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Posts Tagged ‘mensajes’

lluviaÉl se duerme dondequiera. En una silla, en un sofá, en los viajes o hasta caminando; en el lugar y hora que lo atrape el sueño. Ella solo duerme en las noches y sobre una cama.

No coinciden siquiera en los horarios. Existen seis horas de diferencia entre uno y otro, por eso resultan tan divertidas las videollamadas que muestran un pedazo de noche –cuando para ella es día- o un pedazo de día –cuando para él es noche.

Salvo dos o tres desencuentros, coinciden en una docena de películas, música, poemas, museos, y deportes.

Se les da mejor –supongo- los saludos que las despedidas. Por eso cuando llega el hasta mañana, él dice dormir, aunque siga despierto. Y le responde casi con estos versos de Eduardo Galeano: “No consigo dormir. /Tengo una mujer atravesada entre los párpados. /Si pudiera, le diría que se vaya; /pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

Y así es como –Benedetti que los une- “los grandes temas /dormían el sueño que ellos no durmieron”.

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barco varadoA Victoria Gaytán Alonso, porque para devolverme la fe solo necesité que me creciera esta madre que me lee y me alienta a escribir. A ella, porque confía en mí más que yo.

 

 

Cerrado por derribo. Robado a Joaquín Sabina. Así sería el título de mi crónica definitiva. Y estuve a punto de escribirla recientemente, cuando creí perecer por asfixia.

Asfixia porque par de amigos -¿amigos?- plagiaron algunas de mis letras. Oraciones, párrafos casi completos. Y eso es traición. Y duele.

Duele. Como duele que el país que dejé no me reconozca al regreso. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Desgarra caminar por calles que me ven ajena. Pero no desgarra tanto como sentir el agobio de los de adentro, y notar que aunque las fachadas se pinten y se anuncien al mundo, el interior sigue cayéndose a pedazos. Cayéndosele encima a los que viven al día, y no a los falsos arquitectos que la subastan.

Dolor. Asfixia. Ira. Desconsuelo. Depresión. Todo junto, mezclado, me hizo ver desde lejos, sin acercarme, sin escribir. Ermitaña.

Me fui alejando de todo, y de mí. “Hoy no quiero estar lejos/ de la casa y el árbol”.

Me impresionó que personas desconocidas me rescataran del naufragio. Que siguieran leyendo o releyendo; y otros continuaran suscribiéndose a este, mi único mar. Mi barco encallado renovó su esperanza de que alguna vez yo volviera a lanzar botellas. Botellas al mar.

Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de una semana cualquiera, decidí volver. Volver a escribir sobre todo cuanto he visto, he sentido, y he contado.

Y heme aquí, reiniciando mis pasos en estos parajes digitales.

Heme aquí, con menos dolor y asfixia que cuando comencé a escribir. El blog me sirve para esto. Desahogo. Aunque la realidad, ahí afuera, siga siendo la misma.

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soledad_ KunderaNo me gustan las cosas a medias –me digo a modo de autorreflexión. Me causa incertidumbre. Y no soporto la incertidumbre.

Mas, tampoco se trata de apostarle a las certezas –continúo mi monólogo interior- no siempre sabemos si va a llover o no. Ya lo mencionó Milán Kundera en La insoportable levedad del ser: “No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es la vida misma? Por eso la vida parece un boceto”.

Pero –recuerdo- también escribió que no se debe jugar con las metáforas. “Las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora”.

No más metáforas. Eso confunde terriblemente.

Termino mi psicoanálisis. Ya, a partir de ahora no volveré a desconcentrarme. A partir de ahora… Como si se tratara de trazar una línea con tiza en el suelo. Una línea divisoria del antes y el después.

Suelo dormir con libros. Ellos saben a qué hora se apaga la luz de mi habitación y comienzan mis escasas horas de sueño.

Casualmente, de esas coincidencias que no alcanzo a entender ni con otra psicoterapia…una amiga me escribe. Me escribe y me deja un título que si no he leído debo buscar y leer. Con urgencia. Y sin saber de mis horas de desvelos y las conversaciones conmigo misma, anota digitalmente: Busca El libro de los amores ridículos, de Milán Kundera.

Y ahí voy…noche a noche, durmiendo con Milán Kundera. Con sus historias, que ahora dicen de una persona que hace un balance de su vida: “Y fue entonces cuando se le ocurrió plantearse cuál había sido el balance de este aspecto que desaparecía, cuáles habían sido realmente las vivencias y las satisfacciones que había tenido aquel aspecto, y se quedó paralizado al darse cuenta de que había disfrutado bastante poco; al pensar en aquello sintió que se ruborizaba; sí, le daba vergüenza: porque vivir en este mundo tanto tiempo y que a uno le pasen tan pocas cosas es vergonzoso”.

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dama decimonónicaHacía años, muchos, que no recibía una carta. Una carta para mí, en sobre sellado, y cuño. Esta vez llegaron dos. Dos cartas de a golpe, de a sorpresa. Y me emocioné. Y me sentí entrañable.

1

“…desde la ciudad rectangular e inmunda, lanzo hacia ti mi corazón como una red. Pasado mañana parto. (…) Ahora la gloria se ha apagado. Me siento como un huérfano pobre sin su hermana mayor.”

2

“No sé por qué escribimos (…) Y a veces me pregunto por qué más tarde publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable es que sucumba en la tempestad y el abismo. Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.”

Dos cartas. Me pensé como aquellas damas decimonónicas y me sobrecogió la sola idea de que esta fuera una evidencia más de mis rarezas. Cartas. ¡Cartas en sobres! Ya casi nadie escribe así. Yo aun me creo a salvo, y de vez en cuando, de cuando en vez, dejo mensajes y cartas. Pero no las recibo. No solía recibirlas. Hasta ayer.

Las abro. Las leo. Las disfruto. ¡Las huelo! Y las resguardo de los ruidos y el polvo. Dicen de Borges. De Jorge Luis Borges. Y de Pacheco. De José Emilio Pacheco. Y vuelvo al éxtasis inicial.

Tengo dos cartas para mí. Egoístamente para mí sola. Insospechadamente, mi día cambia.

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SaramagoDe adolescente sentí la tentación de escribir en un diario. Mas, me frenó el temor –como también confiesa un amigo- tuve miedo de llevar un diario y que alguien lo leyera.

Quién me diría entonces que años después me decidiría a llevar este blog abierto, este diario público.

Aún me asombra saber que alguien me lee, y me lo diga. Eso, que me lee. Aún me avergüenza, además, que lean algo mío delante de mí.

A veces me creo tan ermitaña que escribo solo para desahogarme. Y luego recuerdo aquel escritor que mencionó nadie escribe para sí, solamente… A veces, a veces… creo encontrar tanta belleza en las palabras, que pierdo límites y termino volcando mi vida en este espacio tan compartido.

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sentada frente al marEscribe –me pide. Y me recuerda lo que me dijo hace varias semanas, a modo de consejo: No dejes de escribir.

— ¿Aunque esté lejos del mar y de las botellas que me son conocidas? ¿Aunque tenga una sobredosis de melancolía?

— Precisamente por eso. Y más. Escribe.

— ¿Y si siento que nada me pertenece? Ni siquiera las palabras… ¿Y si no pudiera escribir?

— No tengas miedo. Escribe.

Lo escucho, pero todo lo que me rodea ahora me es ajeno. Tengo que conocer. Adaptarme. No perderme. Lidiar con mis despistes. Recorrer nuevas calles. Ir en otras direcciones.

Y mientras el tiempo pasa, y veo con recelo este espacio que he construido durante años, solo recuerdo sus palabras, las últimas:

Escribe.

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llamarme a mares

mar-malecónÉl me llama cada vez que está cerca del mar. Me llama para que también yo lo escuche. Para que me inspire –aún a kilómetros- y lance otra botella al mar, porque dice hace tiempo no actualizo este espacio mío. Me llama, sobre todo, cuando está en el malecón de La Habana. He llegado a pensar que ese muro lo construyeron antaño para que siglos después él me llame cada vez que pase cerca. Me llama, me dice que me extraña. Está escuchando el mar, y quiere que también yo lo escuche. Y poniendo a las olas como otro interlocutor, voltea el celular hacia la marea que viene y va. Y hace silencio. No hay más voces ni saludos, no más extrañarse ni distancias. Aguzo el oído. Ahora, junto a él, escucho el sonido mar.

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