Lev

Coyoacán, Ciudad de México.

Dos turistas, mapa en mano, tratan de ubicar la calle Viena, y en ella el museo que otrora fue la casa de León Trotsky; ese lugar donde vivió desde que se alejó tormentosamente de la Casa Azul de Frida Kahlo. Ese lugar donde transcurrieron varios meses de 1939 y 1940 en los que aparentemente no pasaría nada… y sin embargo sucedieron los dos atentados: el primero fallido, el segundo definitivo.

Los dos turistas se detienen frente a una mujer, porque creen que los orientará mejor que un mapa. Si es residente de esa zona, ella debe ser, por ende, una mujer-brújula. Y ellos la necesitan.

— Señora, por favor, ¿Puede decirme cómo llegar a la casa de León Trotsky?

Y sin vacilar demasiado, ni mostrar extrañeza alguna, les respondió:

— Lo siento. Yo hace poco que me mudé y aun no conozco bien a los vecinos. No sé dónde vive el tal León ese que ustedes buscan.

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Brasil a veces queda en México

– ¿Sayo, traes tus papeles?

– Traigo mi identificación siempre conmigo, porque si me muero no quiero que me entierren como indigente.

Ese podría ser para muchos un mal chiste, pero quien esté en la Ciudad de México ahora mismo, sabe que la muerte es una realidad. Dicho eso nos fuimos a ver dónde podíamos ayudar: centros de acopio, albergues, mover escombros o transportar  donaciones.

Sayonarah Rocha es estudiante de doctorado, es brasileña y está en México por dos meses. Eso era todo lo que sabía de ella hasta el día del terremoto. Eso, y que mide más o menos 1.50 metros, y que se ponía nerviosa de tan solo pensar en la alarma sísmica. En Brasil no hay terremotos que la espanten, así que desde que llegó a México, ella se declaró aterrada ante la posibilidad de protagonizar un terremoto.

Quien la ve no piensa que podría mantenerse en pie, inquebrantable, ante algún desastre natural, y mucho menos ante uno desconocido para ella. Sin embargo, después del terremoto del 19 de septiembre en México, ella lloró una sola vez. No conozco a nadie que ese día no haya llorado de miedo, al menos una vez.

Ella vio toda la destrucción, los escombros, los desaparecidos. El miedo la hizo más valiente. Quiso ayudar, pero tenía poco dinero y lo que más se necesitan son donaciones: agua, medicamentos, ropa, pañales y comidas para niños, alimentos…

No tenía mucho dinero para comprar esas cosas, así que después de dos noches sin dormir por la impotencia de no poder hacer demasiado, se atrevió a escribirle a sus amigos y solicitarles le enviaran dinero. Sus amigos, que saben que ella es una persona honesta y que ha estado asustada, comenzaron a depositarle: 10 reales, 20 reales, 50 reales. Y Sayonarah, una y otra vez, sacaba la calculadora para transformar los reales en pesos mexicanos y saber cuánto podría comprar.

Anoche, mientras dormía, Sayonarah creyó escuchar la alarma sísmica y se espantó. Despertó muy asustada y creyó que su cama se movía, al igual que las paredes. “Estoy enloqueciendo”, pensó. Necesitaba sentirse útil para no enloquecer, por eso hoy escribió a sus amigos y les pidió dinero para donaciones. Y salió a la calle a ayudar. Hoy, dice, será la primera vez desde el terremoto que va a poder dormir.

Está más tranquila porque sabe que mañana va a poder donar agua, medicamentos, y algo más si el dinero le alcanza para algo más. Sus amigos confiaron en ella, saben que cada centavo será para las víctimas del terremoto.

Sus amigos, desde lejos, ayudarán a que ella pueda dormir, que no enloquezca, que no tenga miedo. Sus amigos saben que Sayonarah ha sido una mujer valiente.

tiemblo

Si hubiera respondido: bien, a la pregunta de esa noche, habría mentido miserablemente, y en mayúsculas.

¿Cómo estás? Casi todos me preguntaron, cuando la tierra dejó de moverse. ¿Cómo estás?

Y no, yo no estaba bien. No podía estarlo, acababa de vivir el único terremoto, sismo, temblor o en su sinónimo: el miedo que me estremeció los cimientos.

Mientras el edificio se movía hacia los lados, toda yo estaba temblando también. De miedo.

No tuve tiempo de un último pensamiento para nadie (en caso de que fuera la última vez que pensara), estaba demasiado atenta a no caerme de mis propias piernas.

Duró más de un minuto el movimiento telúrico, y pasaron horas para que yo parara de llorar, para que pasaran mis mareos y para que decidiera que la cama era otra vez un lugar seguro.

Aun cuando todo se detuvo, yo no dejé de temblar. Mis amigos me preguntaban: ¿cómo estás? Y yo no podía disfrazar mi realidad. Si hubiera respondido: bien, a la pregunta de esa noche, habría mentido miserablemente, y en mayúsculas.

Eliseo

Eliseo Diego me despierta en las noches para leerme un poema mientras regresamos a esa Habana donde nació. Luego me arrulla y me devuelve el sueño en la Ciudad de México donde murió. Y yo quedo atrapada entre las dos ciudades, con un solo Eliseo.

“no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es este:
les dejo
el tiempo, todo el tiempo.”

Por ahí anda Rulfo

“Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

Juan Rulfo

 

 

 

Dicen que el que busca encuentra…

Yo hoy estaba buscando a Rulfo para conversar con él (dirían en Cuba): largo y tendido. Conversar de asuntos pendientes, de cómo releo Pedro Páramo dos veces seguidas para volver a escuchar su inconfundible: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Para decirle que alguna vez iré a Comala, aunque allá no viva mi padre.

Lo encontré en esa hora entre el atardecer y la noche, “en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado”, en esa ahora en que ya me preguntaba: “fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.”

Casi para reclamarle, porque: “…al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.”

Ni siquiera la esperanza, querido Rulfo, ni siquiera… Al menos –le pedí- diles que no me maten.

Y me fui quedando dormida, ya entrada la madrugada, mientras sentía que le repetía:

“-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.”

Al punto final de los finales…

fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

tarahumara

tarahumaras
foto: Bob Schalkwijk

México es un país de leyendas. Y de historias. Y de personas que parecen leyendas.

Esta es una de los pueblos tarahumaras (o rarámuris). La viejita que hace la nieve.

La leí una vez, en un museo. En uno de culturas populares. La leí porque me llamó la atención esta foto de una anciana.

“En invierno, cuando cae mucha nieve, es por causa de una viejita. Así me cuentan, Ella es la que hace nevar; se pasa todo el tiempo moliendo nieve, muele y muele, y luego la avienta.

La viejita tiene muchas canas y le dicen tatarabuela. Otras gentes dicen que la vieja pone la nieve en un árbol, arriba en el cielo, y que luego lo sacude”.

México es un país de leyendas. Y de historias. Y vale la pena estar aquí, al menos para escucharlas.