Ala rota

¿Te acuerdas, papá, cuando encontré aquel pájaro con un ala rota, y lo puse en tus manos y con mi inocencia de niña te dije: “Arréglala”?

Arréglala. No “Cúrala”, sino “Arréglala”.

Arréglala -como arreglabas el fogón, o mi librero, o los zapatos viejos. Arréglala -porque tú lo arreglas todo.
¿Te acuerdas?

Y cuando estuvo sana me acerqué a besarla y tú con tu sabiduría de hombre grande me dijiste: “¡Cuidado no te de un picotazo en el ojo, no le acerques tanto la cabeza!”

¿Te acuerdas, papá?

Hoy vi un ave rota. No solo su ala. Rota. Estaba en la acera y a unos cuantos metros de ella, unos hombres talaban un árbol.

Me acerqué a besarla. Ya sé que tampoco entiendes por qué me gusta besar aves.

Pensé en ti, que sabes arreglarlo todo. Y pensé también que si el ave aquella, o esta, da picotazos en los ojos, o se arrebata como los pájaros de Hitchcock, quizá sea porque los seres humanos lo merezcamos un poco.

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disparos

niña en árbol─ ¡Mira!

Y miro. Noto que las escenas que están pasando en ese momento son demasiado violentas para su edad. Las imágenes de la tele muestran dos bandas disparando, una contra otra, dentro de una tienda.

Trato de desviar su atención, pero no lo logro. Ella queda atenta.

La película continúa. Su interés por entender también.

No ha cumplido los cuatro años. Si me pregunta, cómo voy a decirle lo que es el narcotráfico, o la delincuencia, o los asaltos…

─ ¿Viste eso?

Claro que lo vi. Y ando rebuscando en mi mente cómo apartar su mirada de la pantalla, o cómo explicarle ese desastre.

En su ingenuidad de personita feliz y sana, y pura, y otra vez feliz, me dice:

─ ¡Ay, Leydi, yo creo que quieren matar a la tienda!