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Posts Tagged ‘letras’

quc3a9-es-periodismo-narrativoI close my eyes
Only for a moment
And the moment’s gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind

Kansas

 

 

Había una vez…

Pero no, esta historia no empieza así. No existió un “Había una vez…” Las historias así requieren tiempo, mucho tiempo, y ellos solo tuvieron los días justos para describirse a medias, conocerse a medias, y lanzarse, también a medias, a un intercambio breve, brevísimo, de palabras.

Existieron letras que iban y venían de un continente a otro, de un país a otro, de una persona a otra. Luego fueron imágenes. Mezcla de palabras, fotografías que se complementaban, y los complementaban.

Es posible, claro que es posible, querer saber de alguien que apenas conoces. Y pedirle fotos de lo que ve, e intentar ver a través de sus ojos. Y querer un dibujo del atardecer, un dibujo con palabras.

No. No existió un “Había una vez…” porque las historias así requieren tiempo, y ellos en definitiva no se verán ni conversarán. Solo pretendieron construir un espacio digital y entrañable donde contarse sus historias con letras e imágenes.

Y así fueron quedándose… Y así fueron yéndose.

En definitiva los puentes digitales suelen ser efímeros, como el polvo en el viento…

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meteoritoElla le propone crear algo juntos. Él le da a ella luz verde para escribir a partir de la imagen que quiera.

Lo vio como quien mira un meteorito. Con la misma sensación de hallazgo, y con el mismo ensimismamiento de quien se queda mirando la gran roca que cuando impacte, te destruirá. Puede destruirte, pero aún así te deslumbra, y no cambias la vista. Hasta que impacta y ya no hay remedio.

Ella teme desbordarse demasiado, por eso se aguanta las ganas de irse, casi en trozos, en los textos. De irse en pedacitos, y volver más en pedacitos todavía. Cree tener el miedo que nunca antes ha sentido. Quiere escribir sobre sus manos –las de él- pero se resigna a que no. Si no podrás rozarlas, si ya se va con otras manos, para qué dibujar esas, precisamente esas.

Y se detiene. Escoge fotos de paisajes, de atardeceres, de caminos… pero se queda abstraída de toda realidad, viendo otras. Y no se atreve. Tampoco sabe de medirse mucho: cuando quiere decir algo, lo dice; cuando quiere hacer algo, lo hace. Esta vez, por esta única vez, no debe.

— ¿Seguro puedo escoger cualquier foto? No me des tantas libertades.

— Te doy mis fotos. Incondicionalmente.

— Mejor me autocensuro.

— No. No te autocensures, por favor. ¿Viste el álbum que te he compartido?

— Sí. Lo estoy viendo.

— Pero tengo que pedirte un favor.

— Dime.

— No te autocensures. Es un favor que te pido. O al menos no conmigo.

Y… ¿Cómo decirle lo que no le dirá nunca? ¿Cómo explicarle, sin tantos acertijos, que borra más de la mitad de lo que escribe? Que se edita a sí misma y se lo piensa una y mil veces antes de publicar.

No. Mejor que él no sepa, que él nunca sepa que por sus palabras ella anda, desde hace días, con dos poemas de Benedetti, uno de Borges, y tres de Carilda Oliver Labra en la mente.

Mejor autocensurarse, claro, y hacer silencio. Y seguir con sus métodos sutiles –al menos ella cree que lo son- de preguntarle cómo está, qué tal su día, y si ya ha visto el atardecer. Así ni él ni nadie descubrirá, jamás, que ella necesita saber de él, que se quedó viéndolo como a un meteorito, aunque esa gran roca impacte y la destruya.

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mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

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Microconto_sonhandoaderiva2Hoy es el día de la prensa cubana. Todos estos años (desde que empecé a estudiar en la universidad, luego de graduarme, y por cinco años después), siempre que despertaba a este día, me iba por toda la casa a pedir mi felicitación, como si se tratara de mi cumpleaños. Muy egoístamente.

A pedir mi felicitación como se pide un beso. A pedirlo con el mayor orgullo de sentirme parte de un gremio que consideraba mi hogar. Solo porque ya sabía juntar par de palabras con algún sentido. Muy egoístamente.

Más egoísta que Silvio Rodríguez en su Pequeña serenata diurna: “Soy feliz/
soy un hombre feliz/ y quiero que me perdonen/ en este día/ los muertos de mi felicidad.”

Hoy amanecí lejos. Lejos de la prensa cubana, lejos de todo gremio de periodistas, lejos de mi casa para recorrerla en busca de besos. Lejos. Y por primera vez no me siento desterrada, ni he querido que alguien me felicite. Muy egoístamente.

No siento que sea un día especial. No siento que coser letras me haga mejor o peor persona. Ni siquiera habría recordado el día de la prensa cubana de no ser porque un grupo de amigos acaban de fundar –como otrora Martí- una publicación: El Estornudo.

Le amanecí triste al día, y no por desarraigos o por estar lejos de casi todo lo conocido. Le amanecí triste porque en la soledad se medita mejor cuán egoísta puedo ser. Hace 14 años que murió mi tío. Y yo todo este tiempo (desde que empecé a estudiar en la universidad, luego de graduarme, y por cinco años después), siempre que despertaba a este día, me iba por toda la casa a pedir mi felicitación. Muy egoístamente.

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benedetti-Rostro de vosTengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.

Leo a Benedetti. Y luego releo algunos trozos de lo que un amigo ha escrito. Me siento torpe por las coincidencias que antes no había notado.

Las circunstancias… Antes yo no accedía a Internet con tanta asiduidad, ni me quedaba conectada a Facebook más allá de media hora. Una hora a lo sumo.

Ahora entro, busco las palabras en su blog. Las leo. Las releo. Algunas me las aprendo. Me quedo absorta en lo que escribe. Historia. Filosofía. Política. Literatura. Y tanta vida suya pegada a esas letras.

Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.

Me alarmó -apenas conocerlo- que anunciara iba a cerrar el blog. En un acto de declaración desesperada, ya no recordando a Benedetti, sino a Neruda, le pedí me dejara leer algunos post.

Para mí, que mis Botellas al mar son lo más parecido a un hijo, no podía permitir que alguien que no parece derrotado se diera por vencido tan fácilmente.

Leí. Y tuve que apurarme a hacer algunos apuntes- convencimientos de por qué no debía abandonar su espacio. Entre mis argumentos, uno muy egoísta: ya sus letras estaban incluidas en mi declaración de adicciones.

Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.

Sin pretensiones de glosar a Mario Benedetti y su Rostro de vos –ya que no dejo más rimas o interpretaciones que estos párrafos deshilachados, volví sobre sus huellas –las de él. Y sobre sus versos –los de Benedetti. Todo intento de evitar una sequía de palabras es válido. Yo quiero que tenga tiempo. Tiempo de escribir.

Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.

Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.

Hay cuestiones así de imprevisibles. Benedetti lo sabe. Cortázar lo sabe. Neruda lo sabe. Dulce María lo sabe. Yo estoy empezando a saberlo. Que cuando…

Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.

Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.

Tan desolada y tan soledad que ha venido a acompañarse de letras de un conocido- desconocido. Dice que me iré en un tren sin despedirme ni mirar atrás siquiera. Al menos así me ve en un sueño que persiste. Me voy con un niño, y él no tiene tiempo de alcanzarme un libro de tapas verdes que quiere darme.

Y yo me desvelo. Yo quiero que tenga tiempo.

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niños besándoseMe han besado. Deliberadamente. A mí que suelo responder con cierta agresividad o al menos de forma hosca al más ligero acercamiento. Pero lo más anacrónico de todo no fue el beso, sino mi reacción.

Estaba conversando con un amigo cuando él interrumpió. Nos resultó evidente que había escuchado nuestra conversación desde minutos atrás. Se acercó. Solo preguntó si yo era la del blog, la de las botellas al mar. Asentí y me besó. O al menos hizo el intento cuando acercó sus labios. Dice porque le gusta como escribo.

Me subió la presión, creo. Y me insulté como hacía tiempo no lo hacía. Pero retuve mi mano, que iba a parar directamente a su rostro, di la espalda y mientras mi amigo me preguntaba a dónde yo iba, solo atiné a responder impulsivamente:

Na, voy un momentico a Colombia a besar a Alberto Salcedo Ramos. Porque estoy leyéndolo, y ¡me gusta tanto como escribe!

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pedazos

P. P. Oliva--El sueñoElla no puede dejar de escribir aunque en ocasiones esas letras, cuando se hacen públicas, tropiecen con los sentimientos de alguien.

No puede evitar decir lo que siente, anotarlo, convertir sus pedazos en palabras. No es que no quiera, sino que no puede. Cuando pasa mucho tiempo sin escribir, mira sus brazos y bajo su piel se traslucen, como sangre, las letras que tiene dentro.

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