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Posts Tagged ‘palabras’

Yo, la más estresada del día, con déficit de cafeína y envuelta en libros… Yo, la que pongo bandera a media asta por una cafetera rota, y me precio de conversar largo y abrazar hondo, he tropezado hoy con mis palabras. Y huí. Y divagué por cinco minutos cuando tuve delante de mí este adorno de flores. El regalo que salvó mi día. Huí como en esa canción de Sabina: “…dijo Hola y Adios”. Huí, y solo en la puerta me detuve a mirar hacia atrás, porque con esa prisa tan absurda, me alcanzó la sensación de habérmelas robado.

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quc3a9-es-periodismo-narrativoI close my eyes
Only for a moment
And the moment’s gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind

Kansas

 

 

Había una vez…

Pero no, esta historia no empieza así. No existió un “Había una vez…” Las historias así requieren tiempo, mucho tiempo, y ellos solo tuvieron los días justos para describirse a medias, conocerse a medias, y lanzarse, también a medias, a un intercambio breve, brevísimo, de palabras.

Existieron letras que iban y venían de un continente a otro, de un país a otro, de una persona a otra. Luego fueron imágenes. Mezcla de palabras, fotografías que se complementaban, y los complementaban.

Es posible, claro que es posible, querer saber de alguien que apenas conoces. Y pedirle fotos de lo que ve, e intentar ver a través de sus ojos. Y querer un dibujo del atardecer, un dibujo con palabras.

No. No existió un “Había una vez…” porque las historias así requieren tiempo, y ellos en definitiva no se verán ni conversarán. Solo pretendieron construir un espacio digital y entrañable donde contarse sus historias con letras e imágenes.

Y así fueron quedándose… Y así fueron yéndose.

En definitiva los puentes digitales suelen ser efímeros, como el polvo en el viento…

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meteoritoElla le propone crear algo juntos. Él le da a ella luz verde para escribir a partir de la imagen que quiera.

Lo vio como quien mira un meteorito. Con la misma sensación de hallazgo, y con el mismo ensimismamiento de quien se queda mirando la gran roca que cuando impacte, te destruirá. Puede destruirte, pero aún así te deslumbra, y no cambias la vista. Hasta que impacta y ya no hay remedio.

Ella teme desbordarse demasiado, por eso se aguanta las ganas de irse, casi en trozos, en los textos. De irse en pedacitos, y volver más en pedacitos todavía. Cree tener el miedo que nunca antes ha sentido. Quiere escribir sobre sus manos –las de él- pero se resigna a que no. Si no podrás rozarlas, si ya se va con otras manos, para qué dibujar esas, precisamente esas.

Y se detiene. Escoge fotos de paisajes, de atardeceres, de caminos… pero se queda abstraída de toda realidad, viendo otras. Y no se atreve. Tampoco sabe de medirse mucho: cuando quiere decir algo, lo dice; cuando quiere hacer algo, lo hace. Esta vez, por esta única vez, no debe.

— ¿Seguro puedo escoger cualquier foto? No me des tantas libertades.

— Te doy mis fotos. Incondicionalmente.

— Mejor me autocensuro.

— No. No te autocensures, por favor. ¿Viste el álbum que te he compartido?

— Sí. Lo estoy viendo.

— Pero tengo que pedirte un favor.

— Dime.

— No te autocensures. Es un favor que te pido. O al menos no conmigo.

Y… ¿Cómo decirle lo que no le dirá nunca? ¿Cómo explicarle, sin tantos acertijos, que borra más de la mitad de lo que escribe? Que se edita a sí misma y se lo piensa una y mil veces antes de publicar.

No. Mejor que él no sepa, que él nunca sepa que por sus palabras ella anda, desde hace días, con dos poemas de Benedetti, uno de Borges, y tres de Carilda Oliver Labra en la mente.

Mejor autocensurarse, claro, y hacer silencio. Y seguir con sus métodos sutiles –al menos ella cree que lo son- de preguntarle cómo está, qué tal su día, y si ya ha visto el atardecer. Así ni él ni nadie descubrirá, jamás, que ella necesita saber de él, que se quedó viéndolo como a un meteorito, aunque esa gran roca impacte y la destruya.

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mi-reloj“La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar”.

Silvio Rodríguez

 

 

Él le dijo TE QUIERO de veinte formas posibles. Con sustantivos, con adjetivos, con verbos, con flores, con caricias, con canciones mientras hacían el amor, con comidas, con películas, con versos, con párrafos enteros, con gestos, con una llave de casa…

Le escribió un cuento que leyó para ella. Todos sabían que era para ella. Hasta ella lo sabía.

Él estaba enamorándose de ella, y se lo dijo, y lo hizo visible a plena luz del sol y a plena luz de luna.

— ¡Qué fotos me estoy perdiendo! – pensó mientras se la aprendía con los ojos. Como suele suceder en los museos, sin tocar cámaras ni objetos con las manos. Él solo la contemplaba, desnuda, como si fuera una escultura de un museo.

Y luego la agarraba con ambas manos, como figura pagana, para que el TE QUIERO lo escuchara solo ella, en un susurro.

Le regaló los acordes de una guitarra, el silencio de una calle de madrugada, el rocío sobre el pasto al amanecer, el atardecer a orillas del mar… Y le habló de tiempo, de mucho más tiempo juntos.

Ella, quizás espantada por las palabras que se hacían mayúsculas, o por inseguridades muy suyas, desapareció. Él no volvió a verla para un último TE QUIERO. No supo dónde, cuándo, la volvería a ver (si es que alguna vez la volvería a ver). Se quedó atorado entre el hoy y el lejano mañana, a solas con sus manos y con las letras que iba uniendo para aprender a pronunciar otras palabras.

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mujerPasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar,
fingiré una sonrisa como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.

José Ángel Buesa

 

Y mientras otra copa de vino se diluye dentro de mí, mientras otra vez escribo, edito y al final publico algo de dos. Mientras…

Quisiera diluir tu recuerdo con el vino. Que te fueras con el vino, desde mis labios hasta mi interior. Tragarte con vino. Quererte con vino. Olvidarte con vino.

Mas, no te nombro. No te acaricio. No te beso.

Y te vas diluyendo, al fin, poco a poco, sin saber que alguna vez estuviste en mi boca, en mis manos, en mi piel…

Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.

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amoriosPorque te extraño, y te extraño más de lo que confieso. Para ser sincera, aun no lo confieso, no te lo digo a ti, pero te extraño. Eso, regodéate, imagina que lo pronuncio: te extraño.

Imagínalo, pues por ahora mi voz no está. Tampoco yo. Yo no estoy para decirte muchas palabras. Decirte, por ejemplo, que te quiero. Pero eso ya lo sabes. Te quiero.

Imagíname. Ahora solo me tienes en fotografías, en trozos de letras que te escribo alguna que otra vez. Imagíname frente a la taza de café, conversando café mediante, mientras planeamos alguna travesura.

¿Sabes? He soñado que hablamos mucho, mucho. Y luego despierto y no estás. Y me queda una tristeza honda, pero no te preocupes, que se desvanece durante el día. No te preocupes, porque yo no quiero que te preocupes por mí. No quiero que te desveles por mí. No quiero que llores por mí. No quiero que sufras mi ausencia.

Yo te extraño –aunque no te lo diré. Yo te quiero –eso lo diré ahora y mientras viva. Yo siempre volveré a ti. Tú eres mi hombre más trascendente y mi lealtad más segura. Feliz primer diciembre sin mí, papá.

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labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

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