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Posts Tagged ‘pensamientos’

Te vi. Y lo declara casi con un vestido y un amor, como con Fito Páez: “yo no buscaba a nadie, y te vi”.

¿Dónde?

En mis sueños, anoche. Y en mis pensamientos, hoy. Te vi.

Y le recuerda los versos que moldeó Galeano, cuando trataba de espantarse un recuerdo enraizado: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”

Te vi. Estabas tú, una copa de vino tinto. Y un concierto. Ahora solo consigo pensar en ese sueño delirante, en esa canción, en la copa de vino, y en ti. Abro los ojos y está todo tal cual, menos tú.

Anoche bebí varias copas de vino. Y la música jugó con mi soledad. Debe ser por eso que te apareciste tú…

“Y cuando por la calle pasa la vida como un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo. Y grita: Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí.”

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alive

sangreSabe que vive porque la sangre le recorre caliente. Sabe que se desmorona porque la sangre fluye lento. Vive y se desmorona constantemente.

Un ancla. Hace años, cuando sintió que los destrozos le ganaban, le prestaron un ancla para que se sujetara bien a la tierra. “Porque andas por las nubes, con la cabeza en algún lugar lejano a tu cuerpo”.

Sabe que las palabras le salvan cualquier abismo. Y los silencios. Así tan contradictorio: palabras y silencios. Y de los dos tiene. Y sangre a veces caliente, a veces lenta, lentísima… Y ningún ancla.

But, she is alive

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Lodazal

dreamerTodo lo siente pantanoso allá, donde antes estuvieron sus pies. Parece que se hundiera el suelo, pero no. No es el suelo precisamente lo que se hunde. Se hunden muchos pies, muchas manos, muchas bocas. Pero no el suelo. Todo se siente quebradizo allá, donde antes estuvieron sus ojos. Parece que se estremecen las paredes, pero no. No son las paredes precisamente las que se estremecen. Se estremecen los techos, las palabras, la piel. Pero no las paredes. Allá, donde antes estuvieron sus pies y sus ojos.

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chuva_1De vez en cuando vuelven a aflorar las traiciones, las miradas de reojo, el puñal que a veces se cansa de colgar y cae…

“De todo queda alguna experiencia”, me dice mi abuela. Pues sí, experiencias, desilusiones … “Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar/ pasar haciendo caminos/ caminos sobre la mar…”, escribió Antonio Machado desde su inmortalidad.

También había leído a Shakespeare, y anotado este fragmento de Hamlet en una libreta, pero hasta ahora no lo releo, y el hallarlo justo ahora viene a ser una suerte de vaticinio, como un “te lo dije”. ¿Demasiado confiada? ¿Ingenua?

En Hamlet, Polonio dice a Laertes: “Une a tu alma con vínculos de acero aquellos amigos que adoptaste después de examinada su conducta; pero no acaricies con mano pródiga a los que acaban de salir del cascarón y aún están sin plumas. (…) Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo, pues de ello se sigue, como el día a la noche, que no podrás ser falso con nadie”.

En mis relecturas encontré, además, correos de varios amigos a los que continúo aferrándome, aun cuando el tiempo y las distancias me impidan abrazarlos más seguido…

Les pido permiso, y perdón por hacer público estos fragmentos de sus cartas, pero necesito decirlo en voz alta, para aprendérmelo:

“A veces, confiando en quien creemos infaliblemente amigo, nos llega la decepción. ¿Qué pasó? ¿Erramos al confiar? ¿Es que no existen los abrazos perpetuos?” De eso tuvimos tiempo de hablar después, entre un Muelle Real y los parques que fueron.

Una muchacha muy especial, de las que la vida te pone de frente para que sea tu hermana, me indicó una vez: “Tú tranquila, que el tiempo dirá siempre la última palabra y más tarde o más temprano uno siempre termina dándose cuenta de lo que vale la pena y lo que no. (…) mi círculo de amigos, esos especiales, imprescindibles, reales… amigos amigos a todas todas, no es muy amplio… prefiero un amigo de verdad y no 20 medio falsos o enmascarados…”.

Y más recientemente, un amigo quijotesco, conociendo todo esto: “No estés triste por la inconsecuencia humana: te lo prohíbo”.

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LeydiNo soy perfecta, ni quiero serlo. Me equivoco y aprendo de los días malos. Ando medio despistada, abordo ómnibus hacia rutas que no son las mías, persigo personas porque tienen cierto parecido con algún amigo. Digo frases incoherentes cuando tengo mucho sueño, y hasta podría describir una palabra a fin de que alguien la pronuncie por mí, porque se me ha olvidado.

Anoto todas las pifias, incluso las mías, y me río de ellas. He viajado kilómetros por conocer a alguien, o por besar a alguien aunque luego no resulte Principito alguno. Pero al menos me arriesgo.

Me fugo de reuniones que han anunciado como importantes porque algún amigo me quiere ver. Me aburren las clases, todas, incluso las que he tenido que impartir. Pospongo mi horario de dormir por cualquier cosa. Abrazo perdidamente a las personas que quiero, esa es mi huella.

Me gusta del Periodismo hasta la palabra, aunque no me ciegue la pasión. Desconfío de quienes sí pueden hacer algo para que el Periodismo mejore y solo se limitan a criticar a los periodistas. Me desvela la hoja en blanco, ya acompañada de un lapicero o de un teclado.

Me entristece la traición porque deriva de la mentira. No soporto que me sonrían y elogien mientras inventan obstáculos para hacerme caer.

He escrito de mí hasta el cansancio porque, como decía Frida Khalo cuando le preguntaban por qué se dibujaba a sí misma, “soy lo que mejor conozco”.

Un día alguien, apenas conocerme, me preguntó si yo no temía dar una imagen ideal de lo que soy, si en lo que escribo voy yo o quien quisiera ser.

No quiero parecer mejor, le dije. De otra manera no publicaría mis faltas, mis despistes, las situaciones en que he quedado en ridículo. No diría, por ejemplo, que crecí creyendo que las semillas que me tragaba me saldrían por el ombligo, o de las penas que le hecho pasar a mi primo, que son antológicas. Ni contaría mis desastres en la cocina, o que mi madre creía tener par de hijos bobos porque mi hermano y yo nos perseguíamos por toda la casa como “conejo-lobo, lobo-conejo”.

Estoy, pues, lejos de construirme un pedestal. Pero sí me quiero, y por tanto me defiendo. Puedo quedar triste porque alguien que hasta hace días consideraba cercana me sonría cuando me ve y me maldiga cuando no estoy; o porque quien alguna vez quise se arme del propósito de lastimarme. Entonces me alejo, porque a fuerza de tropiezos aprendo que la hipocresía existe. La traición también. Y yo a veces tengo mala intuición y cuento de más a los amigos que sí son. Al fin y al cabo no soy perfecta, me equivoco.

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Anclada

anclaElla dice que yo ando por las nubes, que tengo la cabeza en algún lugar lejano a mi cuerpo.

Teme que yo cruce calles, puentes, salte y corra con un cuerpo sin cabeza. Ella no puede ir conmigo a cruzar las calles, los puentes, a saltar o correr porque nos separan más de 300 kilómetros. Me regala, pues, un libro de poesías en un intento –escribe- de alegrarme el alma. Y señala con lapicero una que “parece hecha especialmente para ti”: “No hay que lanzarse contra el muro/ más bien caminar a su lado/ susurrarle presuntos secretos/ no hay que lanzarse/ solo romper la botella.

Y me presta un ancla de plomo.

Ese, me dice, es su amuleto. Se lo dieron una vez, cuando ella tenía la cabeza muy agobiada, tanto que pensaba le iba a estallar. A mí no me estalla, no tengo ningún cartucho de C-4 dentro, pero la mía vuela y se queda flotando en algún pensamiento disperso también a más de 300 kms. Entonces ella me extiende su ancla de plomo y me la presta para –dice- yo pueda anclarme a la tierra.

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