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Posts Tagged ‘libros’

A Francisco.

 

“…sólo pienso en ti
juntos de la mano, se les ve por el jardín
no puede haber nadie en este mundo tan feliz
sólo pienso en ti”.

 

 

Contra todo pronóstico (ajenos y propios), él llega a derrumbar mis muros. ¿Muros? Las murallas que me rodeaban como norias. Y se queda, paciente, a aplacar las tormentas, a desafiar huracanes y calmar este mar bravío. Se queda, aun cuando trato de espantarlo a golpe de miradas tercas y palabras distantes.

Y ahora ando tarareando, como idiota, a Joaquín Sabina: “Y morirme contigo si te matas/ Y matarme contigo si te mueres/ Porque el amor cuando no muere mata/ Porque amores que matan nunca mueren”. Y esa irrepetible Noche de bodas: “Que no se ocupe de ti el desamparo,/ que cada cena sea tu última cena,/ que ser valiente no salga tan caro,/ que ser cobarde no valga la pena.”

Él se queda, como el Principito con la zorra, un poco más cerca cada día, hasta que la domestica, y la hace suya. Hace suyo a este animalito salvaje que he sido, y trastoca algo en mí, y me recuerda a los poetas muertos y los vivos, y me deja la cabeza llena de poesía.

“Y sin embargo, amor, a través de las lágrimas,
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa”.

Hasta Roque Dalton lo sabía, que algún día me iba a pasar. A mis casi 30 años, cuando ya había cerrado puertas y subido puentes, cuando había dicho y repetido hasta el cansancio: “Voy a estar sola, sola, sola…” Llega él. Él. Y me mira como nunca me habían mirado, trajo “la palabra precisa, la sonrisa perfecta…” Me habló de cine, de películas, de amaneceres y atardeceres. Me reconstruyó toda con su voz. Hizo que la mitad perdida de mi vocabulario se recuperara, y las palabras impronunciables tuvieran eco. Mis partes dispersas se volvieron a unir. Quemé naves y eché ancla a fondo.

Contra todo pronóstico he escrito, una a una, estas palabras: “Como mismo cuando alguien dice: «no puedo morir sin leer este o aquel libro», yo contigo debo estar tanto tiempo –juntos-  hasta que veamos todas las películas del mundo, y lea en las noches todos los libros que quiero leer. Eso. Debe ser la declaración más grande de mi historia”.

Nos imagino besándonos en medio del parque Vidal de Santa Clara, caminando por las calles más estrechas y por las más anchas. Nos imagino… “Cómo iba yo a imaginarme/ perdida, traviesa,/ bebiendo tu sed./ Cómo contar que regreso/ a mi calle y mi tiempo,/ que existo tal vez./ Cómo desafiar/ la voz que me apura./ Cómo no morirme en esta locura.”

Contra todo pronóstico… Te amo, hombre.

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“Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,
auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.”

Borges

Él le escribió, sobre una calle, un poema de Borges:

“Te ofrezco cualquier agudeza que puedan contener
mis libros, cualquier hombradía o humor en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.”

Años después, en las paredes de la ciudad, amaneció escrito, con tinta roja y letras dispersas:

“Hace frío sin ti,
pero se vive.”

Todos acusaron a Dalton.

Ayer el viento lo agitó todo: las hojas secas del último otoño, las cintas de las películas mudas, las fotos de la posguerra…

porque así como todas las fotos de la guerra son la última foto,
todas las cartas de amor son la primera carta”.

Y se miraron por última vez en el ocaso, frente a los bancos de aquel parque que nunca recorrieron juntos.

“¿quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo nos hemos despedido?”

Borges

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Yo, la más estresada del día, con déficit de cafeína y envuelta en libros… Yo, la que pongo bandera a media asta por una cafetera rota, y me precio de conversar largo y abrazar hondo, he tropezado hoy con mis palabras. Y huí. Y divagué por cinco minutos cuando tuve delante de mí este adorno de flores. El regalo que salvó mi día. Huí como en esa canción de Sabina: “…dijo Hola y Adios”. Huí, y solo en la puerta me detuve a mirar hacia atrás, porque con esa prisa tan absurda, me alcanzó la sensación de habérmelas robado.

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mujer-cine…be happy

 

 

Me pierdo entre los cafés. Me fugo a las cafeterías. Hasta una servilleta sirve para anotar mi felicidad. El olor del café, el sabor del café…Yo.

Me escondo. Es tiempo de esconderme en mis propias letras, y de renovarme en las ajenas. Por eso me regodeo entre tantos libros, bibliotecas, librerías. Parece un mar, y me fascina.

Regreso a mí con la piel erizada de palabras. Y por primera vez me pierdo, yo sola, en un cine. En muchos cines. Conmigo misma.

Me reconozco cada día más. Hago lo que me gusta. Me agrado cada día más. Y soy inmensamente feliz.

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Confesional

soledad_botePerdóname si hoy busco en la arena/ esa luna llena que arañaba el mar…

Serrat

 

Perdóname por esto –le escribe. Y vuelve a las confesiones que no le hizo aquella vez. Las que le hace a destiempo, las que le hace ahora bajo el efecto de la lejanía, de los ojos que ya no le ven.

Como los amores cobardes que “no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí”, a saber quién de los dos fue Dafne y quién Apolo. Quién huyó y quién se convirtió en laurel.

Y recorre su voz… aquella a la que antes acudía con las justificaciones más simples e inimaginables. La voz que ya no le dice de historias, ni de Scheherezada, ni de música, ni de imágenes. Por escuchar esa voz un poco más, habría revivido los libros de la Biblioteca de Alejandría, y le enlistaría un saco de dudas, para volver a hablarle y quedarse ahí, del otro lado del auricular, escuchando hasta aliviarse, hasta no retener otros sonidos, hasta aprenderse su voz.

Rememora esas manos que no llegan con algún atardecer para irse por alguna calle transitada. Las mismas manos que ahora ponen a prueba su paciencia, porque tiene que verlas de soslayo, sin detener la mirada. Solo quien ha perdido el aliento por unas manos puede comprender ese desespero de tenerlas cerca, sin rozarlas.

Quisiera perderse en sus ojos. Los ojos de los que una vez apartó la mirada para esconderse en lágrimas, por no soportar más nombres en aquellas pupilas. Por no hacer más oscura la noche.

En el laberinto en que se encuentra no hay hilos de Ariadna como en la mitología griega. Le salvaría seguir el rastro de su voz, de sus manos, de sus ojos… pero ya no están.

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FB_IMG_1470923432085Voy a dormir con otro libro esta noche.

Atada a él, soñando con la historia que me propone. Lo acaricio, lo beso, lo abrazo. Lo pongo en mis piernas. Y lo duermo y me duerme mientras me cuenta al oído la próxima línea.

Ya lo he dicho: no he sido fiel a un solo libro; duermo con uno distinto cada noche.

Promiscuidad intelectual, me comentó alguien una vez. Promiscuidad literaria.

Lo miro, lo recorro con la vista, acerco mi cabeza –mi cabezota- hasta donde empieza a abrirse.

Voy a dormir con otro libro esta noche.

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soledad_ KunderaNo me gustan las cosas a medias –me digo a modo de autorreflexión. Me causa incertidumbre. Y no soporto la incertidumbre.

Mas, tampoco se trata de apostarle a las certezas –continúo mi monólogo interior- no siempre sabemos si va a llover o no. Ya lo mencionó Milán Kundera en La insoportable levedad del ser: “No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es la vida misma? Por eso la vida parece un boceto”.

Pero –recuerdo- también escribió que no se debe jugar con las metáforas. “Las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora”.

No más metáforas. Eso confunde terriblemente.

Termino mi psicoanálisis. Ya, a partir de ahora no volveré a desconcentrarme. A partir de ahora… Como si se tratara de trazar una línea con tiza en el suelo. Una línea divisoria del antes y el después.

Suelo dormir con libros. Ellos saben a qué hora se apaga la luz de mi habitación y comienzan mis escasas horas de sueño.

Casualmente, de esas coincidencias que no alcanzo a entender ni con otra psicoterapia…una amiga me escribe. Me escribe y me deja un título que si no he leído debo buscar y leer. Con urgencia. Y sin saber de mis horas de desvelos y las conversaciones conmigo misma, anota digitalmente: Busca El libro de los amores ridículos, de Milán Kundera.

Y ahí voy…noche a noche, durmiendo con Milán Kundera. Con sus historias, que ahora dicen de una persona que hace un balance de su vida: “Y fue entonces cuando se le ocurrió plantearse cuál había sido el balance de este aspecto que desaparecía, cuáles habían sido realmente las vivencias y las satisfacciones que había tenido aquel aspecto, y se quedó paralizado al darse cuenta de que había disfrutado bastante poco; al pensar en aquello sintió que se ruborizaba; sí, le daba vergüenza: porque vivir en este mundo tanto tiempo y que a uno le pasen tan pocas cosas es vergonzoso”.

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