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Posts Tagged ‘llanto’

“No llegues a aquí con lágrimas –le dijo. Hay muchos lugares por conocer, y no los vas a recorrer con la visión nublada. ¡Ni una lágrima más!”

Y así fue. Cómo fue…No sé decirte cómo fue, no sé explicarte qué pasó…

Conversaron largo, con la ansiedad de dos seres que se reencuentran, que se abrazan, que ponen en palabras todo lo que sienten, y que –oración tras oración- van dejando ir el pasado reciente, para hacer espacio a recuerdos nuevos.

Que no se ocupe de ti el desamparo.

“A veces –le dijo- son necesarias esas sacudidas, y tropezarse, y hasta caerse, para levantarse de verdad con más ganas. ¿Qué vas a hacer? Como dicen allá: Más adelante vive gente.”

Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

“Te estaba esperando. Yo también tengo rasguños que contarte. Pero eso sí: después de hoy, no volveremos a hablar de lo mismo. A pasar página, ¿de acuerdo?”

Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, las dos y las tres…

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amoriosPorque te extraño, y te extraño más de lo que confieso. Para ser sincera, aun no lo confieso, no te lo digo a ti, pero te extraño. Eso, regodéate, imagina que lo pronuncio: te extraño.

Imagínalo, pues por ahora mi voz no está. Tampoco yo. Yo no estoy para decirte muchas palabras. Decirte, por ejemplo, que te quiero. Pero eso ya lo sabes. Te quiero.

Imagíname. Ahora solo me tienes en fotografías, en trozos de letras que te escribo alguna que otra vez. Imagíname frente a la taza de café, conversando café mediante, mientras planeamos alguna travesura.

¿Sabes? He soñado que hablamos mucho, mucho. Y luego despierto y no estás. Y me queda una tristeza honda, pero no te preocupes, que se desvanece durante el día. No te preocupes, porque yo no quiero que te preocupes por mí. No quiero que te desveles por mí. No quiero que llores por mí. No quiero que sufras mi ausencia.

Yo te extraño –aunque no te lo diré. Yo te quiero –eso lo diré ahora y mientras viva. Yo siempre volveré a ti. Tú eres mi hombre más trascendente y mi lealtad más segura. Feliz primer diciembre sin mí, papá.

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Guaaaaaaaaaaaaaaaaa

Hace tiempo, me contaron la historia de la niña que era muy llorona y ni los perros la querían. “Imagínate que los perros se orinaban sobre sus pies, de tanto que la rechazaban”.

¡Vaya! Debí tener muy aturdida a mi abuela con mis gritos infantiles cuando tuvo que acudir a semejante artimaña para hacerme callar un rato. Solo un rato. A los pocos minutos, cuando yo había recobrado las energías, olvidado aquella historia y el miedo a que me sucediera como a la niña, volvía a mi guaaaaaaaaaaaa…

Hay hasta testimonio gráfico de mis berrinches: todas las fotos de mi primer añito me las hicieran mientras yo navegaba en un mar de lágrimas.

Cuentan mis víctimas que yo lloraba tanto -desde que apenas tenía unos días de vida y hasta la edad de ir a la escuela-, que resultaba insoportable estar cerca y que solo valían las intimidaciones de: “el viejo del saco va  a venir a buscarte si sigues gritando”, “se te va a salir el ombligo”, “Los vecinos nos van a pedir que nos mudemos”. Pero como nunca vino el hombre del saco, ni el ombligo se salió de su lugar, ni nos tuvimos que cambiar de casa, pues yo seguí llorando, cada vez menos por el día y más por las noches.

Mi mamá, que entonces me tuvo poca paciencia, aún exagera y me dice que mi guaaaaaaaaaaaaa aún le late en algún lugar del cerebro.

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He vuelto a llorar por un perro. Y lo digo con rareza porque no suelen gustarme mucho esos animales. A mi hermano sí, y por eso desde que le permitieron tener una mascota, han desfilado varios por mi casa.

Ahora tiene uno que se llama Choco – para disminuir el “Chocolate”- pero antes tuvo otros perros con nombres de perros: Negrita, Bella, Yogui… Ya todos están muertos. Delante de él no toqué ninguno, delante de él olvidaba súbitamente sus nombres y los llamaba “bichos”. Luego los retozaba un poco y les pasaba mi mano por la cabeza, hasta que se ponían juguetones y querían lamerme…entonces yo salía huyendo.

Precisamente Negrita, un perro –perdón, perra- que tuvo mi hermano, me causó el primer llanto. Resultó ser la única que no murió cuando le tocaba, sino cuando la envenenaron. Mi papá le dio a tomar leche, aceite, pero no pudo rescatarla… Y me dio mucha tristeza saber que la habían matado, e incluso, saber quién fue.

Esta semana volví a afligirme por un perro, y entendí que la vida de ellos es… ¡de perros! El ómnibus en que viajaba sonó el claxon en aquella carretera desolada. Volvió a estallar el claxon. Yo no podía ver qué había delante. Otra vez el claxon. Y otra vez… Y aceleró hasta chocar con algo. “Algo” que solo pudo lanzar un último gemido.

En ese momento pensé en Choco, y en todos los perros que he conocido y los que no, en los que he acariciado y los que he espantado. Los veía a todos. Y dos lágrimas se apresuraron a reunir a otras lágrimas. Y lloré.

Me entristecí y me indigné: el chofer, quien no pudo bajarse antes para ahuyentar al perro, o hacerlo salir del camino, descendía ahora muy preocupado porque tal vez la sangre había manchado su guardafangos.

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