Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Jorge Luis Borges’

Júrame
Que aunque pase
Mucho tiempo
Nunca olvidaré el momento
En que yo te conocí.

(Una canción de por ahí…)

 

 

A veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en caer en la tentación y el juramento. Se juran, por ejemplo, un café en la mañana, un ramo de romerillos, una copa de vino mezclado con lluvia, una ducha, unos labios, o la desnudez sin pudor de quienes pierden la ropa de solo mirarse.

Te prometo amor que solamente
Yo tengo en mi mente pedirte una noche”.

Y les dan (como a Sabina) “las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres… Y desnudos al anochecer nos encontró la luna”. Juntos.

Terminan dándose más de una noche, y más de un pedazo de piel, porque se prometen rosas y espinas, Principitos y zorras, desafiar lo impensable, derribar muros y puertas, y curarse de viejas heridas.

“Yo te prometo que yo
Seré quien cuide tus sueños
Y cuando tú estés despierta
El que te ayude a tenerlos.

“Yo podría prometerte el mundo
Tu prométeme una madrugada”.

Y vuelve el atardecer y los sorprende sentados la orilla del mar, así como por casualidad, o causalidad, o destino, se encuentran. Y ya solo quieren saber (como Borges) con qué pueden retenerse.

Sí, a veces quienes dicen no prometer nada en absoluto son los primeros en descifrar la grandeza del TE y del QUIERO. Juntos. Si los dejan

Anuncios

Read Full Post »

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

Read Full Post »

“Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,
auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.”

Borges

 

Él le escribió, sobre una calle, un poema de Borges:

“Te ofrezco cualquier agudeza que puedan contener
mis libros, cualquier hombradía o humor en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.”

Años después, en las paredes de la ciudad, amaneció escrito, con tinta roja y letras dispersas:

“Hace frío sin ti,
pero se vive.”

Todos acusaron a Dalton.

Ayer el viento lo agitó todo: las hojas secas del último otoño, las cintas de las películas mudas, las fotos de la posguerra…

porque así como todas las fotos de la guerra son la última foto,
todas las cartas de amor son la primera carta”.

Y se miraron por última vez en el ocaso, frente a los bancos de aquel parque que nunca recorrieron juntos.

“¿quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo nos hemos despedido?”

Borges

Read Full Post »

dama decimonónicaHacía años, muchos, que no recibía una carta. Una carta para mí, en sobre sellado, y cuño. Esta vez llegaron dos. Dos cartas de a golpe, de a sorpresa. Y me emocioné. Y me sentí entrañable.

1

“…desde la ciudad rectangular e inmunda, lanzo hacia ti mi corazón como una red. Pasado mañana parto. (…) Ahora la gloria se ha apagado. Me siento como un huérfano pobre sin su hermana mayor.”

2

“No sé por qué escribimos (…) Y a veces me pregunto por qué más tarde publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable es que sucumba en la tempestad y el abismo. Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.”

Dos cartas. Me pensé como aquellas damas decimonónicas y me sobrecogió la sola idea de que esta fuera una evidencia más de mis rarezas. Cartas. ¡Cartas en sobres! Ya casi nadie escribe así. Yo aun me creo a salvo, y de vez en cuando, de cuando en vez, dejo mensajes y cartas. Pero no las recibo. No solía recibirlas. Hasta ayer.

Las abro. Las leo. Las disfruto. ¡Las huelo! Y las resguardo de los ruidos y el polvo. Dicen de Borges. De Jorge Luis Borges. Y de Pacheco. De José Emilio Pacheco. Y vuelvo al éxtasis inicial.

Tengo dos cartas para mí. Egoístamente para mí sola. Insospechadamente, mi día cambia.

Read Full Post »