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Posts Tagged ‘mensajes’

llamarme a mares

mar-malecónÉl me llama cada vez que está cerca del mar. Me llama para que también yo lo escuche. Para que me inspire –aún a kilómetros- y lance otra botella al mar, porque dice hace tiempo no actualizo este espacio mío. Me llama, sobre todo, cuando está en el malecón de La Habana. He llegado a pensar que ese muro lo construyeron antaño para que siglos después él me llame cada vez que pase cerca. Me llama, me dice que me extraña. Está escuchando el mar, y quiere que también yo lo escuche. Y poniendo a las olas como otro interlocutor, voltea el celular hacia la marea que viene y va. Y hace silencio. No hay más voces ni saludos, no más extrañarse ni distancias. Aguzo el oído. Ahora, junto a él, escucho el sonido mar.

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cóseteCósete –se dice una y otra vez, aunque se siente rota. Cósete.

Sobró silencio y faltaron palabras. Pero alguna vez habrá más palabras que silencios. Y no lo sabrás si no te sobrepones.

Cósete.

Pero sus partes no se vuelven a unir. Definitivamente en medio de tantas preocupaciones, miedos, zozobras, algo se quebró. Y no sabe cómo llegar a casa -más sola, y más rota.

Va más desecha en menudos pedazos que la bandera de aquellos versos de Bonifacio Byrne.

“Todo pasa” –le advirtió alguien una vez. Lo bueno pasa, pero lo malo también pasa. Verás otro amanecer, otro atardecer. Otros muros, otros puentes.

Cósete –se repite. Cósete.

Siente que todos los hilos se le cortan dentro del cuerpo. Tal vez con un poco más de serenidad, y de paciencia…

Pero hoy no hay ni paciencia ni serenidad… ¡Cósete!

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Léeme

mario-benedetti-leeLee. Léeme. Léeme algo. Así, con semejante insistencia pido una y otra vez a algunos de mis amigos que escriben. Lee. Lo pronuncio con impertinencia casi, y al borde del desespero de la otra persona. Léeme. Y a veces, solo a veces, lo aderezo con un: por favor. Lee. Y la voz me sale más como súplica que como imperativo. Léeme. Nadie, hasta el momento absolutamente nadie ha descubierto que mi insistencia porque me lean tiene una razón muy simple. De niña nadie me leyó. Tuve que esperar a aprender las letras para yo misma sumergirme en los libros. Ahora que no soy niña, el rezago por esa vieja carencia se ha vuelto una constante. Lee. Léeme… Así he logrado que poemas, cuentos, artículos, crónicas, salgan del silencio. Y que palabras que he visto sobre el papel, tengan un sonido al fin. Un sonido que aprendo, hago mío. Y que obtengo tras esa obstinada petición. Lee. Léeme.

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No, no lo llames

compuMe llama para decirme que conoció un muchacho lindo. Y me enfatiza en el especto físico: “¡Lindo lindo!”

“Niña, que tú eres más profunda que eso, ¿cómo que deslumbrarte por un hombre lindo?”

“Intercambiamos números de celulares” –me dice. Con esa afirmación me hace saber que le ha impactado tanto que quiere volver a verlo.

“Y yo esperando su mensaje, o su llamada” – hace una pausa y suspira.

“¿Y sabes qué?” –me pregunta. (Y no, claro que yo no sé qué me va a contar).

“Que me ha pasado un mensaje con una única palabra que me impactó tanto que lo borré”.

Me intriga qué única palabra puede haberla conmocionado tanto, y hacerle olvidar su arquetipo de hombre “¡Lindo lindo!”.

“Mira, me envió un mensaje que decía: Yámame. Así, con Y”.

Me río. Ella también se ríe.

“Nada, Ley, que lo releí varias veces porque no entendía. Hasta que me di cuenta que quería lo llamara. Y no. ¡Estás loca! ¿Llamar a alguien que quiere que lo Yame?”

Y me asegura que le sucede como mismo a la que puso esto en Facebook: La ortografía no enamora, pero no me imagino pasar tiempo con alguien que me “hame para toda la bida”.

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viene el loco

locurasPara José Ángel Aguilera. Por sus locuras, quijotescamente persistentes

Me deja en el buzón 21 cuentos del loco. Me dice que me recordó mientras los leía porque bien pude escribirlos yo.

No creo. Los minicuentos no se me dan. Como tampoco la poesía.

Los Cuentos del loco fueron escritos desde mediados de los ´90 por un cubano radicado en España: Francisco Garzón Céspedes.

“Reside en Madrid y en el mundo”, dice la contraportada del libro digital que me deja en el buzón.

Leo. Y me atrapan estas líneas que resguardan historias. Comparto algunas:

Código:
“El loco pintó su raya. Y no la cruzó. A falta de razón, definía límites”.

Cordura:
“El loco no afiló la punta sino la goma del lápiz. Y, cuidadosamente, se dispuso a borrar el silencio”.

Eternos:
“El loco detectaba los unicornios donde aparecieran. Y tuvieran o no un cuerno en la frente”.

Intuición:
“El loco descendió de la escalera. No se sentía seguro: siempre hay alguien dispuesto a derribarlo todo”.

Protección:
“El loco salvaba su corazón no sacándolo a subasta”.

Raciocinio:
“El loco nunca perdía la cabeza porque la anclaba a fuerza de soñar”.

Realización:
“El loco pensaba que una locura no realizada es un anhelo frustrado. Por eso construía castillos en el aire”.

Lo comparto, porque también yo me acuerdo de varias personas que pudieron escribirlo. De varios locos de este tipo. Locos que andan por mi mundo como los cronopios de Cortázar: desordenándolo todo a cada paso, con una sensibilidad que contagia.

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cat— Si Amir Valle me conociera, podría reescribir Habana- Babilonia, le digo.

Me mira con extrañeza.

— Sí, que me he pasado la mañana jineteando una laptop para poder pasar par de mensajes.

Estábamos en zona wifi, en medio de un evento de periodismo digital, y mi portátil se negaba a conectarse.

— ¿Jineteando?

Y descubro que la sorpresa es porque yo utilice tal palabra. Le suena fuerte. Y a mí también, pero en medio de la desesperación no me sale otra.

— Y solo para saber si vale la pena… ¿A cambio de qué?

— Bueno –le explico- quiero cambiar fotos de gatos por abrazos. Y batido de guayaba por abrazos. Y mensajes por abrazos. Y mis post por abrazos.

— ¿Amir Valle dijiste? Yo creo que el que necesita conocerte es Freud.

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viento_ dibujoMi concentración se escapa. Mi sueño también. Me quedan los desvelos y la incertidumbre de no saber qué me sucede. O de saber precisamente qué me sucede. Me enredo cuando intento explicarme a mí misma. Y ningún libro de filosofía me responde. Ni los de poesía.

Busco refugio en palabras que llegan de lejos. Y la lógica indicaría que dos personas, casi totalmente desconocidas, podrían estar más desconfiadas de las letras que viajan en papeles, precisamente por aquello de que el papel soporta lo que le pongan. Pero la lógica tampoco responde. Ni la sensatez.

Y mis argumentos se están tornando más egoístas. Y le digo que no quiero interferir cuando él escribe para dejarle trabajar, porque yo quiero leerlo. Quiero leerlo. Y lo que parece un trabalenguas es todo un dilema entre mi razón y mis emociones.

Imploro tener capacidad para controlarme y no irme hacia su buzón todos los días. No irme en un abrazo. Pero cualquier ruego es escuchado excepto ese. A mi Padre Nuestro le robaron precisamente el “No me dejes caer en la tentación”.

Ilustro a una amiga todo esto. Ella me pregunta a quién le escribí el mensaje, y por quién tantos desvelos, y esos pensamientos poderosos. Y sobre todo, lo de Imprevisible, Benedetti. Y Consagración de la primavera. Le digo.

Le digo que quiero dejarle palabras desde las entrañas. Y que me desvela, y me quedo leyéndolo. Que me desvela, claro, porque lo pienso. Y porque tengo mapas y sé de distancias, aunque yo tenga vocación de Penélope.

Le hablo… Le digo de circunstancias, y de Ortega y Gasset, y otra vez de Benedetti… y que no quiero agobiarlo con tantas letras mías, pero sigo escribiéndole sin límites porque me alivia saberlo bien. Me alivia saber que ha tenido un día tranquilo. O que ha descansado.

—¿Y ya le dijiste todo esto?
—¿Decirle qué?

Y continúo hablando. Me desahogo. Mi amiga sale de sus silencios. Nota que en verdad me estoy diciendo todo esto a mí, en voz alta, porque lo necesito. Necesito saber qué me sucede. Y ella –dice- ya lo sabe.

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