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No, no lo llames

compuMe llama para decirme que conoció un muchacho lindo. Y me enfatiza en el especto físico: “¡Lindo lindo!”

“Niña, que tú eres más profunda que eso, ¿cómo que deslumbrarte por un hombre lindo?”

“Intercambiamos números de celulares” –me dice. Con esa afirmación me hace saber que le ha impactado tanto que quiere volver a verlo.

“Y yo esperando su mensaje, o su llamada” – hace una pausa y suspira.

“¿Y sabes qué?” –me pregunta. (Y no, claro que yo no sé qué me va a contar).

“Que me ha pasado un mensaje con una única palabra que me impactó tanto que lo borré”.

Me intriga qué única palabra puede haberla conmocionado tanto, y hacerle olvidar su arquetipo de hombre “¡Lindo lindo!”.

“Mira, me envió un mensaje que decía: Yámame. Así, con Y”.

Me río. Ella también se ríe.

“Nada, Ley, que lo releí varias veces porque no entendía. Hasta que me di cuenta que quería lo llamara. Y no. ¡Estás loca! ¿Llamar a alguien que quiere que lo Yame?”

Y me asegura que le sucede como mismo a la que puso esto en Facebook: La ortografía no enamora, pero no me imagino pasar tiempo con alguien que me “hame para toda la bida”.

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viene el loco

locurasPara José Ángel Aguilera. Por sus locuras, quijotescamente persistentes

Me deja en el buzón 21 cuentos del loco. Me dice que me recordó mientras los leía porque bien pude escribirlos yo.

No creo. Los minicuentos no se me dan. Como tampoco la poesía.

Los Cuentos del loco fueron escritos desde mediados de los ´90 por un cubano radicado en España: Francisco Garzón Céspedes.

“Reside en Madrid y en el mundo”, dice la contraportada del libro digital que me deja en el buzón.

Leo. Y me atrapan estas líneas que resguardan historias. Comparto algunas:

Código:
“El loco pintó su raya. Y no la cruzó. A falta de razón, definía límites”.

Cordura:
“El loco no afiló la punta sino la goma del lápiz. Y, cuidadosamente, se dispuso a borrar el silencio”.

Eternos:
“El loco detectaba los unicornios donde aparecieran. Y tuvieran o no un cuerno en la frente”.

Intuición:
“El loco descendió de la escalera. No se sentía seguro: siempre hay alguien dispuesto a derribarlo todo”.

Protección:
“El loco salvaba su corazón no sacándolo a subasta”.

Raciocinio:
“El loco nunca perdía la cabeza porque la anclaba a fuerza de soñar”.

Realización:
“El loco pensaba que una locura no realizada es un anhelo frustrado. Por eso construía castillos en el aire”.

Lo comparto, porque también yo me acuerdo de varias personas que pudieron escribirlo. De varios locos de este tipo. Locos que andan por mi mundo como los cronopios de Cortázar: desordenándolo todo a cada paso, con una sensibilidad que contagia.

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cat— Si Amir Valle me conociera, podría reescribir Habana- Babilonia, le digo.

Me mira con extrañeza.

— Sí, que me he pasado la mañana jineteando una laptop para poder pasar par de mensajes.

Estábamos en zona wifi, en medio de un evento de periodismo digital, y mi portátil se negaba a conectarse.

— ¿Jineteando?

Y descubro que la sorpresa es porque yo utilice tal palabra. Le suena fuerte. Y a mí también, pero en medio de la desesperación no me sale otra.

— Y solo para saber si vale la pena… ¿A cambio de qué?

— Bueno –le explico- quiero cambiar fotos de gatos por abrazos. Y batido de guayaba por abrazos. Y mensajes por abrazos. Y mis post por abrazos.

— ¿Amir Valle dijiste? Yo creo que el que necesita conocerte es Freud.

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viento_ dibujoMi concentración se escapa. Mi sueño también. Me quedan los desvelos y la incertidumbre de no saber qué me sucede. O de saber precisamente qué me sucede. Me enredo cuando intento explicarme a mí misma. Y ningún libro de filosofía me responde. Ni los de poesía.

Busco refugio en palabras que llegan de lejos. Y la lógica indicaría que dos personas, casi totalmente desconocidas, podrían estar más desconfiadas de las letras que viajan en papeles, precisamente por aquello de que el papel soporta lo que le pongan. Pero la lógica tampoco responde. Ni la sensatez.

Y mis argumentos se están tornando más egoístas. Y le digo que no quiero interferir cuando él escribe para dejarle trabajar, porque yo quiero leerlo. Quiero leerlo. Y lo que parece un trabalenguas es todo un dilema entre mi razón y mis emociones.

Imploro tener capacidad para controlarme y no irme hacia su buzón todos los días. No irme en un abrazo. Pero cualquier ruego es escuchado excepto ese. A mi Padre Nuestro le robaron precisamente el “No me dejes caer en la tentación”.

Ilustro a una amiga todo esto. Ella me pregunta a quién le escribí el mensaje, y por quién tantos desvelos, y esos pensamientos poderosos. Y sobre todo, lo de Imprevisible, Benedetti. Y Consagración de la primavera. Le digo.

Le digo que quiero dejarle palabras desde las entrañas. Y que me desvela, y me quedo leyéndolo. Que me desvela, claro, porque lo pienso. Y porque tengo mapas y sé de distancias, aunque yo tenga vocación de Penélope.

Le hablo… Le digo de circunstancias, y de Ortega y Gasset, y otra vez de Benedetti… y que no quiero agobiarlo con tantas letras mías, pero sigo escribiéndole sin límites porque me alivia saberlo bien. Me alivia saber que ha tenido un día tranquilo. O que ha descansado.

—¿Y ya le dijiste todo esto?
—¿Decirle qué?

Y continúo hablando. Me desahogo. Mi amiga sale de sus silencios. Nota que en verdad me estoy diciendo todo esto a mí, en voz alta, porque lo necesito. Necesito saber qué me sucede. Y ella –dice- ya lo sabe.

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extrañarMis amigos quedan lejos. La mayoría de ellos. Y hemos mantenido los abrazos y esta rareza de extrañarnos y querernos, querernos y extrañarnos, pese a las distancias.

Dicen que soy buena para hacerme presente aún a kilómetros, que no sienten la lejanía porque siempre aparezco en un mensaje, una llamada, un instante, una botella al mar…

Yo empecé a creer que era más importante en sus vidas de lo que creía, cuando comenzaron a llamarme o enviar mensajes a deshoras para compartir conmigo un momento sumamente cardinal: el nacimiento de sus hijos.

Poco más de un año, el primero de mis amigos en ser padre me anunció: “Te debía esta aviso formal. Ya nació mi bebo”.

Hace un mes y tres días a mi hermana se le adelantó el parto. Un adelanto de dos meses, por lo que en un mensaje advertía que yo soy tía de un niño prematuro. Ella no había ni descansado del parto y ya me estaba uniendo a otra vida: la del bebé recién nacido.

Hoy, justo hoy temprano, un amigo me despertó para compartir conmigo –desde el pasillo de un hospital materno- su sobredosis de alegría: “¡Ya soy papá!”

Después de todo, no es cierta aquella canción que advierte que la distancia es el olvido… Después de todo, mis amigos no quedan tan lejos.

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benedetti-Rostro de vosTengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.

Leo a Benedetti. Y luego releo algunos trozos de lo que un amigo ha escrito. Me siento torpe por las coincidencias que antes no había notado.

Las circunstancias… Antes yo no accedía a Internet con tanta asiduidad, ni me quedaba conectada a Facebook más allá de media hora. Una hora a lo sumo.

Ahora entro, busco las palabras en su blog. Las leo. Las releo. Algunas me las aprendo. Me quedo absorta en lo que escribe. Historia. Filosofía. Política. Literatura. Y tanta vida suya pegada a esas letras.

Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.

Me alarmó -apenas conocerlo- que anunciara iba a cerrar el blog. En un acto de declaración desesperada, ya no recordando a Benedetti, sino a Neruda, le pedí me dejara leer algunos post.

Para mí, que mis Botellas al mar son lo más parecido a un hijo, no podía permitir que alguien que no parece derrotado se diera por vencido tan fácilmente.

Leí. Y tuve que apurarme a hacer algunos apuntes- convencimientos de por qué no debía abandonar su espacio. Entre mis argumentos, uno muy egoísta: ya sus letras estaban incluidas en mi declaración de adicciones.

Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.

Sin pretensiones de glosar a Mario Benedetti y su Rostro de vos –ya que no dejo más rimas o interpretaciones que estos párrafos deshilachados, volví sobre sus huellas –las de él. Y sobre sus versos –los de Benedetti. Todo intento de evitar una sequía de palabras es válido. Yo quiero que tenga tiempo. Tiempo de escribir.

Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.

Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.

Hay cuestiones así de imprevisibles. Benedetti lo sabe. Cortázar lo sabe. Neruda lo sabe. Dulce María lo sabe. Yo estoy empezando a saberlo. Que cuando…

Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.

Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.

Tan desolada y tan soledad que ha venido a acompañarse de letras de un conocido- desconocido. Dice que me iré en un tren sin despedirme ni mirar atrás siquiera. Al menos así me ve en un sueño que persiste. Me voy con un niño, y él no tiene tiempo de alcanzarme un libro de tapas verdes que quiere darme.

Y yo me desvelo. Yo quiero que tenga tiempo.

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niña desveladaTengo una duda. Si una persona piensa mucho a otra, ¿realmente la puede sacar del quinto sueño? O del primer sueño… en fin, ¿despertarla?

Que sí, es una duda muy importante. Si el pensamiento es así de poderoso yo quiero saber. Porque me han robado las velas. Me han des-velado dos noches seguidas. Y como no sé dónde las escondió…

Tal vez es que alguien se conecta al correo o a Facebook pasada la medianoche a ver si me encuentra. Y yo durmiendo. Y me piensa con un pensamiento tan poderoso que me despierta. Y me desvela. Y no me deja dormir. Y tengo que ponerme a leer. Y cuando leo el sueño se termina de fugar, porque quiero seguir atada a los párrafos.

…Ya sé. Voy a sugerir que deje esos pensamientos poderosos para otra hora que no sea la madrugada.

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