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Foto: Cortesía de @Tu_ceviche

El escritor Alberto Salcedo Ramos escribió una vez que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

Yo nunca entendí ese silogismo entre la gastronomía y una obra de arte. Para mí, tan metida en mis libros, en mi mar y en mi café, solo eso podía ser digno de perpetuar: las historias, el sonido de las olas, el olor de un café recién colado. Ni más ni menos.

Y así estuve, sonriendo con escepticismo cada vez que releía aquella crónica de Salcedo Ramos.

Y como al que no quiere caldo se le dan tres tazas, y no se debe decir: De esta agua no beberé…el azar (bueno, una amiga) me llevó a comer ceviche. Me llevó porque quería compartirme su descubrimiento. Según ella era uno de los mejores lugares donde había ido a comer, y estaba en la calle Centenario 31-B, cerca de dos puntos que yo adoro: el centro de Coyoacán, y la cafetería El Jarocho.

Fui, con el mismo escepticismo conque terminaba de leer la crónica aquella de Salcedo Ramos. Tal vez por esa incredulidad solo le dije al chef: “Prepárame el ceviche que quieras, solo que no tenga picante”. Así como diciéndole: “Sorpréndeme”.

Me quedé mirando cada detalle del lugar: los contrastes de colores, los adornos minimalistas en las mesas, la limpieza, las servilletas de tela negra con letras blancas, la madera. Sí, se activaron mis sentidos y me descubrí acariciando la madera de la mesa y de una banca, llevándome los adornos con los ojos, oliendo la comida que se elaboraba y encantada con la música. Solo me faltaba comer el ceviche.

Y yo, que cuando estoy de malas soy la terquedad en dos pies, que salí de casa a regañadientes esa tarde, estaba más dispuesta a encontrar algún defecto que a admitir que ese pedazo de Coyoacán me había cambiado el semblante. Así que pedí pasar al baño –pero el baño también me gustó y por un momento pensé quedarme ahí un rato.

Yo, que cuando estoy huraña busco polvo hasta en las mesas acabadas de limpiar, me sentí felizmente derrotada: no había polvo en aquellas mesas. Y ya en un acto extremo de no dar mi brazo a torcer, miré al techo…pero tampoco había telarañas.

Sí, me fui a todos los extremos (parecía más inspectora de sanidad que comensal), mas, tuve que admitirlo: no quería salir de casa, no quería entrar a ningún lugar nuevo, y sin embargo, ahí estaba, extasiada mientras me aprendía el nombre: Tu ceviche.

Me trajeron el ceviche y lo probé. Y me sorprendí. El chef (tal vez intuyó que yo había estado de rezongona husmeándolo todo) me preguntó si me había gustado. Y yo no sabía cómo describir aquellos sabores. O sí sabía (pero me pareció demasiada atrevida la respuesta, y la dejé en mi pensamiento). Estaba increíble. Hasta deseos tuve que hacerle oración: “san Tu_ceviche que estás en la tierra…”

Me trajeron el ceviche y creo que ha sido la primera vez que le hago una foto a mi comida, porque estaba linda. Muy linda, además de deliciosa. Después de ese día he regresado varias veces. He regresado porque aquella tarde yo entendí que hay platos preparados con tanta exquisitez que uno no sabe si comérselos, o enmarcarlos y ponerlos en la pared.

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Sabina…mientras escucho a Sabina, me lleno de Sabina, me aprendo a Sabina. Pongamos que hablo de Joaquín

 

Porque eres bueno editando. Eso dices. Pero yo no lo sé. Solo lo escucho. Eres bueno editando. Edítame.

Yo, como el personaje de aquella película de Woody Allen: a veces no sé lo que quiero. Pero tengo muy claro lo que no quiero. Tú, que le sabes a las palabras el ritmo, trata de editarme, juega a editarme.

Eres bueno quitando palabras. Dime las palabras que me sobran. Y las que me faltan. Y déjame a Benedetti, y a Borges, y a Dulce María. Y la calle melancolía, y los 19 días y 500 noches, y la canción más hermosa del mundo.

Comienza el día subrayándome. Tal vez no logres pasar de la primera página. Quita algo de mi ironía y sarcasmo. Rebaja tus hipérboles. Y conversemos de letras.

Léeme. Porque eres bueno leyendo a las personas. No me dejes tantas oraciones en la cabeza y tantos puntos suspensivos en la boca. Léeme.

 

“Y la vida siguió,/ Como siguen las cosas que no/ Tienen mucho sentido,/ Una vez me contó,/ Un amigo común, que la vio/ Donde habita el olvido”.

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RodrigoVolví a leer porque me tentaba ver los libros en sus manos. Rodrigo lee. Hasta no cansarse. Lee.

Volví a ir al cine porque me provocaba curiosidad las películas que él sugería. Rodrigo tiene un arsenal de películas. Películas. Y mezcla las escenas con su vida.

Llega a casa contando historias. Las de los libros. Las de las películas.

Yo digo que su hermana es un genio. Y que él es un crack.

Entiende de química, y de licores, y de bailes, y de ropas. Entiende. Rodrigo entiende. Y habla más allá de lo que yo puedo entender.

Él juega fútbol. Y muy bien. Él le pone empeño a lo que disfruta. Y el fútbol lo disfruta. Él se apasiona con lo que le gusta. Y así anda por la casa. Y así anda por la vida. Apasionado.

— ¿Botellas al mar? –Esa es su pregunta para saber si estoy escribiendo.

Y no, hace días que no escribo. Hace unos quince días. Justo en el cumpleaños de su hermana.

Él fue el primero en leerme. Porque era sobre su Aura. Y porque –dice- le gusta el nombre de mi blog.

Hoy llegó a desordenarme las ideas. Ahí estaba yo, buscando artículos para mi investigación, y me dijo: ¿Botellas al mar?

Y no me contuve. Volví a escribir. Me gustó el reto de dejarle una botella escondida. Una que no verá ahora mismo, porque se fue a una fiesta. Y en las fiestas uno no va a leer.

La encontrará. Lo sé. Porque lee. Porque le gustan las historias. Y porque es un crack.

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librosA Mónica Baró, por la complicidad de sentirnos bichos raros, siempre tentadas por un libro.

Tal vez fue en respuesta a mi post “¿Soy a-normal?”, porque confesaba que sucumbo al encanto de escribir a mano. Piel- papel, como sugería Dulce María Loynaz. Y que “ahora, pasados todos los niveles de enseñanza, no acabo de precisar si soy extraterrestre, si realmente el fórceps con el que me jalaron para nacer me hizo mucho daño. Pero mis neuronas no logran alinearse con tanta estupidez ambiente, y continúo creyendo en la nobleza de los demás, aunque por estos tiempos la sinceridad sea una llamita que se extingue”.

Tal vez por eso, hace pocos días un amigo envió un texto a mi buzón: “Sal con una chica que no lee”, de Charles Warnke.

En cuatro páginas explican que el hombre que quiera una vida normal -común y corriente- debe amar a una mujer que no lee. “Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel”.

Lo leo completo. De inicio a fin me siento yo. Esa muchacha que se pierde en las librerías y huele libros, que deja enfriar el café y hasta las comidas por seguir los párrafos que vienen. Para la que un libro siempre será el mejor regalo. Y que cree que las letras de los textos le penetran la piel.

Recuerdo entonces a Oliverio Girondo y su sentencia de lo que no perdonaba a las mujeres: “Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando (…) No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!”

Recuerdo también a una amiga tan distraída como yo. Tan absorta en lecturas como yo. Que quiere retener las palabras. Mónica Baró. Cuando ella leyó mi post “¿Soy a-normal?” me escribió al instante, para decirme algo que ya yo sabía: que no soy la única a-normal de este mundo.

Un amigo bohemiano –no bohemio, sino que trabaja en la revista Bohemia- nos decía que las dos éramos autistas. Siempre metidas en los textos. Y que por eso nos llevábamos bien. Y que olvidábamos los compromisos que teníamos con los demás, las citas para entrevistas o la reunión; pero nunca se nos olvidaba cuando nosotras quedábamos para un café o conversar, porque teníamos una hermandad. Nos unían los libros. Y la irreverencia de quedarnos calladas en las reuniones. Y lo azaroso de vivir a contracorriente.

Yo le decía a Mónica que lo que uno escribe es como un hijo, por eso no entregamos textos a medias. Ella hasta demoraba la hora de cierre de la revista porque alguna palabra se le resistía. Y su trabajo no podía irse a la imprenta con palabras imperfectas.

En una ocasión harían en La Habana una “suelta de libros” o algo así. Cada persona involucrada dejaría algunos ejemplares sobre un banco de un parque, y otra al azar lo encontraría. Mónica iba angustiada. Ya había seleccionado los libros que iba a regalar. Pero quería eso. Regalarlos. No soltarlos. No dejarlos a la intemperie. Para ella los libros son también como hijos.

No le volví a preguntar qué hizo en esa ocasión. Supongo que encontró a alguien adecuado para depositar los textos. Conociéndola sé que de otra forma se hubiese pasado toda la tarde detrás de un árbol cuidando que no los arrastrara el viento, no los mojara la lluvia, o los deshojara un vendedor de maní.

Sí. Supongo que tenía razón Frida Kahlo cuando dijo: “Yo solía pensar que era la persona más extraña del mundo, pero luego pensé que hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo (…) Sí, es verdad. Yo estoy aquí. Soy tan extraña como tú”.

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Vuelvo / quiero creer que estoy volviendo

con mi peor y mi mejor historia

conozco este camino de memoria

pero igual me sorprendo.

M. Benedetti

 

¿Qué otra historia me robaré? Dice mi amigo Enrique Milanés que tendrá cuidado en cada conversación conmigo porque de nuestro diálogo resultó mi post sobre su rana.

A veces me descubro anotando líneas que luego suelo enlazar en párrafos para construir crónicas. De cada cobertura que me asignan regreso con más historias que leads noticiosos.

En la última me enviaron a escribir sobre un acto en otro municipio. Pasada la primera media hora, y con solo algunos datos anotados, saqué un libro de Alexis Díaz-Pimienta y comencé a leer. Luego pasé horas tratando de coordinar aquellos apuntes, porque todo lo que venía a mi mente era Jacques Daguerre, las calles de París y los instantes eternos de las fotografías.

De vuelta al periódico también venía en el carro una mujer con su hija de cinco años. “Es que voy para el hospital, porque estoy enfermita”, me dijo la niña. Y ahí perdí las últimas impresiones que tuve del acto y hablamos de sus cuatro perros. ¿Tantos perros? “Sí, porque soy guajira” (…y ahí tuve otra historia)

Dice el periodista José Alejandro Rodríguez que él, junto a su sección Acuse de recibo, de buena gana abriría otra para que le cuenten historias y así escribir más crónicas. Yo haría lo mismo, pero como no tengo sección alguna, solo camino y escucho para poder almacenarlas.

Por el momento he tecleado más vivencias personales. Tal vez porque todo lo que veo y escucho lo pongo en mi morral de sensaciones, o porque, como decía Frida Kahlo cuando le preguntaban por qué se dibujaba a sí misma, “soy lo que mejor conozco”.

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