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Posts Tagged ‘niñez’

niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

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regalo de navidadLa navidad en que su hija tenía cuatro años, él decidió que no iba a ser otra de las tantas niñas engañadas con la ilusión de Santa Claus.

A fin de cuentas él, científico, investigador, no estaba de acuerdo en seguir mintiendo acerca de seres irreales. Su hija debía saber de una buena vez y por todas que los regalos no los traía ningún señor panzón vestido de rojo, con barba blanca, y un trineo repleto de juguetes.

Así se lo explicó. Paso a paso le descubrió esa realidad que le ocultó por cuatro años.

Le contó que no existe Santa Claus. Que no hay ningún señor con saco al hombro que reparta muñecas o golosinas.

La niña lo escuchó pacientemente. Y hasta simuló estar de acuerdo.

Cuando él pensaba que había concluido triunfante su revelación, la pequeña lo miró sin asumo de desconcierto, y le dijo:

— Ah, está bien, ¿y qué me va a traer Santa Claus este año?

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Léeme

mario-benedetti-leeLee. Léeme. Léeme algo. Así, con semejante insistencia pido una y otra vez a algunos de mis amigos que escriben. Lee. Lo pronuncio con impertinencia casi, y al borde del desespero de la otra persona. Léeme. Y a veces, solo a veces, lo aderezo con un: por favor. Lee. Y la voz me sale más como súplica que como imperativo. Léeme. Nadie, hasta el momento absolutamente nadie ha descubierto que mi insistencia porque me lean tiene una razón muy simple. De niña nadie me leyó. Tuve que esperar a aprender las letras para yo misma sumergirme en los libros. Ahora que no soy niña, el rezago por esa vieja carencia se ha vuelto una constante. Lee. Léeme… Así he logrado que poemas, cuentos, artículos, crónicas, salgan del silencio. Y que palabras que he visto sobre el papel, tengan un sonido al fin. Un sonido que aprendo, hago mío. Y que obtengo tras esa obstinada petición. Lee. Léeme.

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miedo a la oscuridadDicen que mis desvelos comenzaron desde temprana edad. Cuando todas las luces de la casa se apagaban, yo empezaba a llorar.

El pediatra dijo a mis padres que yo padecía de “miedo nocturno”, literalmente temor a la oscuridad. Término este que -ante la fuerza de mis lamentos- mi familia modificó a terror, pánico nocturno.

No hubo otro tratamiento que dejar alguna lámpara encendida. Tal vez si me hubieran leído alguna historia antes de ponerme en la cuna…

Me dicen, además, que cada madrugada, cuando todo parecía tranquilo, si alguien despertaba a tomar agua o ir al baño, y yo lo escuchaba, comenzaba a gritar alto, muy alto: “Mamá, no te vayes…” “Mamá, no te vayes…”

Una y otra vez gritaba. Repetidamente. Parada en la cuna, y alcanzando malamente a sostenerme de la baranda, con mi escaso tamañito.

Quizás al miedo a la oscuridad se le sumaba el temor al desamparo. A que mi madre se fuera a atrabajar y no regresara. Eso pienso ahora. En ese entonces yo solo sabía que mi mamá se iba, y yo no volvía a verla hasta la tarde. Hasta la tarde yo no volvía a ser feliz.

¿Desamparo? ¿Soledad?

Una aparente soledad que insisto en reclamar en estos tiempos. Aparente –digo- pues sé que al amanecer mi familia estará ahí, al alcance de un abrazo. Sin que yo tenga que despertar otra vez gritando: “Mamá, no te vayes…”

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LíaA la niña le gusta el platanito –me confiesa su papá- aunque para pedirlo, lo que dice es “piato”.

No me extraña, si al perro de mi hermano en vez de “Choco” lo nombró “Có- coooo” y así el pobre animal varió –además del nombre- el sabor.

La niña tiene un año y 9 meses. No la veo desde hace 162 días. En todo este tiempo seguramente ya se olvidó del perro de mi hermano (aunque el animalito sigue respondiendo cada vez que le decimos “Có- cooooo” como ella quiso).

Yo extraño su voz, sus abrazos, sus ojos, su sonrisa.

Alargo mis brazos, pero no alcanzo a tocarla. Veo platanitos de fruta y la pienso. Y la añoro más con cada plátano que tengo delante. La pienso entonando su vocecita para confundir otra vez los nombres. Ahora sé que a la niña –mi niña- le gusta el “piato”.

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Las grandes agencias de prensa se asombrarán por lo insólito de la noticia. El titular podría clasificar para primera plana: Niña de 3 años tiene una hija ¡de 26!

Como lo leen. Resulta que a Dara, mi amiga más pequeña, le ha dado por decir que yo soy su hija. Con su escasa altura me toma de la mano, mira hacia arriba para ver mi rostro y me ordena: “¡camina, niña!”

Me regaña, pues dice que no la obedezco. Yo me siento a su lado y me quedo quieta, pero ella apunta hacia donde hay otras muchachas de mi edad y suelta un: “niña, pórtate bien, ¿por qué no te portas bien como tus amiguitas? ¡Mira esas niñas qué bien se portan!” Recoge del suelo unas hojas secas, las ripia y me anuncia: “te estoy haciendo la ensalada para la comida, ve lavándote las manos”.

Sospecho que Dara juega a las casitas –pero conmigo, en lugar de usar una muñeca. Y la sospecha se vuelve certeza…pues al regresar a su casa luego de verme, le cuenta a su hermana que ella tiene una hija que se llama Leydi, “pero ahora Leydi se fue sola para su casa y entonces yo no tengo a quien mandar”.

Una tarde a la hora del almuerzo, cuando yo cortaba el pollo frito, ella me dijo muy alto -delante de todos los que ocupaban la mesa: “Leydi, ¡noooo!” y yo: “¿Ahora qué hice, Dara?” y ella: “Que no toques el cuchillo, niña, que te puedes cortar”, y terminé de comer todo con solo un tenedor. “Ahora tómate el agua, y mira, también el refresco…”

Y en el ómnibus no permite que su madre la sujete del brazo, pues Dara asume tan, pero tan bien su papel de madre mía, que cuando estoy no le dice mami a su mamá, sino Glenda, que es su nombre. “Glenda, no me toques, que ya yo soy una mujer, tengo una hija, mira…” Y me muestra. Y me dice que ella me debe aguantar “porque si la guagua frena de pronto, ¿tú sabes dónde vas a caer? ¡allá alante, junto al chofer. Aparte, si te caes al suelo, te vas a ensuciar ese vestido tan lindo que traes”.

Mi madre, de 3 años, me busca para que la cargue, le compre libros infantiles y me pide té, porque le gusta mucho tomar té. No me molesta que sus reclamos de “¿dónde tú estabas, niña?”, “no hagas eso, niña”, “pórtate bien, Leydi”, sea delante de una treintena de personas. No me molesta porque Dara es tan adorable que con gusto la obedezco, le permito administrar mi tiempo y hasta mis conversaciones.

“Camina, niña”, me ordenó y para enfatizarlo, añadió: “Leydi, ¡mueve el pudín!” Una periodista que estaba cerca le preguntó: “Dara, ¿Leydi se está portando mal?” y la niña, con toda su gracia e ingenio, le respondió: “Si tú supieras, que Leydi no es que se porte tan mal, lo más malo que ella tiene tú sabes qué es? ¡adivina!” (y me parece estarla escuchando…ese “adivina” al que le sucedió la exclamación más increíble de toda nuestra relación madre-hija) “Lo malo de esta niña es que ella ¡todas las noches se orina en la cama!”

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Teresita

teresita fdzLa primera vez que vi a Teresita Fernández delante de mí, de cuerpo entero y no solo en voz, sin pantalla de televisión mediante, pensé que esa mujer sería como mi abuela.

Como mi mamá no podría ser, porque estaba vieja ya, no me haría puré de malanga ni me cargaría sobre su espalda cuando me negara a caminar. Se parecía más a mi abuela, que entonces también tenía el pelo blanco, me cantaba canciones, y había nacido en Santa Clara. Eso pensé cuando alcé la vista para mirarle los ojos a Teresita.

Desde entonces y durante toda la niñez, se convirtió en mi refugio. Ella, que regaló un cocuyo dentro de una botella rota un Día de los enamorados, que le puso su mismo nombre a una de sus tres perras, que llenó una palangana de violetas en honor a sus padres, y ahí mismo enredó un coralillo rosado… Ella no me regañaría por distraída, por olvidar algún recado por mirar los dibujos de las nubes.

Años más tarde, cuando leí el libro “Amiguitos vamos todos a cantar”, donde la cantautora –o juglar, o maestra que canta, como le gustaba llamarse- hizo la historia de sus canciones infantiles, leí que “los hombres pueden inventar cañones, edificios, computadoras, robots…pero ninguno puede inventar una lagartija ni ponerle luz a un cocuyo”.

En esas palabras impresas supe, además, que las coincidencias de su niñez y la mía eran numerosas. Las dos cazábamos cocuyos que luego soltábamos. Nos gustaban los atardeceres, las flores. Adorábamos a papá.

En una ocasión, en una entrevista que le hicieron en la TV, Teresita contó que su padre le había regalado cuatro consejos. Yo busqué rápido un pedazo de hoja, un lápiz, y como si mi propio padre fuera quien me estuviera dictando, los anoté:

-Cuando veas un burro dando patadas, quítate.
-Por muy triste que estés, nunca dejes de comer.
-Nunca dialogues con tu verdugo.
-Cuando el perro ladra es porque alguien cabalga.

Cada uno tenía una anécdota, un por qué.

La última vez que vi a Teresita Fernández, entonces por la televisión, la sentí apagada, sin fuerzas para hacer crecer otro gatico Vinagrito, auxiliar a un grillito acatarrado o regañar a algún conejito majadero. Ese día, 20 de diciembre del año pasado, era su cumpleaños 82 y varios niños fueron hasta su casa a llevarle un cake. Ese día supe que yo lloraría cuando ella muriera, porque las abuelas, cuando no vuelven, dejan un vacío terrible.

Este 11 de noviembre, cuando el último de los seis titulares del noticiero provincial de radio aseguraba que Teresita había muerto, recordé la estrofa de su canción Lo feo: “Alita de cucaracha/ llevada hasta el hormiguero,/ así quiero que en mi muerte/ me lleven al cementerio…”

Mis hijos, si alguna vez los tengo, escucharán sus canciones. Mas, no podrán mirar de cerca, como yo, los ojos de Teresita.

Si alguna vez tengo hijos les contaré esto: que un amigo tiene una teoría casi real, casi fantástica, que establece que cuando alguien bueno muere, el cielo se nubla. Teresita Fernández murió en la mañana de este 11 de noviembre y Santa Clara, su ciudad natal, amaneció nublada.

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