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Posts Tagged ‘manos’

labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

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De ida y vuelta…

atardecerPero ya no era ayer,/ Sino mañana./ Y un insolente sol,/ Como un ladrón, entró/ Por la ventana.

Joaquín Sabina

 

Escribo de noche, cuando para ti es de madrugada. Y cuento las horas que nos separan, para que todas las letras queden escondidas hasta que despiertes. Cuento las horas con los dedos de la mano, y me quedo mirando mis manos, y pensando en las tuyas.

No, tus manos no pueden ser –no son- “como de mujer”. O yo no volvería a ellas con semejante curiosidad. Las manos. Yo creía que lo que más me gustaba de todas las personas que conozco eran las manos. De ti me gustan más tus ojos. Pero como te lo han dicho un montón de veces, no seré yo quien lo repita. Mejor sigo alegando que las manos… (Aunque pida ver muchísimas imágenes a través de tus ojos).

Ver, por ejemplo, el atardecer. Amo los atardeceres. Lo anoté en la lista de favores: “¿Podrías, por favor, enviarme una foto del atardecer?” Enviaste esta. Y fui feliz. Enternecidamente feliz.

… Pierdo, así, varios minutos mientras divago, sin darme cuenta que estoy redundando en ti. Y para salvarme del trauma por esa afirmación tuya -tan a la ligera- de “manos como de mujer”, me repito como un mantra: “Este hombre está loco, no sabe lo que dice…”

Vuelvo a escribir, porque ya es de madrugada para mí y casi amanece para ti. Y aunque se agoten las conexiones digitales, y mañana no pudieras acceder a internet, en todas las plazas del mundo existen palomas. Palomas. Y con alguna podría enviar este mensaje. Y este fragmento de poema:

“Atardece de nuevo y un día más ciudades diferentes
nos enseñan sucesivos ocasos. Mañana
volveremos a encontrarnos, pero hoy, ¿cómo hablarte
de las horas que vendrán y otra vez no serán nuestras?”

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Confesional

soledad_botePerdóname si hoy busco en la arena/ esa luna llena que arañaba el mar…

Serrat

 

Perdóname por esto –le escribe. Y vuelve a las confesiones que no le hizo aquella vez. Las que le hace a destiempo, las que le hace ahora bajo el efecto de la lejanía, de los ojos que ya no le ven.

Como los amores cobardes que “no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí”, a saber quién de los dos fue Dafne y quién Apolo. Quién huyó y quién se convirtió en laurel.

Y recorre su voz… aquella a la que antes acudía con las justificaciones más simples e inimaginables. La voz que ya no le dice de historias, ni de Scheherezada, ni de música, ni de imágenes. Por escuchar esa voz un poco más, habría revivido los libros de la Biblioteca de Alejandría, y le enlistaría un saco de dudas, para volver a hablarle y quedarse ahí, del otro lado del auricular, escuchando hasta aliviarse, hasta no retener otros sonidos, hasta aprenderse su voz.

Rememora esas manos que no llegan con algún atardecer para irse por alguna calle transitada. Las mismas manos que ahora ponen a prueba su paciencia, porque tiene que verlas de soslayo, sin detener la mirada. Solo quien ha perdido el aliento por unas manos puede comprender ese desespero de tenerlas cerca, sin rozarlas.

Quisiera perderse en sus ojos. Los ojos de los que una vez apartó la mirada para esconderse en lágrimas, por no soportar más nombres en aquellas pupilas. Por no hacer más oscura la noche.

En el laberinto en que se encuentra no hay hilos de Ariadna como en la mitología griega. Le salvaría seguir el rastro de su voz, de sus manos, de sus ojos… pero ya no están.

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paloma-heridaQuiero decir que estás sacudiendo mi juventud,

ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos,

esa sombra que nadie arrimó a su sombra,

y vos en cambio sabés estremecerla

hasta que empiecen a caer las hojas secas,

y quede la armazón de mi verdad sin proezas.

Mario Benedetti

 

Me alejo envuelta en silencios y termino por retornar a ti. A tus manos. A tus palomas. Termino por no verte, y sin embargo, encontrarte en la Alameda Central que nunca caminamos al atardecer, en la casa de Frida que no visitaste, y en los museos donde dejaste tus pasos.

Me habría encantado recorrer esos museos junto a ti, pero solo permaneces ya en  pedazos sueltos de poemas, de añoranzas, de cartas:

“Finalmente llegué a la monstruosa y contaminada y hermosa Ciudad de México y con un sol caribeño recorrí buena parte del centro histórico. Lo más impactante fueron sin dudas la Catedral Metropolitana y el Sagrario con sus altares platerescos y abrumadores, las ruinas y el museo arqueológico del  Templo Mayor con sus serpientes de piedra y sus guerreros jaguares, el Palacio de Bellas Artes donde pude ver una espléndida exposición de dibujos y fotografías de Picasso (por primera vez he visto originales del maestro), más todo lo de Orozco, Rivera y Siqueiros (y cuando vi las fotos de Frida también apareciste tú), el antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, el Palacio de Minería y el Museo de Correos, todos edificios imponentes, repletos de ornamentos, barroquismo y murales, y el parque de la Alameda con sus fuentes y enamorados y el hermoso monumento a Juárez y la calle Madero con sus gentíos inmensos y comercios opulentos.”

Llegué tarde a ti, como suele sucederme. O tal vez llegué tarde a la Ciudad de  México, y ahora camino sin encontrarte. Y solo tengo unos versos fatídicos que me recuerdan a ti, que me regresan a ti, a tus manos, a tus palomas…

 

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme

 

usted martín santomé no sabe

y sé que no lo sabe

porque he visto sus ojos

despejando

la incógnita del miedo

 

no sabe que no es viejo

que no podría serlo

en todo caso allá usted con sus años

yo estoy segura de quererlo así.

 

usted martín santomé no sabe

qué bien, que lindo dice

avellaneda

de algún modo ha inventado

mi nombre con su amor

 

usted es la respuesta que yo esperaba

a una pregunta que nunca he formulado

usted es mi hombre

y yo la que abandono

usted es mi hombre

y yo la que flaqueo

 

usted Martín Santomé no sabe

al menos no lo sabe en esta espera

qué triste es ver cerrarse la alegría

sin previo aviso

de un brutal portazo

 

es raro

pero siento

que me voy alejando

de usted y de mí

que estábamos tan cerca

de mí y de usted

 

quizá porque vivir es eso

es estar cerca

y yo me estoy muriendo

santomé

no sabe usted

qué oscura

qué lejos

qué callada

usted

martín

martín cómo era

los nombres se me caen

yo misma me estoy cayendo

 

usted de todos modos

no sabe ni imagina

qué sola va a quedar

mi muerte

sin su vida.

 

(Última noción de Laura, Mario Benedetti)

 

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pintura de uñasTodo comenzó un domingo. Y comenzó bien. Me pinté las uñas de un color pálido. El miércoles, mientras lavaba, descubrí que ese color palidito no cubría totalmente todas las uñas de mi mano derecha. Agarré algodón, quitaesmaltes, y retiré toda la pintura. “Más tarde me lo arreglo” –pensé, y dejé intacta la mano izquierda.

Pasaron los días y pasó media semana hasta que alguien indicó que mi mano izquierda está muy arregladita “y la derecha es todo un desastre” -me dijo.

Y entonces descubrí lo que antes no había notado. En efecto, la izquierda conservaba el esmalte, y la derecha no tenía ni vestigio de color.

“Muy original lo de la pintura para uñas –señaló- normal en ti con tus despistes. Pero bueno, como siempre, marcas la diferencia, te seguro que a nadie más se le ha ocurrido llevarlas así”.

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Habana

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más. Quise abrazar muchos edificios, besar estatuas y andar descalza para sentir el pavimento. Entre todo, me quedé quieta bajo un aguacero y me fui a caminar mucho rato cerca del mar.

Alguien que no sabe de estos andares y añoranzas, pero sí de desvelos, me regaló días después un libro: Piedras y sombras. Plazas de la Habana Vieja.

“Empieza a leer este libro por la página 129, y luego ve donde te lleve tu corazón, de plaza en plaza”. Página 129…y para obedecer la sugerencia, lo leí desde el título: Canis persecutio.

Una persecución por las plazas de la añeja ciudad intramuros: de la Catedral, Plaza de Armas, de San Francisco… Plaza Vieja.

Solo le hubiera borrado las últimas palabras: “Me siento listo. ¡Hay tantos perros por conquistar!”

Pero después de todo quedaba La Habana seductora, nostálgica… narrada desde la complicidad y certeza de las manos de un hombre y un perro sin domesticar:

“Algo en mi mano nos provoca placer. (…) Como una marea, la plaza empieza a llenarse de personas. No me importa. Después de haber cruzado tantas calles y lugares, agradezco que en el fondo solo seamos ‘el perro’ y yo. (..) Tras estar unos minutos acurrucado entre mis brazos, se separa. Aunque deba irse, nos hemos obsequiado mutuamente todo lo que deseábamos. Ninguno necesita más. Hay una última mirada. Sería inútil intentar explicarla. Da media vuelta y echa a andar. Lo veo alejarse, mientras dejo que el vacío se acomode en mi pecho”.

No pude aferrarme a las columnas de la Habana Vieja un poco más.

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sometimes

extrañarA veces quisiera saber si me extraña. Si me extraña al menos un tercio de lo que yo, entonces ya es suficiente.

A veces imagino que camina junto a mí, que vamos a los mismos museos, que me explica –como solía hacer- quién es tal o cual más personaje. Y que yo vuelvo a ponerle mi mejor cara -entre picardía y desconcierto- por tratarme como niña que recién aprende nombres.

A veces extraño el mar, y los abrazos, y sus manos. Sus manos. Pero me trago la única pregunta que le quiero hacer. La única que yo misma me hago. Extrañar. ¿Me extraña?

A veces quisiera saber. Luego recuerdo momentos no tan felices y vuelvo a envolverme en silencios.

A veces su rostro llega con cualquier canción, con cualquier calle.

A veces…

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