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Posts Tagged ‘llorar’

amoriosPorque te extraño, y te extraño más de lo que confieso. Para ser sincera, aun no lo confieso, no te lo digo a ti, pero te extraño. Eso, regodéate, imagina que lo pronuncio: te extraño.

Imagínalo, pues por ahora mi voz no está. Tampoco yo. Yo no estoy para decirte muchas palabras. Decirte, por ejemplo, que te quiero. Pero eso ya lo sabes. Te quiero.

Imagíname. Ahora solo me tienes en fotografías, en trozos de letras que te escribo alguna que otra vez. Imagíname frente a la taza de café, conversando café mediante, mientras planeamos alguna travesura.

¿Sabes? He soñado que hablamos mucho, mucho. Y luego despierto y no estás. Y me queda una tristeza honda, pero no te preocupes, que se desvanece durante el día. No te preocupes, porque yo no quiero que te preocupes por mí. No quiero que te desveles por mí. No quiero que llores por mí. No quiero que sufras mi ausencia.

Yo te extraño –aunque no te lo diré. Yo te quiero –eso lo diré ahora y mientras viva. Yo siempre volveré a ti. Tú eres mi hombre más trascendente y mi lealtad más segura. Feliz primer diciembre sin mí, papá.

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niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

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perro-papel sanitarioNo puedo evitarlo. Los disparates me dan risa. Y mucha.

Todos y en cualquier circunstancia, hasta en los lugares más formales, cuando alguien habla y se le escapa alguna pifia, me tengo que reír. A veces solo sonrío –cuando puedo lograr discreción- y lo anoto.

Una vez leí, en un artículo muy científico él, que aguantar la respiración era un buen remedio para evitar la risa. Un día lo puse en práctica, en medio de una reunión, y se me escapó la carcajada. Desde entonces desconfío de los trabajos científicos.

Hace unos días me detuve delante de una columna de mi Facultad para reírme hasta que las lágrimas salieron. Ahí pegadito había un cartel que anunciaba un taller literario: “El girasol sediento. Fertilizamos su talento”. Pensé, claro, en fertilizantes para letras.

En una ocasión alguien me dijo que utilizar tal bibliografía me iba a resultar más “sustancioso” y por un momento logré contenerme. Solo por un momento, pero lo repitió y me reí… porque ese “sustancioso” me hizo dudar si debía entregar un trabajo investigativo o un caldo de pollo.

A veces me hablan y mi mente asocia las palabras con otras circunstancias. Y si logro ponerlas a nivel de algo gracioso, ahí se me escapa la risa… Es que, tienen que perdonarme, desde niña he tenido las malas influencias 🙂 de mi hermano y mi primo, que hasta después de grandes me hacen reír por todo como remedio antiestrés. Por cualquier cosa me hacen un chiste.

Por último –aunque no fue lo último que me sucedió- un día hice un alto en una clase mía –una conferencia que por más señas, me visitaron para evaluarme- y empecé a reír. Yo, con mi carga de insomnio y trasnochada (cuando no duermo bien se me enreda la lengua y suelto disparates a ráfagas), acababa de decir que “el estilo plátano”…en lugar de estilo plano. Como leen, y nadie se rió. Pero yo no puedo dejar pasar por alto –ni por bajo- ningún disparate, ¡ni los míos! Y ahí mismo, en medio de la conferencia que yo impartía, con visita incluida calificándome, me empecé a reír.

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Julio García LuisHoy hace exactamente un año y medio que murió Julio García Luis. No voy a disculparme por mencionarlo tanto en mi blog, a fin de cuentas quienes me leen entenderán. O creo entiendan cuando les digo que de los periodistas que admiro, que me son imprescindibles por talentosos, valientes, sinceros… él ha sido el primero en morir.

Se ha convertido en una especie de obsesión entonces el nombrarlo en cuanto espacio le merece, en decir su nombre delante de los que –aún después de muerto- pretenden matarlo, silenciar una vida signada por la ética y la decencia.

Conversé poco con él, de crónicas, de mi pasión por el periodismo, y me impulsó a matricular en una Maestría que luego de atrasarse dos años, comencé hace unos meses…Ni siquiera fue mi profesor en un aula. Mas, fue mi maestro. Dice bien Luis Sexto que “el alumno no escoge a su profesor, se lo imponen. Sin embargo, el discípulo sí escoge a su maestro, para orgullo de este”.

Por eso, además, siempre que puedo voy hasta el cementerio de Colón, con flores o sin flores, a quitarle las hojas secas de encima del mármol blanco que lo resguarda. A leer la tarja que le mandó a hacer la familia –ninguna de las Instituciones que él dirigió, que representó y a las que dedicó su tiempo le mandaron a hacer una lápida, y para eso no se necesitaba asaltar un Banco. Supongo que tampoco hizo ni hace falta otra dedicatoria, las palabras honestas de las personas cercanas, de los que más lo lloran, son las únicas que alivian.

Las Instituciones, sin embargo, osaron delegar en algún directivo las palabras últimas, las de despedida de duelo, y entonces algún directivo, sin voz quebrada y sin sentir la pérdida, se paró a leer. A leer. Lo último que se dijo de Julio García Luis antes de bajar el ataúd fueron párrafos leídos fríamente por alguien que no era su amigo.

Eso me dolió. Como me duele que ahora quienes no lo querían, a quienes le molestaba hasta su sombra porque no podían alcanzar su altura, lo quieran seguir sepultando.

Julio García Luis me duele. Las lágrimas se aflojan cada vez que termino de escribir de él en este blog, cada vez que me paro delante de su tumba, pero sobre todo, cada vez que algún personaje gris del periodismo menciona su nombre para tratar de influir en otros periodistas.

Me entristece. Y en estos intentos porque se le recuerde, por disparar su nombre a quienes le tendían zancadillas, he terminado por despreciar a quienes -como a él- le hacen la vida menos soportable a otros periodistas amigos. Lo he asumido como un asunto familiar. Tal vez lo personal es explicable cuando admito que de los periodistas que admiro, de los que me son imprescindibles por talentosos, valientes, sinceros… él ha sido el primero en morir.

Hoy hace un año y medio desde que el hombre que iba a recoger a su hijo a la escuela vio a Julio García Luis en su carro, infartado. Ahora mismo tecleo y lloro. He vuelto a escribir sobre él y quienes siguen este blog puede pensar que me excedo mencionándolo, pero ya lo dije: Julio García Luis me duele. Y por mis lágrimas no voy a ofrecer disculpas.

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hermanosMi hermano siempre cargó con mis culpas. Él fue muy travieso, de los dos el más intranquilo y quien violaba las órdenes de papá y mamá.

Por eso cuando era yo quien ponía un piecito fuera del tiesto, igual mi hermano cargaba con la responsabilidad. Los mayores ni pensaban que yo habría podido…ni me creían cuando yo confesaba. No, me creían incapaz de romper un plato. Mi hermano soportó estoicamente sus castigos y buena parte de los míos, las miradas intensas y las voces regañonas. Soportó todo por mí.

Un día, cuando su varicela estaba en la fase de madurez, nos peleamos por algo, ahora no recuerdo por qué, pero tampoco es importante ahora. A veces el por qué no es tan importante, sino el qué. Y en este caso el qué es lo que importa. Continúo: mi hermano tenía varicelas, la mayoría a punto de explotar. Nos peleamos y le di un manotazo en la espalda. Le exprimí de un golpe una grande, lo estremecí, se dobló del dolor.

Esa ha sido una culpa que me vale por todas las que él soportó. Esa, la única que he querido olvidar y no puedo, porque recuerdo el llanto de mi hermano y sus ojos de pequeño que me interrogaban, ¿por qué? ¿Por qué, Tata?

Yo también lloré. No pude decirle –ni decirme- por qué, si él, entre sus pesadeces de niño travieso, también se reivindicaba culpándose por mí.

La primera vez que salí de casa a conocer otras provincias me fui sin mi hermano. Esa noche me senté en un parque y lloré mucho. Le dije a quien me acompañaba que extrañaba a mi hermano. Y no entendió mi desconsuelo hasta que le conté de aquella vez, de las varicelas y del manotazo.

Ya grandes le dije a mi hermano que me perdonara por aquello y lo que hizo fue reírse, me dijo que ya no se acordaba. Debí suponerlo, porque él todavía se desdobla por mí, y esa era su forma de cerrar el capítulo, de indicar que ya ni en la espalda ni en su memoria quedaban cicatrices.

Si mi hermano aún tiene algún vestigio de aquellos años infantiles es el de querer llevarse –una vez más- mis tormentos. Cuando ando en líos, o preocupada, o molesta, ahí viene él y me pregunta qué pasa, si alguien me ha incomodado. Y termina por arrancar de un tajo mi ceño fruncido con alguno de sus chistes, con alguna historia que me haga reír, como cuando éramos niños y todos toditos los problemas se solucionaban con alguna travesura, una competencia de quién llega más rápido, o con una historia de dos hermanos.

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niño-triste-vergüenzaAún siento la voz dura de mi padre. Aquella noche cuando regresé a casa mi hermano había llorado. Yo me había ido a jugar sin él.

Primero estábamos juntos todos los niños, en juegos de muchos. Cartas, cuentos, parchís, dominó… Como ya estábamos bañados, era tarde, y no podíamos irnos a correr o sudarnos, decidimos desintegrarnos y calabaza calabaza…cada uno pa´ su casa.

Una niña propuso que algunas personas seleccionadas (años más tarde supe que esto se llamaba Very Important Person –VIP por sus siglas en inglés) nos fuéramos a su casa a dibujar, jugar con muñecas, todo entre libros, colores, bebés de plástico y goma.

Mi hermano no estuvo en tan selecto club, sin embargo, yo me fui… sin él.

En la casa de aquella niña dijeron que los varones no debían estar porque eran muy intranquilos, hacían maldades y causarían destrozos. Mi hermano no estaba. Yo me quedé.

Una hora más tarde regresé a mi casa. Mi padre me esperaba con la voz más dura que le había escuchado alguna vez. “Que te quede claro, porque los dos son mis hijos y criados a la par, donde tu hermano no pueda entrar, allí donde no lo quieran a él, tú tampoco entres”.

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Guaaaaaaaaaaaaaaaaa

Hace tiempo, me contaron la historia de la niña que era muy llorona y ni los perros la querían. “Imagínate que los perros se orinaban sobre sus pies, de tanto que la rechazaban”.

¡Vaya! Debí tener muy aturdida a mi abuela con mis gritos infantiles cuando tuvo que acudir a semejante artimaña para hacerme callar un rato. Solo un rato. A los pocos minutos, cuando yo había recobrado las energías, olvidado aquella historia y el miedo a que me sucediera como a la niña, volvía a mi guaaaaaaaaaaaa…

Hay hasta testimonio gráfico de mis berrinches: todas las fotos de mi primer añito me las hicieran mientras yo navegaba en un mar de lágrimas.

Cuentan mis víctimas que yo lloraba tanto -desde que apenas tenía unos días de vida y hasta la edad de ir a la escuela-, que resultaba insoportable estar cerca y que solo valían las intimidaciones de: “el viejo del saco va  a venir a buscarte si sigues gritando”, “se te va a salir el ombligo”, “Los vecinos nos van a pedir que nos mudemos”. Pero como nunca vino el hombre del saco, ni el ombligo se salió de su lugar, ni nos tuvimos que cambiar de casa, pues yo seguí llorando, cada vez menos por el día y más por las noches.

Mi mamá, que entonces me tuvo poca paciencia, aún exagera y me dice que mi guaaaaaaaaaaaaa aún le late en algún lugar del cerebro.

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