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Posts Tagged ‘Montserrat Roig’

annas-himmel2-1I

Escribir –decía Montserrat Roig– es un juego de solitarios.

Vivir a veces también lo es.

II

Como bola de billar que rueda -de un lado al otro, siempre a golpes- así pasa el tiempo suyo.

El suyo –cree- va de un lado al otro, entre golpes…

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montserrat-roig_escribiendo7. Mi color favorito es el azul.

Palabras últimas. Y –pensé- nuestra única semejanza visible. Azul. Después de escribir una declaración tan desesperada de traiciones, caídas, recomienzos, travesías, y otra vez traiciones. Azul era el único oasis en medio de todo ese tormento, como la tranquilidad de las olas del mar en calma.

Aquel desahogo –recorrido de su vida en 7 cosas que no había contado públicamente así, de un tirón- me pareció uno de los actos de valentía más auténticos que he visto.

Yo, que he escrito de traición, deslealtad, hipocresía, soledad… en ese momento me sentí torpe por hacer catarsis a gritos. No. Yo no he tenido que volver a empezar y reconstruirme tantas veces.

Pensé en el mar. El azul. Las distancias. E inevitablemente, en estos versos de Antonio Machado:

“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar (…)
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…”

Pensé, además, que no había leído revelaciones así de hondas desde que encontré, hace seis años, las crónicas de Montserrat Roig, convertidas en diario. Ella escribió incluso desde la cama de un hospital, sin que sus lectores supieran que ahí estaba, desgarrada. Él ha publicado muchas sonrisas sin que los que ven sus fotos supieran que ahí estaba, escondiendo los tragos amargos, también desgarrado. Ella y él tienen mucho en común.

Y yo me quedo confiando en los dos.

 “Creo en la esperanza porque solo es ella la que construye el futuro”.

Montserrat Roig

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última crónica (2)Desde hace tres años leo y releo el mismo libro. Los otros pasan, salen y vuelven al librero. Este, sin embargo, permanece en mi mesa de noche. Nunca ha estado en fila al lado de los otros…

El 28 de junio del 2010, el día que defendí mi Trabajo de Diploma para titularme de periodista en la Universidad, un periodista amigo me regaló un libro de crónicas donde yo podría descubrir secretos de la escritura.

Puso en mis manos Última crónica. Diario abierto, una compilación de colaboraciones de la escritora y periodista catalana Montserrat Roig (1946- 1991) en el periódico Avui de Barcelona, entre septiembre de 1990 y noviembre 1991.

Son 279 páginas y confieso que no lo he querido terminar. No estoy preparada para que se me acabe. No quiero llegar a la última crónica – no sé si porque eso desgarra el título o porque a priori sé que al llegar al final estaré llegando también al término de la vida de Montserrat y a toda posibilidad de leer otro texto suyo.

Lo cierto es que estoy varada en la 230 y en lugar de continuar las hojas que restan, he regresado incansablemente a los apuntes que dejé al margen de las crónicas anteriores.

Releo que “hay que intentar escribir bien pero sin decir nada…, aunque siempre se diga algo”; que “las palabras no pueden encerrarse dentro de una jaula. Vuelan solas”; que Selma Langerlof y Nadine Gordimer le enseñaron en tiempo que “el arte de la palabra posee aquel punto agridulce de la venganza que no se paga con nada”, o que Elias Canetti fue un escritor “profundamente enamorado de las palabras”; y Darío Fo decía que “el amo tiene mil palabras, mientras que el obrero solo entiende trescientas”.

Anoto las frases que me impactan, y también sus metáforas. Me gustan sus metáforas, aunque yo sea incapaz de reproducirlas ni siquiera aquí…

A la par consumo –como si fuera droga- las crónicas de periodistas cubanos, españoles, latinoamericanos… Ese es mi plato fuerte, el postre y el aliño de mis días.

Ya lo dije. Lo he confesado: desde hace tres años leo y releo el mismo libro. Y desde hace dos intento mantener también un Diario abierto, aunque con forma de Botellas al mar, que me desahogan.

Aunque en verdad no sé –como ella- quién me lea o a quién pueda interesar estos asuntos tan míos. A fin de cuentas, como escribió Montserrat Roig: “Leer, al igual que escribir, es un juego de solitarios”.

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En estas fechas, desde hace unos años, recuerdo dos crónicas que he leído. Una es de Gabriel García Márquez, y la otra de Montserrat Roig.

La del Nobel colombiano, titulada  Estas navidades siniestras, la leí en una compilación Acerca de la crónica de la profe Miriam Rodríguez Betancourt.

“Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de plata para quedar bien por encima de nuestros recursos reales, que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace dos mil años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran, además, muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma quela Navidadde ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.”

La otra, la de la española Montserrat Roig, aparece en su diario personal, que luego de su muerte alguien convirtió en libro.  “Pues sí, con música de Corelli o sin ella, esto: ¡feliz Navidad! Una Navidad que aún nos haga desear el deseo de desear. Aquello que los satisfechos nunca podrán vendernos (…) En aquella casa, todos odiaban la Navidad.  Pero nunca dejaron de celebrarla. La Navidad era el sello, perenne, imperturbable, de su fe en la supervivencia de la especie”.

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