Con agua…

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pretérito

Definitivamente hay quienes viven aferrados a su “Había una vez…”

Aunque ya su historia se escriba en pasado.

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tu-ceviche_ii

Foto: Cortesía de @Tu_ceviche

El escritor Alberto Salcedo Ramos escribió una vez que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

Yo nunca entendí ese silogismo entre la gastronomía y una obra de arte. Para mí, tan metida en mis libros, en mi mar y en mi café, solo eso podía ser digno de perpetuar: las historias, el sonido de las olas, el olor de un café recién colado. Ni más ni menos.

Y así estuve, sonriendo con escepticismo cada vez que releía aquella crónica de Salcedo Ramos.

Y como al que no quiere caldo se le dan tres tazas, y no se debe decir: De esta agua no beberé…el azar (bueno, una amiga) me llevó a comer ceviche. Me llevó porque quería compartirme su descubrimiento. Según ella era uno de los mejores lugares donde había ido a comer, y estaba en la calle Centenario 31-B, cerca de dos puntos que yo adoro: el centro de Coyoacán, y la cafetería El Jarocho.

Fui, con el mismo escepticismo conque terminaba de leer la crónica aquella de Salcedo Ramos. Tal vez por esa incredulidad solo le dije al chef: “Prepárame el ceviche que quieras, solo que no tenga picante”. Así como diciéndole: “Sorpréndeme”.

Me quedé mirando cada detalle del lugar: los contrastes de colores, los adornos minimalistas en las mesas, la limpieza, las servilletas de tela negra con letras blancas, la madera. Sí, se activaron mis sentidos y me descubrí acariciando la madera de la mesa y de una banca, llevándome los adornos con los ojos, oliendo la comida que se elaboraba y encantada con la música. Solo me faltaba comer el ceviche.

Y yo, que cuando estoy de malas soy la terquedad en dos pies, que salí de casa a regañadientes esa tarde, estaba más dispuesta a encontrar algún defecto que a admitir que ese pedazo de Coyoacán me había cambiado el semblante. Así que pedí pasar al baño –pero el baño también me gustó y por un momento pensé quedarme ahí un rato.

Yo, que cuando estoy huraña busco polvo hasta en las mesas acabadas de limpiar, me sentí felizmente derrotada: no había polvo en aquellas mesas. Y ya en un acto extremo de no dar mi brazo a torcer, miré al techo…pero tampoco había telarañas.

Sí, me fui a todos los extremos (parecía más inspectora de sanidad que comensal), mas, tuve que admitirlo: no quería salir de casa, no quería entrar a ningún lugar nuevo, y sin embargo, ahí estaba, extasiada mientras me aprendía el nombre: Tu ceviche.

Me trajeron el ceviche y lo probé. Y me sorprendí. El chef (tal vez intuyó que yo había estado de rezongona husmeándolo todo) me preguntó si me había gustado. Y yo no sabía cómo describir aquellos sabores. O sí sabía (pero me pareció demasiada atrevida la respuesta, y la dejé en mi pensamiento). Estaba increíble. Hasta deseos tuve que hacerle oración: “san Tu_ceviche que estás en la tierra…”

Me trajeron el ceviche y creo que ha sido la primera vez que le hago una foto a mi comida, porque estaba linda. Muy linda, además de deliciosa. Después de ese día he regresado varias veces. He regresado porque aquella tarde yo entendí que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

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quc3a9-es-periodismo-narrativoI close my eyes
Only for a moment
And the moment’s gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind

Kansas

 

 

Había una vez…

Pero no, esta historia no empieza así. No existió un “Había una vez…” Las historias así requieren tiempo, mucho tiempo, y ellos solo tuvieron los días justos para describirse a medias, conocerse a medias, y lanzarse, también a medias, a un intercambio breve, brevísimo, de palabras.

Existieron letras que iban y venían de un continente a otro, de un país a otro, de una persona a otra. Luego fueron imágenes. Mezcla de palabras, fotografías que se complementaban, y los complementaban.

Es posible, claro que es posible, querer saber de alguien que apenas conoces. Y pedirle fotos de lo que ve, e intentar ver a través de sus ojos. Y querer un dibujo del atardecer, un dibujo con palabras.

No. No existió un “Había una vez…” porque las historias así requieren tiempo, y ellos en definitiva no se verán ni conversarán. Solo pretendieron construir un espacio digital y entrañable donde contarse sus historias con letras e imágenes.

Y así fueron quedándose… Y así fueron yéndose.

En definitiva los puentes digitales suelen ser efímeros, como el polvo en el viento…

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tarahumara

tarahumaras

foto: Bob Schalkwijk

México es un país de leyendas. Y de historias. Y de personas que parecen leyendas.

Esta es una de los pueblos tarahumaras (o rarámuris). La viejita que hace la nieve.

La leí una vez, en un museo. En uno de culturas populares. La leí porque me llamó la atención esta foto de una anciana.

“En invierno, cuando cae mucha nieve, es por causa de una viejita. Así me cuentan, Ella es la que hace nevar; se pasa todo el tiempo moliendo nieve, muele y muele, y luego la avienta.

La viejita tiene muchas canas y le dicen tatarabuela. Otras gentes dicen que la vieja pone la nieve en un árbol, arriba en el cielo, y que luego lo sacude”.

México es un país de leyendas. Y de historias. Y vale la pena estar aquí, al menos para escucharlas.

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Habana

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más. Quise abrazar muchos edificios, besar estatuas y andar descalza para sentir el pavimento. Entre todo, me quedé quieta bajo un aguacero y me fui a caminar mucho rato cerca del mar.

Alguien que no sabe de estos andares y añoranzas, pero sí de desvelos, me regaló días después un libro: Piedras y sombras. Plazas de la Habana Vieja.

“Empieza a leer este libro por la página 129, y luego ve donde te lleve tu corazón, de plaza en plaza”. Página 129…y para obedecer la sugerencia, lo leí desde el título: Canis persecutio.

Una persecución por las plazas de la añeja ciudad intramuros: de la Catedral, Plaza de Armas, de San Francisco… Plaza Vieja.

Solo le hubiera borrado las últimas palabras: “Me siento listo. ¡Hay tantos perros por conquistar!”

Pero después de todo quedaba La Habana seductora, nostálgica… narrada desde la complicidad y certeza de las manos de un hombre y un perro sin domesticar:

“Algo en mi mano nos provoca placer. (…) Como una marea, la plaza empieza a llenarse de personas. No me importa. Después de haber cruzado tantas calles y lugares, agradezco que en el fondo solo seamos ‘el perro’ y yo. (..) Tras estar unos minutos acurrucado entre mis brazos, se separa. Aunque deba irse, nos hemos obsequiado mutuamente todo lo que deseábamos. Ninguno necesita más. Hay una última mirada. Sería inútil intentar explicarla. Da media vuelta y echa a andar. Lo veo alejarse, mientras dejo que el vacío se acomode en mi pecho”.

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más.

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bandera-gayEn estos días en que coinciden la jornada contra la homofobia y la transfobia; y el día del campesino, me cuentan esta historia con la reflexión de que ambas fechas no armonizan del todo.

Habían realizado un examen de inglés la semana antes. Un examen a alumnos de posgrado. El profesor llama a uno de los estudiantes poco antes de entregar las calificaciones:

― Mira, es para que sepas que desaprobaste porque te fijaste por la muchacha de al lado. Eso es fraude.

― ¿Fijarme yo? Profe, ¡usted está loco!

Y el joven se puso rojo. Tal vez por la ira. Tal vez por la vergüenza. Tal vez por ambas cosas.

― Bueno, está bien, no te fijaste entonces. Pongamos que no copiaste nada, ni una palabra por ella. Entonces disculpa. Es solo que en tantos años que llevo de profesor nadie me había hecho una revelación como esta, más cuando pedí un texto de tema libre, y podías haber escrito de cualquier cosa. Perdón entonces.

El muchacho lo mira extrañado.

― Sí, está con tu letra: “My boyfriend is a very handsome man. He is so nice and loving with me! His hands are very strong…”

El muchacho continuó mirando extrañado. Evidentemente no entendía ni una palabra en inglés.

El profesor le tradujo. “Mi novio es muy atractivo. ¡Él es tan bueno y amoroso conmigo! Sus manos son muy fuertes…”

Me cuentan que el alumno pasó del rojo de la ira o la vergüenza, a ponerse blanco. Blanco, lívido.

Él, guajiro de la más pura cepa, nacido y criado en medio del campo de Jibacoa, asumió que su orgullo estaba siendo ultrajado.

Dejó a un lado el diálogo en voz baja con el profesor, aquel llamado aparte para que los demás no supieran que había cometido fraude. Y en medio del aula, ante todos los otros alumnos y profesores que pasaba, comenzó a gritar:

― ¡Yo me fijé! ¡Yo me fijé! ¡Les juro que me fijé!

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