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Posts Tagged ‘periodistas’

Microconto_sonhandoaderiva2Hoy es el día de la prensa cubana. Todos estos años (desde que empecé a estudiar en la universidad, luego de graduarme, y por cinco años después), siempre que despertaba a este día, me iba por toda la casa a pedir mi felicitación, como si se tratara de mi cumpleaños. Muy egoístamente.

A pedir mi felicitación como se pide un beso. A pedirlo con el mayor orgullo de sentirme parte de un gremio que consideraba mi hogar. Solo porque ya sabía juntar par de palabras con algún sentido. Muy egoístamente.

Más egoísta que Silvio Rodríguez en su Pequeña serenata diurna: “Soy feliz/
soy un hombre feliz/ y quiero que me perdonen/ en este día/ los muertos de mi felicidad.”

Hoy amanecí lejos. Lejos de la prensa cubana, lejos de todo gremio de periodistas, lejos de mi casa para recorrerla en busca de besos. Lejos. Y por primera vez no me siento desterrada, ni he querido que alguien me felicite. Muy egoístamente.

No siento que sea un día especial. No siento que coser letras me haga mejor o peor persona. Ni siquiera habría recordado el día de la prensa cubana de no ser porque un grupo de amigos acaban de fundar –como otrora Martí- una publicación: El Estornudo.

Le amanecí triste al día, y no por desarraigos o por estar lejos de casi todo lo conocido. Le amanecí triste porque en la soledad se medita mejor cuán egoísta puedo ser. Hace 14 años que murió mi tío. Y yo todo este tiempo (desde que empecé a estudiar en la universidad, luego de graduarme, y por cinco años después), siempre que despertaba a este día, me iba por toda la casa a pedir mi felicitación. Muy egoístamente.

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poemamanosRegresar a la universidad de donde me fui graduada hace cinco años, y de donde me fui luego de impartir clases por cuatro años más, me hace pensar que en verdad no regreso. Nunca me fui.

Ya cantaron antes esto que hoy hago mío: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”

Volver. Y reencontrarme con un maestro de la crónica que admiro y adoro, y escucharle decir que “La crónica es un género epiléptico”. “La crónica es el eco de las cosas en mí”, y que “El periodismo es más que palabras”.

Periodismo. Palabras. Crónicas. Remembranzas. Conmoverse.

Vuelvo a los viejos pasillos, a la biblioteca central, a esconderme en mis recuerdos –incluso los que parecían perdidos, se tornan nítidos.

Vuelvo. Y quisiera creer que dentro de unos días no me voy. Que nunca me he ido. Que nunca voy a irme del todo.

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Desde que Charly Morales supo –ya por intuición o por la confirmación del ultrasonido- que su hijo sería varón, comenzó a escribir en todos sus espacios que pronto iba a conocer a su bebo.

La primera vez que supe del niño, aún antes de nacer, ya su padre le llamaba así, por eso no me extrañó que el primer mensaje que me enviara luego de que la criatura saliera del vientre de Eliurka, fuese este: “Te debía este aviso personal aunque seguro ya lo sabes: nació mi bebo y estoy loco por él”.

Lo que sí me extrañó -y más, me estremeció- fue que tanto él como su bebo me conmovieran por partida doble.

Noviembre del 2013. El ómnibus que recorrería la ruta Habana- Cienfuegos para el Encuentro Nacional de Cronistas estaba a punto de salir cuando llegó Charly con un papel doblado en cuatro. Era un telegrama, dijo, que debería ser leído en el evento, al cual él no podría ir porque su esposa pronto daría señales de parto.

Pero lo que me extrañó –y estremeció- no fue que Charly no fuera a Cienfuegos (aunque teníamos muchas expectativas de verlo participar por primera vez). Mis alarmas se activaron justo en el momento en que, entre tantos cronistas ahí reunidos, se abrió paso hasta mí para entregarme el papel y con él la honrosa misión de leer su comunicado.

De más está decir que cuando llegó la hora de leer públicamente y con micrófono delante el mensaje de Charly, mi cuerpo tembló como si yo estuviera más próxima al salón de parto que la misma Eliurka. Solo atiné a justificarme con algún argumento impreciso. Me disculpé y alegué que no esperaba que Charly Morales me diera a mí sus letras, que él es uno de los cronistas que más admiro y disfruto leer, y tener aquel papel en las manos me sacudía más que un terremoto.

Casi al fondo del auditorio escuché la consoladora voz de la profe Miriam Rodríguez Betancourt con un: “Te entendemos, hija”.

Mayo 2014. Con un mensaje Charly anunciaba que estaban en mi ciudad, e invitaba a conocer al bebo.

Me puse el único vestido naranja que tengo, color del que según Charly es el mejor equipo del mundo, su Villa Clara. Todo para que el niño se fuera acostumbrando al colorcito, aunque sé que para descalabro del padre, el hijo gustará del azul intenso de la capital.

Me corté las uñas hasta el borde de la piel, para no rasguñarlo al cargarlo, y no utilicé perfume, por si era alérgico…

“¿Cómo se llama? Como siempre le dices bebo…” “Carlos Enrique, como yo” “¡Ya sabía yo que ibas a inaugurar una dinastía!”

Entonces, una vez más Charly y su bebo me conmovieron. La presentación, mientras lo volteaba hacia mis brazos, fue con palabras: “mira, bebo, ve con tu tía Leydi”.

Tía. Yo nunca había tenido en mis brazos a un sobrino.

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Memorias

noviembre de 2011. Con Julio García Luis, un homenaje a los mártires de la batalla de Mal Tiempo

noviembre de 2011. Con Julio García Luis, un homenaje a los mártires de la batalla de Mal Tiempo

Me llamó anoche a las 9:33 pm.

– ¿Cómo estás, te sientes bien?

-Sí, un poco de sueño y cansancio, pero bien.

-Ah, es que acabo de escuchar en la televisión que hace dos años murió Julio García Luis.

Silencio.

Ella, que ha leído todo lo que he publicado aquí sobre Julio García Luis, sabe de sobra que él es –de los periodistas que quiero y admiro- el primero en morir, y por eso duele más.

– Yo quería escribir algo para este 12 de enero –le confieso- pero en estos días no he tenido Internet ni cabeza para unir muchas palabras. Temí hacer algo deshilachado.

-¿Sabes que te quiero, y que tengo deseos de abrazarte?

Me lo dice y me parece como si ella acabara de leer el último párrafo de la crónica que escribí hace hoy exactamente dos años, cuando supe que Julio García Luis había muerto:

“Ese día, entre tanta gente, comprobé que se puede llorar mientras se entona el himno nacional, que los aplausos también sirven para decir adiós, que los hombres sí lloran, que cuando alguien bueno muere el día amanece nublado, y sobre todo, que no debemos guardar los abrazos para una próxima ocasión”.

Pero no, ella no ha releído eso. Solo que también sabe el valor de un abrazo a tiempo, de un te quiero a tiempo, de demostrar afectos sin que medien fechas ni tradiciones.

Me llamó anoche, antes de que el 12 de enero se esfumara. Quería saberme bien.

-Estoy bien –le dije- porque hace unos días le recordé la fecha a otros dos periodistas amigos y los comprometí a que cuando yo regrese a La Habana, iremos juntos al Cementerio de Colón, a la tumba de Julio García Luis. A él no lo podemos soltar de nuestra memoria.

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ZenaidaLa mujer del periodista, la que se queda en casa para que él vaya de coberturas y recorra medio país en una semana, cumplió años ayer.

Ella, que ha sido su retaguardia, su sostén, y su primera lectora durante más de 40 años, nunca ha tenido su nombre en coatoría de ningún trabajo, no recibe premios ni es llamada como jurado de concursos.

La mujer del periodista se llama Zenaida y no necesita ninguna de esas cosas para saberse imprescindible. Él la menciona en un puñado de sus crónicas, le dedica libros, le dice que la quiere. Eso basta.

Ella queda en casa; lee, cose, cocina, hace café (un café que bien merece un premio). Los amigos del periodista saben que él –como en la frase de Ortega y Gasset de “yo soy yo y mis circunstancias”- él es él y su mujer. (¿O acaso no reza otro refrán que junto a todo buen hombre hay una gran mujer?)

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Enrique Milanés es uno de los periodistas más talentosos que conozco, aunque ese talento vaya envuelto en una gran dosis de modestia, humildad y silencio.

Modestia, humildad y silencio. Tres cualidades para una. Talento.

Si no me creen, revisen su comentario en uno de mis post primeros, cuando yo me declaraba ladrona de historias, y lo mencionaba. “A mí, que casi siempre quedo insatisfecho con los míos, me vendría muy bien creerme coautor de tus post. ¡Qué maravilla esa: escribir bien sin escribir palabra!”

¿Ven? Y tan bien que se le da la crónica -él no tendría ni que madrugar para llegar al encuentro de cronistas de Cienfuegos- sin embargo, no participa todos los años. Para que descansen de él, dice, como si alguien en su sano juicio quisiera privarse de su presencia.

Siguiendo sus crónicas en su caimán sin muelas me alarmé porque a este caballero de la palabra se le había escapado, sin notas de despedidas ni rastros, su crónica azul. ¿Cómo podía ser posible?

Hace poco demostró, una vez más, ser todo un caballero. Accedió a firmar un documento legal, oficial, e irrevocable que sus tres mosqueteras: Leydi, Marian y Nyliam (L, M, N) le enviaron en sobre sellado. Le pedían, nada más y nada menos: ser su Dartagnan.

Sí, porque si ya tenía tres cualidades para una, era justo también que pudiéramos decirle: “Uno para todas y todas para uno”.

En verdad el inicio de esta complicidad surgió con un libro suyo que, luego de varios meses en mi librero, Marian quiso leer. Entonces yo, sin terminarlo, se lo presté. Luego la niña del pedacito de mar no quiso devolverlo, ni prestárselo a la muchacha de los Ojos a la N que también lo quería. Llegó un momento en que las tres nos disputábamos a un Enrique que estaba a cientos de kilómetros de distancias.

Después de varios pactos de tregua y fidelidad, L, M, N acabamos nuestra guerra y decidimos, pues, a sus espaldas –y no sobre sus espaldas porque este Enrique nuestro padece de dolores de columna- pactar lo siguiente:

-Cada vez que nos reuniéramos las tres lo llamaríamos por teléfono. Esto le ha valido unas cuantas llamadas a deshora, casi siempre pasadas las 11 de la noche.

-Hacer que el autor nos firme el libro a las tres. Tres dedicatorias diferentes. Así podemos compartir su libro de crónicas raras.

-Nombrarnos sus tres mosqueteras y pedirle –carta, dibujo, dedicatorias, firmas y libro de El cochero azul mediante- ser nuestro Dartagnan.

Ya ven, este ha sido un Enrique Milanés muy solicitado, por el cual sus tres mosqueteras casi versionan la canción de otro Milanés… pues ♫“te prefiero compartido antes que vaciar mi vida…♪

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Julio García LuisHoy hace exactamente un año y medio que murió Julio García Luis. No voy a disculparme por mencionarlo tanto en mi blog, a fin de cuentas quienes me leen entenderán. O creo entiendan cuando les digo que de los periodistas que admiro, que me son imprescindibles por talentosos, valientes, sinceros… él ha sido el primero en morir.

Se ha convertido en una especie de obsesión entonces el nombrarlo en cuanto espacio le merece, en decir su nombre delante de los que –aún después de muerto- pretenden matarlo, silenciar una vida signada por la ética y la decencia.

Conversé poco con él, de crónicas, de mi pasión por el periodismo, y me impulsó a matricular en una Maestría que luego de atrasarse dos años, comencé hace unos meses…Ni siquiera fue mi profesor en un aula. Mas, fue mi maestro. Dice bien Luis Sexto que “el alumno no escoge a su profesor, se lo imponen. Sin embargo, el discípulo sí escoge a su maestro, para orgullo de este”.

Por eso, además, siempre que puedo voy hasta el cementerio de Colón, con flores o sin flores, a quitarle las hojas secas de encima del mármol blanco que lo resguarda. A leer la tarja que le mandó a hacer la familia –ninguna de las Instituciones que él dirigió, que representó y a las que dedicó su tiempo le mandaron a hacer una lápida, y para eso no se necesitaba asaltar un Banco. Supongo que tampoco hizo ni hace falta otra dedicatoria, las palabras honestas de las personas cercanas, de los que más lo lloran, son las únicas que alivian.

Las Instituciones, sin embargo, osaron delegar en algún directivo las palabras últimas, las de despedida de duelo, y entonces algún directivo, sin voz quebrada y sin sentir la pérdida, se paró a leer. A leer. Lo último que se dijo de Julio García Luis antes de bajar el ataúd fueron párrafos leídos fríamente por alguien que no era su amigo.

Eso me dolió. Como me duele que ahora quienes no lo querían, a quienes le molestaba hasta su sombra porque no podían alcanzar su altura, lo quieran seguir sepultando.

Julio García Luis me duele. Las lágrimas se aflojan cada vez que termino de escribir de él en este blog, cada vez que me paro delante de su tumba, pero sobre todo, cada vez que algún personaje gris del periodismo menciona su nombre para tratar de influir en otros periodistas.

Me entristece. Y en estos intentos porque se le recuerde, por disparar su nombre a quienes le tendían zancadillas, he terminado por despreciar a quienes -como a él- le hacen la vida menos soportable a otros periodistas amigos. Lo he asumido como un asunto familiar. Tal vez lo personal es explicable cuando admito que de los periodistas que admiro, de los que me son imprescindibles por talentosos, valientes, sinceros… él ha sido el primero en morir.

Hoy hace un año y medio desde que el hombre que iba a recoger a su hijo a la escuela vio a Julio García Luis en su carro, infartado. Ahora mismo tecleo y lloro. He vuelto a escribir sobre él y quienes siguen este blog puede pensar que me excedo mencionándolo, pero ya lo dije: Julio García Luis me duele. Y por mis lágrimas no voy a ofrecer disculpas.

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