Magia

Cuántas veces subí las escaleras para mirar tus ojos, para hojearlos…

Y sigue subiendo, y sigue cayendo, ante el deseo de esa sola sonrisa.

Lo mira mientras ríe, le encanta que le encante esa risa de niño grande que llena todo de energía, como las famas y cronopios de Cortázar, como las noches estrelladas de Van Gogh, como las últimas líneas de una novela de Hemingway. Como él…

Lo mira como si fuere al mismísimo terco violinista que nadie conoce:

Contra todo pronóstico hoy existe/ un terco violinista que asegura/ que el amor nunca le resulta triste/ ni la existencia le parece dura.

Cada vez que descubre algo sublime, ella exclama con asombro: ¡Magia!

A él lo mira así cada día, como si fuera magia. Y es magia. Es magia poder mirarse en esos ojos, y sonreír con esa sonrisa.  

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Romance de la niña mala

Tengo amigas auténticas a las que este post también les pertenece. Sin mencionarlas, se sabrán retratadas casi. Las identifico entre el tumulto de personas alineadas que van y vienen por las calles.

Son diferentes a la mayoría. Originales, sinceras, viscerales para las querencias, no les importa que el viento les despeine, ni que un poema les retenga varios minutos.

Estas letras, que dicen de esencias que se llevan dentro, hondo, me las recuerda, cada vez que escucho este poema de Raúl Ferrer, musicalizado por Pedro Luis Ferrer.

Un vecino del ingenio
dice que Dorita es mala.
Para probarlo, me cuenta
que es arisca y mal criada,
y que cien veces al día
todo el batey la regaña.
Que a la hija de un colono
le dio ayer una pedrada,
y que a la del mayoral
le puso roja la cara,
quién sabe con qué razones
por nosotros ignoradas.
Que si la visten de limpio,
al poco rato su bata
está rota o está sucia,
que anda siempre despeinada,
que no estudia la lección
y nunca sabe la tabla,
que el sábado y el domingo
se pierde en las guardarrayas,
persiguiendo tomeguines
y recogiendo guayabas.
Y yo pregunto, vecino,
vecino de mala entraña,
¿quién puede decir que sea
por eso mi niña mala?
Si hubieras visto lo íntimo
de su vida y de su alma,
como lo ha visto el maestro,
¡qué diferente pensaras!
Verdad que siempre está ausente,
pero si viene, no falta
entre sus manitas breves
un ramo de rosas blancas
para poner al Martí
que tengo en mitad del aula.
Con quien no tenga merienda,
parte a gusto su naranja;
si cantamos al salir,
se oye su voz la más alta,
su voz, que es limpia y alegre,
como arpegio de guitarra.
Y cuando explico aritmética
le resulta tan abstracta,
que de flores y banderas
me llena toda la página.
Y prefiere en el recreo,
cuando juegan a las casas,
jugar con Luisa: la única
niña negra de mi aula.
A veces le llama “Luisa”,
a veces le dice: “¡hermana!”.
Y cuentan los que lo saben,
que en aquella tarde amarga
en que no vino el maestro
era la que más lloraba.
Cuando se premie el cariño
y lo rebelde del alma,
cuando se entienda la risa
y se le cante a la gracia,
cuando la justicia rompa
entre mi pueblo su marcha,
y el tierno botón de un niño
sea una flor en la esperanza,
habrá que poner al pecho
de mi niña una medalla,
aunque el batey malicioso
me le dé tan mala fama,
y tú, mi pobre vecino,
¡no entiendas una palabra!