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Posts Tagged ‘México’

“Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

Juan Rulfo

 

 

 

Dicen que el que busca encuentra…

Yo hoy estaba buscando a Rulfo para conversar con él (dirían en Cuba): largo y tendido. Conversar de asuntos pendientes, de cómo releo Pedro Páramo dos veces seguidas para volver a escuchar su inconfundible: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Para decirle que alguna vez iré a Comala, aunque allá no viva mi padre.

Lo encontré en esa hora entre el atardecer y la noche, “en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado”, en esa ahora en que ya me preguntaba: “fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.”

Casi para reclamarle, porque: “…al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.”

Ni siquiera la esperanza, querido Rulfo, ni siquiera… Al menos –le pedí- diles que no me maten.

Y me fui quedando dormida, ya entrada la madrugada, mientras sentía que le repetía:

“-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.”

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fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

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tarahumara

tarahumaras

foto: Bob Schalkwijk

México es un país de leyendas. Y de historias. Y de personas que parecen leyendas.

Esta es una de los pueblos tarahumaras (o rarámuris). La viejita que hace la nieve.

La leí una vez, en un museo. En uno de culturas populares. La leí porque me llamó la atención esta foto de una anciana.

“En invierno, cuando cae mucha nieve, es por causa de una viejita. Así me cuentan, Ella es la que hace nevar; se pasa todo el tiempo moliendo nieve, muele y muele, y luego la avienta.

La viejita tiene muchas canas y le dicen tatarabuela. Otras gentes dicen que la vieja pone la nieve en un árbol, arriba en el cielo, y que luego lo sacude”.

México es un país de leyendas. Y de historias. Y vale la pena estar aquí, al menos para escucharlas.

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refugio_foto de Alejandro

Foto: Alejandro Basulto

Se activa la alerta sísmica y me saca del letargo del sueño. Ese constante repetir: “Alerta sísmica. Alerta sísmica” durante un minuto completo, parece tirarte de los pies, de la cama, del cuerpo.

Y me estremezco yo antes que la tierra, de solo pensar que en ese minuto largo, larguísimo, tengo que decidir qué hacer conmigo. Llego temblando a la puerta. Ahí me quedo. Silencio. Otra vez no sentí nada. Ni ruidos ni movimientos telúricos. Nada.

Otra vez solo siento mi corazón latir fuerte, y las manos que me sudan, y la piel que está fría, fría –pese al calor de esta madrugada. Y las piernas que no obedecen cuando trato de incorporarme y volver a mi cama.

No me acostumbro. Creo que tampoco me acostumbraré.

Todos regresan a dormir. Yo me quedo más insomne que nunca. Y trato. Trato de retomar el sueño, porque las noticias anuncian que se esperan réplicas y no sé cuándo ocurrirá, y no debo quedarme así, en vela.

Pienso en un puñado de personas que necesito saber bien. Olvido las geografías y hasta confundo los lugares donde hay sismos con los que solo tienen huracanes, y comienzo a enviar mensajes a esa hora. A deshoras.

Pocos responden. Confirmo que la mayoría duerme. Y yo no puedo.

Un abrazo. Necesito un abrazo. Y no hay nadie. Quito la almohada de mi cabeza, la recuesto a la pared, y me acurruco en ella. Solo así, dos horas después, logro dormir, pensando en alguien más allende a los mares. Alguien que ni siquiera supo del sismo, de la alerta sísmica, y que duerme sin pensar en mí.

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rosa_lutoA veces quisiera ser una de esas personas a las que no les afecta que les digan en un solo día: murió Günter Grass, murió Eduardo Galeano.

Esas a las que poco les vale que hoy mismo mueran Harper Lee y Umberto Eco.

A veces tan solo quisiera que esas páginas que quedan inconclusas no me destrozaran tanto. Pero vivo y muero por las palabras. Y en mi vida, un escritor menos, representa soledades de más.

Y creo que también yo voy yéndome un poco.

A veces quisiera ser una de esas personas que no se duelen fácilmente. Pero yo soy yo. La que llega a México cuando ya no hay rastros de Octavio Paz o de Carlos Fuentes, ni Jaime Sabines ni José Emilio Pacheco.

Solo soy yo. La que llega tarde a la cita de los escritores. La que queda herida por cada libro que no será. La que muere un poco cada vez. Sin a veces…

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gente mirando un mapaQue llegue alguien, de otro país a cambiar los nombres a los héroes, a las construcciones antiguas, a las calles… es como recibir en casa a una persona que mueva de lugar todos los muebles.

Habíamos acordado un sitio de encuentro. Una de las principales avenidas de la Ciudad de México.

Llego y no la veo. Qué raro, tenía tiempo de sobra para estar aquí antes que yo.

Tras unos cuantos minutos le marco al celular: ¿Dónde estás?

— En Caguama.

— ¿Dónde?

Y volvió a repetir, nítidamente: En Caguama.

Esa calle no me la conozco, pensé. Pero dado que ninguna de las dos conoce lo suficiente esta ciudad, le pedí una descripción de lo que había a su alrededor.

Mi cerebro ya estaba a punto de rendirse cuando, a sabiendas que mis despistes son directamente proporcionales con su capricho de trastocar todos los nombres, hago un último esfuerzo:

— Oye, ¿por casualidad tú estás en avenida Cuauhtémoc?

— Ah, sí, esa misma…

¡Madre mía! –pensé. Ya yo con mis despistes tengo más que suficiente, ¿por qué no me tocará conocer a personas más normales que yo?

Y ella, para evitar que mi yo cometiera asesinado por asfixia, cuando adivinó mis ganas de atraparla por el cuello, replicó rápido: Es que eso de Cuau… Cuau… eso no me sale. ¡Yo le digo Caguama y punto!

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Frida Kahlo“Preciosa imagen –me comenta- se le ve joven y serena. Nada atormentada, como sí lo fue después”.

Me lo escribe y del otro lado del frío cristal de la computadora, mi expresión serena se torna atormentada.

¿Dijo algo sobre Frida? ¿Dijo algo sobre mí? Me confundo. Me mezclo.

Frida Kahlo me renace. Me duele. Me hipnotiza. Me desvela. Me revive, o la revivo.

Guardo sus fotos con recelo. Voy a su casa, ahora convertida en museo, solo para quedarme un rato en su jardín. Quieta. Me aprendo sus trazos, sus apuntes. Admiro sus pinceles, sus libros. Y vuelvo al patio a tomar aire. Dentro, en un cofre junto a la cama, están sus cenizas.

Silencio. ¿Cómo vas a decir de tormentos si no sufriste lo que ella, si no viviste lo que ella?

Ese pedazo de Coyoacán fue el primer lugar que quise visitar de México. Y también el primer lugar donde lloré. La Casa Azul.

─ Si muero en México –le dije a una amiga- quiero que me incineren y me rieguen en el patio de la casa de Frida Kahlo.

─ Eso es ilegal.

─ Pues no te preocupes, cabré en una bolsita. Ahí me pones, con 40 pesos te compras el boleto de entrada, y cuando estés entre los árboles, abres la bolsa y me esparces. Nadie lo notará.

─ ¡Loca!

Hojeo el facsímil de su diario íntimo. Me detengo en sus citas:

“Yo solía pensar que era la persona más extraña en el mundo, pero luego pensé, hay mucha gente así en el mundo, tiene que haber alguien como yo, que se sienta bizarra y dañada de la misma forma en que yo me siento. Me la imagino, e imagino que ella también debe estar por ahí pensando en mí. Bueno, yo espero que si tú estás por ahí y lees esto sepas que, sí, es verdad, yo estoy aquí, soy tan extraña como tú”.

Sí, estoy aquí. Leyéndola.

“Cada (tic-tac) es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno resuelva como pueda”.

Frida Kahlo. O yo. Ya no sé quién escribe. Quién lee. Quién pinta. Quién vive.

Me revive, o la revivo.

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