Polaris

Estoy mirando el cielo. Son las 11 de la noche y estoy mirando el cielo. Las estrellas tratan de camuflarse con las luces de la ciudad, pero las sigo con la mirada para que no escapen, y las señalo y las atrapo con los dedos, como un niño que logra retener su botín. Un botín efímero que me regalo a mí misma. Las estrellas, como las nubes, invocan figuras que armo, uniendo punto a punto. Un ramito de nomeolvides, una bolsita de lavanda, una copa de vino tinto, un rostro conocido. Una osa menor. Y detengo el recorrido. Mirar al cielo es deshacer los techos sobre la cabeza. Entonces todo es posible. El escritor estadounidense Henry van Dyke escribió: “Alégrate de la vida porque ella te da la oportunidad de amar, de trabajar, de jugar y de mirar a las estrellas.” Y Séneca, el gran Séneca: “Desde todas partes hay la misma distancia a las estrellas”. Alguien más las estará mirando ahora mismo, pienso. Yo me quedo mirándolas. Escojo, entre todas las constelaciones, la Osa Menor. En ella empieza y termina todo. A ella miran todos los marineros del mundo. Señala el rumbo. Yo la miro. El mar se une en ese lazo sublime que termina en la estrella guía, la que marca el norte. Polar, se llama. Estrella Polar. La miro otra vez, claro. Apenas son las 11 de la noche y estoy mirando el cielo.

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contrastes

Cubrió su cuerpo con el mismo vestido negro que se había puesto, por última vez, hacía tres años. Salió a la calle, y la noche se confundió con su vestido.

Ahora la noche le tenía celos: por primera vez la veían a ella, más que a la oscuridad del cielo.