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Posts Tagged ‘pensar’

Querido G.O.: Nos mandan a decir, los del Ministerio de la Verdad, que debemos bajar la cabeza, como Winston, y envolvernos en la grisura del día a día, dejar de sonreír y no pensar –porque ya sabes lo que nos decían: nosotros no estamos aquí para pensar. Ellos quieren que nosotros ni siquiera estemos aquí, que nos vayamos a reescribir la historia en otra parte, pero sin olvidar –porque no nos dejarán olvidar- que ellos se quedan con nuestras familias. El Ingsoc está dejando carteles rojos por todas partes: “El Gran Hermano te vigila”. ¿No te parece demasiada amenaza que sean carteles rojos? A mí me gusta el color rojo, pero no los del Ingsoc, por eso les he enviado una foto mía de recuerdo, donde les muestro las dos cosas que ellos quisieran cortarme: la lengua, y el dedo del medio. Un abrazo en cada uno de tus huesos no apaleados.

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goya-el_aquelarre

Cuando anunciaron la cacería de brujas, ella abandonó el feudo. Nunca había estado en un aquelarre, pero Tomás de Torquemada propuso la denuncia entre los pobladores. Los libros ardían en piras. El sambenito se impuso en los callejones. A puertas cerradas se realizaban más torturas de las que Goya era capaz de esbozar. El silencio era privado y las delaciones públicas. Ella abandonó el feudo. Si la acusaban de bruja, su piel se desvanecería en la hoguera.

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pajaritoLa última vez que vi a Raúl Lombana, mi maestro de Historia Universal y mi amigo, corrí a abrazarlo.

Teníamos muchos meses sin vernos, una montaña de conversaciones pendientes, y para ese entonces mediaban los rezagos de dos botellas que lancé al mar por –y para- él.

“¿No tienes un mínimo de consideración con un profesor de Historia que está sentado en una oficina redactando un informe de 20 páginas un miércoles a las 8 am?” No, no lo tuve. Sin miramientos le avisé que había acabado de rasgar algunas letras, que debía asomarse a esta página.

Lo estremecí, dice. Aunque no entiendo bien por qué el estremecimiento lo llevó a desarrollar intenciones criminales, y luego de relatar lo perturbado que estaba, me advirtió: “Si alguien entra a esta oficina ahora y me ve así, ¡te juro que te mato!”

Tampoco entendí cómo yo, en franco desafío a la muerte, fui capaz de escribir esto meses después:

“Deduzco, además, que puedo chantajearlo con la sola idea de tejer palabras por él y publicarlas aquí. Le escribo un correo, un mensaje, y lo llamo por teléfono. En esa trilogía le hago saber que si sospecho que se está olvidando de su Santa y Clara ciudad, y de la amiga de las botellas, le lanzaré una que le estremezca las entrañas”.

Pero la última vez que vi a Raúl Lombana, mi maestro de Historia Universal y mi amigo, corrí a abrazarlo. Lo abracé, obviando olímpicamente el “¡te voy a matar!” o los 30 metros de seguridad que dije pondría entre ambos.

Un periodista amigo escribió una vez que el alumno no escoge a su profesor, se lo imponen. Un discípulo sí elige a su maestro, para honra de este. Yo supongo, pues, que una puede temerle a las advertencias de algún profesor. A los maestros, en cambio, los llegamos a querer, respetar y conocer tanto que hasta damos por seguro esto: les podemos conmover hasta la raíz, que no nos van a matar sino con un abrazo.

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Leonardo da Vinci - Uomo vetruvianoPara Raúl Lombana

El mejor profesor que tuvimos en mi grupo en tiempos universitarios tenía tres temores que confesó para nosotros: a las ranas, a la electricidad, y a los truenos.

A las ranas por frías. A la electricidad por impredecible. A los truenos por hijos de puta. Eso lo supimos casi al finalizar el curso. Y lo supimos porque lo creíamos tan inmenso que debimos encontrar sus miedos para saber que aquel hombre en verdad era de carne y hueso, y que era posible ser joven, talentoso (apenas poco más de 30), haber leído tanto, y dejar a una partida de universitarios boquiabiertos y casi sin respirar en cada una de sus conferencias.

Aprendimos a quererlo y a respetar su grado de Doctor porque comprobamos que no era un simple papel colgado en la sala de su casa. De verdad conocía cada palabra que pronunciaba en clases.

Pero lo de quererlo vino después, con el tiempo. Al principio, y en honor a la verdad, le temíamos más que él a las ranas, a la electricidad y a los truenos juntos. Lo veíamos y los nervios se crispaban, él preguntaba algo y nosotros parecíamos mudos. ¿Estudiantes de Periodismo mudos?

Para cada seminario nos tuvimos que leer más de tres libros, porque no aceptaba que estuviéramos mal preparados. Él fue para nosotros –y no Varela- quien nos enseñó a pensar. Y quien inmortalizó una frase de Napoleón que luego nosotros escribíamos invariablemente en la pizarra cuando tomábamos una decisión que exigía unidad como grupo: “En una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición”.

En el seminario final indagó, uno a uno de los más de 20 que éramos, cuál creíamos la causa principal del derrumbe de la URSS. Escuchó todas las “piedras” que tiramos, las acertadas y las que se iban de “foul a la malla”. Otra vez nos preguntó si creíamos que Napoleón era revolucionario. Y por qué había comenzado la guerra en Oriente Medio. Nunca nos pidió –mi permitió- repetir como loros las citas de los libros de Historia Universal. Debíamos pensar por nosotros, analizar, y darle una repuesta basada en lo que de verdad creíamos.

Cuando culminamos sus clases buscábamos alguna excusa para interceptarlo en el pasillo –sin hacer comentarios de pasillo, porque esos él los detesta, si fuera por él desaparecerían todos los pasillos y con ellos todos los comentarios de pasillo. Estudiábamos más para preguntarle alguna duda, con tal de oírlo.

Luego él dejó de impartir clases en la Universidad –no sin antes tutorar una docena de Tesis a estudiantes de Periodismo- (toda coartada para conversar con él resulta válida, incluso emprender investigaciones de corte histórico).

Hace unos días lo vi. Me gané de gratis estar en un tribunal de Tesis con tal de verlo. Lo felicité porque el equipo de Villa Clara –nuestro equipo- ganó el campeonato. Me dijo que casi predijo el juego, incluido el jonrón de Pestano.

Lo vi y recordé de nuevo las clases, las conversaciones, los consejos. No le dije que gracias a él comprendí que entre un amigo y la verdad debo escoger al amigo, porque en un amigo siempre está la verdad. No lo dije y no por falta de tiempo, sino porque lo vi y me quedé sin atinar a mucho más que felicitarlo y confesar que los de mi grupo recordábamos sus tres temores.

En verdad no sé si él creerá que la mayoría de los muchachos que tuvo por alumnos son medios bobos… porque ciertamente nos quedamos así hipnotizados, quedos, perdidos, cada vez que lo vemos y escuchamos a este hombre que una vez temimos y que ahora queremos.

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