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Posts Tagged ‘niñez’

Inventario

Desde niña me gustan las flores blancas, las que otros negaban por descoloridas, a mí se me antojaban ideales para soñar. Ese contraste de blanco sobre verde me mantenía en paz, era como el lienzo virgen que todo pintor desea.

Yo nací en una ciudad sin mar, dentro de una isla donde la maldita circunstancia del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa del café. La cercanía con el mar yo la imitaba con un ramito de flores dentro de un vaso de agua que ponía sobre la mesa de la cocina, y me quedaba ahí mirando los pliegues de los pétalos, como si fueran olas, hipnotizada por la textura.

En honor a la sinceridad, desde niña me gustan todas las flores, del color que fueran. Cada tarde, invariablemente, regresaba de la escuela con flores silvestres que iba recogiendo camino a casa. Salir a pasear conmigo era llevar una dosis mayor de tiempo y paciencia para que la niña que fui, se agachara a desprender cuanta flor quería. Siempre tuve a mano los romerillos.

Cuando tuve que vivir lejos de todas las flores conocidas, perdí de vista las flores silvestres, también dejé atrás -creí que para siempre- los romerillos. En verdad solo pregunté par de veces por ellos, porque andar anunciando que una hacía ramos de flores silvestres no es la declaración más sensata en estos tiempos modernos.

Hace unos meses volví a desandar otros caminos, maleta a cuestas, y llegué a vivir más cerca de las flores conocidas. A una sola persona -la que me recibió con un ramo desde el primer día- confesé cuánto me gustan.

Varias tardes después, ante mis lágrimas y mi confusión, él vino a traerme sus manos. Sus manos con unos cuantos romerillos, mientras se escondía el sol y se nos venía una mudanza encima. Desde ese atardecer yo supe que serían las manos, las suyas, toda mi tranquilidad. Con o sin flores, porque ya no necesito contemplar sobre la mesa la textura de los pétalos, o pedir que sean blancas para dibujarme olas de mar. Hay muchas cosas que ya no necesito…Mi mar queda cerca cuando él está. Aunque él no sabe…

…no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme
.

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pintura de Víctor Manuel García (Cuba, 1897-1969)

48 minutos estuvimos hablando vía telefónica. A mí, que no me gusta quedar mucho rato pegada a esos aparatos, y sin embargo, fue una conversación tan amena que la sentí frente a frente, como si estuviéramos en un café, en un parque, u otra vez en la sala de su casa.

Hace tanto que dejamos de vernos que 48 minutos resultan pocos. Estamos en contacto, eso sí, por todas las vías digitales existentes. Yo necesitaba hablarle largo así, hondo así, con ese desgarro de sinceridad que tenemos desde niñas. Sí, desde que jugábamos juntas, desde que nos gritábamos de balcón a balcón para citarnos a conversar…y ya la mayoría de los vecinos sabían. Sabían que la lengua nos iba a doler de tanta “cháchara”, de tanto arreglar el mundo con palabras, de tantos temas acumulados. Los vecinos sabían, claro, que ella y yo podíamos ser diametralmente diferentes en nuestros gustos, pero que no había mejor amiga para mí, y que cuando nos reuníamos, desaparecía el silencio.

Hablamos. 48 minutos. El reencuentro queda cerca. Me dice de irnos a caminar, de las cervezas que beberemos en reunión familiar, de comidas, calles y plazas. El abrazo está en una vuelta de avión.

Terminamos de conversar y el mundo deja de estar quebrado, al menos por hoy. Lo que estaba roto ha vuelto a unirse.

“Sabía que lo que necesitaba con urgencia era conversar contigo –le digo. Me haces reír, me sueltas ráfagas de cubanismos, y me parece que estamos otra vez en el edificio, de balcón a balcón, cuando nuestras mayores preocupaciones eran jugar con fango, pelearnos por la raspa de harina, o ensayar caras de inocencia cuando tía nos preguntaba cuál de las dos había cortado su sábana a tijeretazos”.

Sí. 48 minutos.

Hace meses, tras otra despedida, escribí: “Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país”. Entonces y ahora quedaba la certeza de que “Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar”.

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niñosAhí, donde una vez jugué con mi hermano y mi primo. Ahí quiero volver. No al mismo lugar, sino al mismo tiempo. A aquel sin preocupaciones, en el que salíamos a recolectar hojas de distintos árboles –cual aborígenes- y decíamos que era la comida, en nuestro ficticio juego a las casitas. Y nos deslumbraban las luces de los cocuyos en las noches de apagones. Y asaltábamos a los mayores con un saco de por qué.

A ese tiempo, cuando los mayores no nos decían cómo buscaban la comida de verdad, sin arrancar hojitas de árboles, como nosotros. A aquel cuando nos reuníamos alrededor de la única vela o de la lámpara de keroseno, para conversar. Conversar. Y ningún adulto se desesperaba por tener que responder tantas dudas infantiles.

Entonces vivíamos, sin saberlo, como en aquella última oración de Hemingway en París era una fiesta: “cuando éramos muy pobres y muy felices”.

“Ahora ni mi hermano, ni mi primo, ni yo, vivimos en el mismo lugar. Ahora nos preocupamos por la comida de a de veras, y no nos detenemos mucho a mirar cocuyos, y no nos reunimos a conversar al amparo de una vela o de una lámpara de keroseno. Y –hasta diría- nos desesperan un poco las preguntas insistentes de los niños”. Al menos eso creía…

Pero de repente nos vemos. Juntos. Y nos reímos a carcajadas como antes, cuando no nos preocupaba nada. Y corremos por toda la casa porque uno de los tres ha encontrado un cocuyo. Un cocuyo. Y vamos felices con nuestro botín a mostrarlo a los otros antes de liberarlo bajo los mismos argumentos de antes: “es que seguro se perdió y su familia está desesperada buscándolo…Debe irse”.

También nosotros debemos irnos. Pero volvemos a conversar y desatamos nuestras añoranzas, y nos abrazamos, y parece que el tiempo se detuvo y de pronto estamos ahí, donde una vez jugamos mi hermano, mi primo y yo.

Estamos, aunque hayamos dejado la piel en muchos lugares. Aunque las nostalgias nos jueguen la mala pasada de hacernos llover por dentro. Estamos porque –como decía Chavela Vargas– “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

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regalo de navidadLa navidad en que su hija tenía cuatro años, él decidió que no iba a ser otra de las tantas niñas engañadas con la ilusión de Santa Claus.

A fin de cuentas él, científico, investigador, no estaba de acuerdo en seguir mintiendo acerca de seres irreales. Su hija debía saber de una buena vez y por todas que los regalos no los traía ningún señor panzón vestido de rojo, con barba blanca, y un trineo repleto de juguetes.

Así se lo explicó. Paso a paso le descubrió esa realidad que le ocultó por cuatro años.

Le contó que no existe Santa Claus. Que no hay ningún señor con saco al hombro que reparta muñecas o golosinas.

La niña lo escuchó pacientemente. Y hasta simuló estar de acuerdo.

Cuando él pensaba que había concluido triunfante su revelación, la pequeña lo miró sin asumo de desconcierto, y le dijo:

— Ah, está bien, ¿y qué me va a traer Santa Claus este año?

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Léeme

mario-benedetti-leeLee. Léeme. Léeme algo. Así, con semejante insistencia pido una y otra vez a algunos de mis amigos que escriben. Lee. Lo pronuncio con impertinencia casi, y al borde del desespero de la otra persona. Léeme. Y a veces, solo a veces, lo aderezo con un: por favor. Lee. Y la voz me sale más como súplica que como imperativo. Léeme. Nadie, hasta el momento absolutamente nadie ha descubierto que mi insistencia porque me lean tiene una razón muy simple. De niña nadie me leyó. Tuve que esperar a aprender las letras para yo misma sumergirme en los libros. Ahora que no soy niña, el rezago por esa vieja carencia se ha vuelto una constante. Lee. Léeme… Así he logrado que poemas, cuentos, artículos, crónicas, salgan del silencio. Y que palabras que he visto sobre el papel, tengan un sonido al fin. Un sonido que aprendo, hago mío. Y que obtengo tras esa obstinada petición. Lee. Léeme.

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miedo a la oscuridadDicen que mis desvelos comenzaron desde temprana edad. Cuando todas las luces de la casa se apagaban, yo empezaba a llorar.

El pediatra dijo a mis padres que yo padecía de “miedo nocturno”, literalmente temor a la oscuridad. Término este que -ante la fuerza de mis lamentos- mi familia modificó a terror, pánico nocturno.

No hubo otro tratamiento que dejar alguna lámpara encendida. Tal vez si me hubieran leído alguna historia antes de ponerme en la cuna…

Me dicen, además, que cada madrugada, cuando todo parecía tranquilo, si alguien despertaba a tomar agua o ir al baño, y yo lo escuchaba, comenzaba a gritar alto, muy alto: “Mamá, no te vayes…” “Mamá, no te vayes…”

Una y otra vez gritaba. Repetidamente. Parada en la cuna, y alcanzando malamente a sostenerme de la baranda, con mi escaso tamañito.

Quizás al miedo a la oscuridad se le sumaba el temor al desamparo. A que mi madre se fuera a atrabajar y no regresara. Eso pienso ahora. En ese entonces yo solo sabía que mi mamá se iba, y yo no volvía a verla hasta la tarde. Hasta la tarde yo no volvía a ser feliz.

¿Desamparo? ¿Soledad?

Una aparente soledad que insisto en reclamar en estos tiempos. Aparente –digo- pues sé que al amanecer mi familia estará ahí, al alcance de un abrazo. Sin que yo tenga que despertar otra vez gritando: “Mamá, no te vayes…”

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LíaA la niña le gusta el platanito –me confiesa su papá- aunque para pedirlo, lo que dice es “piato”.

No me extraña, si al perro de mi hermano en vez de “Choco” lo nombró “Có- coooo” y así el pobre animal varió –además del nombre- el sabor.

La niña tiene un año y 9 meses. No la veo desde hace 162 días. En todo este tiempo seguramente ya se olvidó del perro de mi hermano (aunque el animalito sigue respondiendo cada vez que le decimos “Có- cooooo” como ella quiso).

Yo extraño su voz, sus abrazos, sus ojos, su sonrisa.

Alargo mis brazos, pero no alcanzo a tocarla. Veo platanitos de fruta y la pienso. Y la añoro más con cada plátano que tengo delante. La pienso entonando su vocecita para confundir otra vez los nombres. Ahora sé que a la niña –mi niña- le gusta el “piato”.

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