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Posts Tagged ‘palabras’

Agua. Con agua te tragas, como píldoras, las palabras que quedaron hoy en la garganta. Las no dichas, las que no llegaron a fecundar el aire, las que no alcanzaron sonidos.

Esas que caducan al día, las que alguien quiso posponer para mañana, pero sabes que cuando traes palabras en la garganta: o las pronuncias o te ahogas. Hoy, hoy querías ese desahogo emocional, deshacerte de todas esas palabras. Escucharte, y que las escucharan. Mañana –bien dicen los que sí hablan- seré otro día. Otro día en que te reinventas y ya las palabras serán otras porque las de hoy, claro, las habrás tragado, una a una.

Querías hablar, sí, seguro querías hablar. Sin embargo, te quedaste sin interlocutor. Mañana… Pero sabes que ya no las vas a pronunciar. Tampoco te vas a ahogar. No las dirás mañana, a fin de cuentas esas palabras iban a contar historias que son solo tuyas y solo son importantes para ti. No las escuches en la soledad de tus paredes. Trágalas con agua. Una a una. Con agua…

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René Portocarrero. “Interior del Cerro”, 1943. Óleo sobre madera

                  No escriba. No exista. No piense./ Ame usted si lo desea, ¿a quién le importa nada?/ No es a usted a quien aman, compréndalo, renuncie gentilmente./ Piense en las estrellas e invéntese algunas constelaciones./ Hable de todo cuanto quiera pero no diga su nombre verdadero./ No se palpe usted el fantasma que lleva debajo de la piel.

                 Gastón Baquero

 

 

Despertaron entre las murallas de la habitación sombría. Vieron a los lados sin ver más que piedras que formaban gruesas paredes por donde solo entraba un poco de luz, un poco de oxígeno, suficiente para vivir un día más. Afuera se elevaban muros más altos, más gruesos, más grises, que le impedían escapar. Sin embargo, cada día se reunían a hacer mapas de extramuros, a dibujar la ciudad que una vez conocieron. El verdugo anotó en su bitácora que aquel par se comportaba como adolescentes.

 

“Pero donde hay adolescentes tiene que haber verdugos.
Y ahora es el filo de la soledad
el que va cercenándonos por dentro,
porque la vida no va a empezar otra vez
aunque yo sea el primero en quitarme la capucha
esta primera tarde en que un verdugo
ha estado a punto de gritar: ¡TE AMO!” (1)

 

Letra a letra lo escribió en aquella hoja gris, la única que tenía a mano. Y disintió de bajar la guillotina. A fin de cuentas, aunque el tal Bonaparte le anunciara que en una fortaleza sitiada toda disidencia es traición, él, el único verdugo de la ciudad, también estaba cansado de las murallas, de las piedras que formaban gruesas paredes por donde solo entraba un poco de luz, un poco de oxígeno, suficiente para vivir un día más…

 

(1) Yamil Díaz Gómez. Madrigal del verdugo. https://www.youtube.com/watch?v=-180nAlEi3I

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estocada

La hirió con las mismas armas con que la había salvado meses antes: con palabras.

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El mar se deshizo bajo sus pies. Desde entonces solo queda la lluvia.

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Foto: Mary Ortiz, la amiga que me salvó el día

A Mary Ortíz, por la foto y recordarme el poema de la Dulce

 

 

Criatura de isla, como me describió la Dulce María Loynaz. Criatura salvaje que se refugia, de tanto en tanto, en algún pedazo de mar, que necesita el mar aunque sea dibujado en un papel. El mar…

 

“Rodeada de mar por todas partes,

soy isla asida al tallo de los vientos…

Nadie escucha mi voz, si rezo o grito:

Puedo volar o hundirme… Puedo, a veces,

morder mi cola en signo de Infinito.”

 

En frágiles versos la voz de la poeta (que renegaba de la palabra poetisa), se alza en las olas. Se pierde, naufraga, y siento que me encuentra y me renace. Necesito estas distancias y aquellos mares.

 

“Soy tierra desgajándome… Hay momentos

en que él me ciega y me acobarda,

en que el agua es la muerte donde floto…

Pero abierta a mareas y a ciclones,

hinco en el mar raíz roto.”

 

Allí, donde la mujer innombrable huye como una gaviota…Ahí no queda siquiera mi retrato. Yo quedo lejos, pero siempre, siempre, respiraré cerca del mar.

 

“Crezco del mar y muero de él… Me alzo

¡para volverme en nudos desatados…!

¡Me come un mar batido por las alas

de arcángeles sin cielo, naufragados!”

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“…al andar se hace el camino y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

Antonio Machado

 

-Nunca pensé que diría esto, pero: me duele leerte. ¿Entonces te perdí?

-¿Cuándo me tuviste?

 

Me ha dolido la garganta –más que por la faringitis- por repetir que no debemos quedarnos con palabras atoradas. Es un consejo que repito a los que me son cercanos, y lo ilustro con una imagen muy peculiar: si no hablamos, la otra persona no puede adivinar qué hay ahí dentro de la cabeza, créanme, no sucede como en las caricaturas, y cómics, que un globo se dibuja sobre nuestras cabezas como nube, con las letras precisas. No, eso no ocurre.

Como buen cronopio, además, no me doy por aludida si no me pronuncian, palabra a palabra, lo que piensan de mí, lo que quieren de mí (o conmigo). Aun así el riesgo de mis negativas, de mis miradas hoscas, permanecerá. Pero me desconcierta más ese decir a medias, o no decir, el creer que estaré ahí, inmóvil, para cuando se decidan a hablar.

Érase una vez…después de mucho tiempo de conocernos, un él que me dice que me quiere, que no imaginó que alguna vez yo fuera a ser novia. Novia –y me lo repite como si me escupiera un reproche, más bien lastimero.

Érase esta vez… después de mucho tiempo de conocernos, corto sus lazos y puentes, le niego mi voz y mis letras. Le digo de respetos y distancias. A fin de cuentas yo ni sabía que me tenía metida en su cabeza. Después de tantos años de navegar sola, hoy encallo en puerto seguro, o que creo seguro, o que al menos me da seguridad. Después de tantos años llego a ÉL, y le pregunto dónde estaba (como si lo hubiese buscado con brújula y mapas). A ÉL, que me dice, palabra a palabra, que me quiere. Y lo miro como quien descubre un planeta, porque no conozco otro él que ÉL.

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ocaso

La última vez que intentó perderse en sus ojos, ya no había espacio. Estaban llenos de atardeceres.

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