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Posts Tagged ‘La Habana’

Eliseo

Eliseo Diego me despierta en las noches para leerme un poema mientras regresamos a esa Habana donde nació. Luego me arrulla y me devuelve el sueño en la Ciudad de México donde murió. Y yo quedo atrapada entre las dos ciudades, con un solo Eliseo.

“no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es este:
les dejo
el tiempo, todo el tiempo.”

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Como el Principito que pedía con urgencia que solo él conocía: “Dibújame una oveja”…Así, con el clamor de quien pide algo inexplicable para los demás, pero sumamente importante, ella le pidió un trozo de mar. Un pedacito que se pareciera al que había dejado allá en su planeta. Él le trazó, con exactitud de cirujano, las coordenadas de una operación en marcha: el regreso a casa.

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enrique-crucet-playitas-oriente— Necesito ver el mar.

— ¿Cualquier mar?

— Pues el mar es el mismo. En verdad, quiero el de La Habana, o el de Trinidad, pero como que “a falta de pan, casabe…” Necesito ver el mar.

En verdad ella pedía una foto del mar, aunque estaba necesitando -además de verlo- el olor, el sonido, el sentirlo en su piel.

Ella quería una foto del mar, y terminó sumergida en uno real. A kilómetros de su país natal. A kilómetros, pero… Es el mar. Y la inunda.

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barco varadoA Victoria Gaytán Alonso, porque para devolverme la fe solo necesité que me creciera esta madre que me lee y me alienta a escribir. A ella, porque confía en mí más que yo.

 

 

Cerrado por derribo. Robado a Joaquín Sabina. Así sería el título de mi crónica definitiva. Y estuve a punto de escribirla recientemente, cuando creí perecer por asfixia.

Asfixia porque par de amigos -¿amigos?- plagiaron algunas de mis letras. Oraciones, párrafos casi completos. Y eso es traición. Y duele.

Duele. Como duele que el país que dejé no me reconozca al regreso. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Desgarra caminar por calles que me ven ajena. Pero no desgarra tanto como sentir el agobio de los de adentro, y notar que aunque las fachadas se pinten y se anuncien al mundo, el interior sigue cayéndose a pedazos. Cayéndosele encima a los que viven al día, y no a los falsos arquitectos que la subastan.

Dolor. Asfixia. Ira. Desconsuelo. Depresión. Todo junto, mezclado, me hizo ver desde lejos, sin acercarme, sin escribir. Ermitaña.

Me fui alejando de todo, y de mí. “Hoy no quiero estar lejos/ de la casa y el árbol”.

Me impresionó que personas desconocidas me rescataran del naufragio. Que siguieran leyendo o releyendo; y otros continuaran suscribiéndose a este, mi único mar. Mi barco encallado renovó su esperanza de que alguna vez yo volviera a lanzar botellas. Botellas al mar.

Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de una semana cualquiera, decidí volver. Volver a escribir sobre todo cuanto he visto, he sentido, y he contado.

Y heme aquí, reiniciando mis pasos en estos parajes digitales.

Heme aquí, con menos dolor y asfixia que cuando comencé a escribir. El blog me sirve para esto. Desahogo. Aunque la realidad, ahí afuera, siga siendo la misma.

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Habana

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más. Quise abrazar muchos edificios, besar estatuas y andar descalza para sentir el pavimento. Entre todo, me quedé quieta bajo un aguacero y me fui a caminar mucho rato cerca del mar.

Alguien que no sabe de estos andares y añoranzas, pero sí de desvelos, me regaló días después un libro: Piedras y sombras. Plazas de la Habana Vieja.

“Empieza a leer este libro por la página 129, y luego ve donde te lleve tu corazón, de plaza en plaza”. Página 129…y para obedecer la sugerencia, lo leí desde el título: Canis persecutio.

Una persecución por las plazas de la añeja ciudad intramuros: de la Catedral, Plaza de Armas, de San Francisco… Plaza Vieja.

Solo le hubiera borrado las últimas palabras: “Me siento listo. ¡Hay tantos perros por conquistar!”

Pero después de todo quedaba La Habana seductora, nostálgica… narrada desde la complicidad y certeza de las manos de un hombre y un perro sin domesticar:

“Algo en mi mano nos provoca placer. (…) Como una marea, la plaza empieza a llenarse de personas. No me importa. Después de haber cruzado tantas calles y lugares, agradezco que en el fondo solo seamos ‘el perro’ y yo. (..) Tras estar unos minutos acurrucado entre mis brazos, se separa. Aunque deba irse, nos hemos obsequiado mutuamente todo lo que deseábamos. Ninguno necesita más. Hay una última mirada. Sería inútil intentar explicarla. Da media vuelta y echa a andar. Lo veo alejarse, mientras dejo que el vacío se acomode en mi pecho”.

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más.

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cabeza de mujer con pecesPorque aun en geografías lejanas, cuando he necesitado amiga y confidente, a la vuelta de letras, todos los caminos conducen a Romy

(…)

Compartiéndonos música, fragmentos de textos, fotos de aquí y de allá, de ahora y de antes…así vamos sorteando el tiempo y las distancias.

Las distancias se hacen dolorosas cuando se tiene un lugar común donde regresar alguna vez; cuando se ha caminado por las mismas calles que ahora quedan lejos.

Nos contamos también un montón de alegrías y más de diez angustias. Nos decimos de coincidencias que ni siquiera sabíamos en común, y de esperanzas.

La esperanza de lo que será puede calmar más de un desaliento. Por eso nos entretenemos creando posibles encuentros.

Rompemos en trozos cada desilusión que nos asalta, y así las lágrimas golpean menos. Marcamos los parecidos de la nuestra con la vida de Marguerite de Valois, Frida Kahlo, Tina Modotti…

Esta es una de esas coincidencias y rarezas de la vida. Dos personas que no se han visto frente a frente, que ni siquiera se han abrazado, y se confiesan una a la otra.

Tal vez ni siquiera nos hubiésemos conocido, a no ser por un Desayuno con Sócrates. Otra coincidencia y rareza de la vida: unirnos gracias a un libro que envió otra persona que tampoco había visto frente a frente ni había abrazado siquiera.

Pero ambas nacimos un 10 de septiembre. Y ese descubrimiento fue mayúsculo. Unos años más, unos años menos…henos aquí, dialogando como si hubiéramos estudiado juntas desde el preuniversitario.

Ahora le envío la primicia de este texto mío para que ella elija la imagen. Hay complicidades así, inexplicables. “Es cosa del 10 de septiembre que nos une” –decimos- pero sabemos que la amistad no sabe de fechas.

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sustoDos jóvenes cubanos caminaban por La Habana Vieja. Se hicieron varias fotografías uno al otro, pero frente a la Catedral querían una juntos. Pasaban las 2:00 p.m., el sol y el calor provocaba que las personas se resguardaran en portales o fueran a tomar una bebida refrescante.

Ellos buscaron con la vista a alguien cerca para pedirles el favor. Vieron a una mujer blanquísima, rubia, alta, parecía turista. Ellos asumieron que era extranjera, tal vez de algún país de habla inglesa, y creyeron que si le hablaban español la mujer pensaría que aquel par de cubanos la acosaban.

Titubearon un rato entre acercarse o esperar por alguien más que pasara, pero estaban apurados y los pocos que transitaban cerca también parecían extranjeros…al parecer angloparlantes.

Entonces uno de los dos muchachos cubanos, el rubio de ojos azules, afinó su pronunciación y le pidió a la señora:

-Can we have a picture taken, please?

Ella accedió, y luego de devolverles la cámara fotográfica, tanto ellos como la Canon quedaron perplejos de cómo la mujer, en perfecto español castizo de España, con Z incluida, se dirigía a una amiga para exclamarle:

-Vaya, tía, joder, ¡qué calor hace en este país!

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