lápiz

Dice que soy como un lápiz. Que tengo grafito dentro, que tengo madera. Un lápiz con goma, y a veces borro cosas.

Dice que por eso debo escribir, para que nada se me olvide. Y porque soy una mujer-lápiz.

Pienso en muchas razones para volver a hacerlo. Escribir. Y no precisamente en un lápiz…

Debo escribir, por ejemplo, para regenerarme la piel. Para poner que tengo miedos, y alegrías, y viajes y proyectos, y que a veces lloro. Pero solo a veces, porque las últimas lluvias saquearon todo. Llovió tanto que hasta se desbordaron los diques.

También debo escribir porque cuando lo hago vuelve la memoria de todo. De los cocuyos que salía a buscar junto a mi hermano, de los batidos de frutas que nos hacía mi abuela, del olor del durofrío de mango, del sonido del mar que golpea las rocas en el malecón de La Habana, justo al final de la calle G. Todo recobra vida.

Más vida.

No me parezco a un lápiz, le digo. Quién sabe, me dice. Porque a veces siento un golpe muy raro dentro. Como de azufre, y viento, y sal, y grafito. Entonces escribo.

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dedos-al-cuerpo“No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es la vida misma? Por eso la vida parece un boceto” (Milán Kundera)

Adán y Eva parecían dos niños sedientos. Bebieron mucho porque tenían sed. Y se contaron historias, como quien lee un buen libro antes de irse a dormir, como quien escucha un relato sorprendente. Leyeron unas cuantas páginas, y se quisieron dibujar. Primero unas flores sobre la mesa. Luego sobre la piel. Los dedos marcaban figuras similares a las de las historias que se habían contado antes. Se hipnotizaron con bocetos que comenzaban a ser más precisos: unas manos, el contorno de unos labios…Parecían niños curiosos, queriendo descubrirse…