lápiz

Dice que soy como un lápiz. Que tengo grafito dentro, que tengo madera. Un lápiz con goma, y a veces borro cosas.

Dice que por eso debo escribir, para que nada se me olvide. Y porque soy una mujer-lápiz.

Pienso en muchas razones para volver a hacerlo. Escribir. Y no precisamente en un lápiz…

Debo escribir, por ejemplo, para regenerarme la piel. Para poner que tengo miedos, y alegrías, y viajes y proyectos, y que a veces lloro. Pero solo a veces, porque las últimas lluvias saquearon todo. Llovió tanto que hasta se desbordaron los diques.

También debo escribir porque cuando lo hago vuelve la memoria de todo. De los cocuyos que salía a buscar junto a mi hermano, de los batidos de frutas que nos hacía mi abuela, del olor del durofrío de mango, del sonido del mar que golpea las rocas en el malecón de La Habana, justo al final de la calle G. Todo recobra vida.

Más vida.

No me parezco a un lápiz, le digo. Quién sabe, me dice. Porque a veces siento un golpe muy raro dentro. Como de azufre, y viento, y sal, y grafito. Entonces escribo.

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Delirios de abril

Te vi. Y lo declara casi con un vestido y un amor, como con Fito Páez: “yo no buscaba a nadie, y te vi”.

¿Dónde?

En mis sueños, anoche. Y en mis pensamientos, hoy. Te vi.

Y le recuerda los versos que moldeó Galeano, cuando trataba de espantarse un recuerdo enraizado: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”

Te vi. Estabas tú, una copa de vino tinto. Y un concierto. Ahora solo consigo pensar en ese sueño delirante, en esa canción, en la copa de vino, y en ti. Abro los ojos y está todo tal cual, menos tú.

Anoche bebí varias copas de vino. Y la música jugó con mi soledad. Debe ser por eso que te apareciste tú…

“Y cuando por la calle pasa la vida como un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo. Y grita: Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí.”

No lo olvides

Cuentan que le pronunció una frase contundente, de esas que no se arrancan fácilmente del patio de la memoria y mucho menos podría cubrir la maleza. Ahora él recuerda su voz, y al término, su petición: “No lo olvides”.

No lo olvides.

¿Cómo olvidar esto? –pensó- ¿Cómo?

Polvo en el viento se hizo, y no polvo enamorado. “No lo olvides”, fue lo último que le pidió. Y lo olvidó. Su desmemoria bloqueó la frase inolvidable, esas palabras precisas que ella dejó junto a la sonrisa perfecta. Lo olvidó. No a ella, no a su voz, olvidó para siempre aquella frase contundente que creyó no desterrar nunca.

No a ella, no a su voz. Aun cuando él despierte sin recuerdo alguno, no podría olvidarla a ella.

Cuentan que se acordó de Roque Dalton: “No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto/ desde la oscura tierra vendría por tu voz”.

Y vendría. Por su voz.

Mapas

Van Gogh

“Cuando uno tiene sed
pero el agua no está cerca…”

Jarabe de palo

 

Alguna vez quiso que ella fuera su mapa, una cartografía completa en su piel.

“Y los iceberg asesinos se convierten en escarcha
cuando el cartógrafo sube la escala.
Y enfrento a los meridianos y sus franquicias horarias
y un paralelo me atraviesa el alma.
Te has convertido en mi mapa”.

Él le dijo de Sabina, Silvio, Pablo, Jarabe de palo…y la envolvió en varias de aquellas canciones que hoy le recuerdan que ella está en alguna parte, en algún recuerdo, en alguna latitud lejana.

Los trazos que no fueron le impulsan a recorrer el mapamundi con el dedo, como si la acariciara, como si ese mapa fuera ella. Mientras, la música insiste en sus memorias.

“Qué hacer, tú lo sabes,
conservar la distancia,
renunciar a lo natural,
y dejar que el agua corra”.

Génesis

Al principio fueron los ojos. Y se miraron detenidamente, como quien quiere aprenderse.

Al principio fueron las manos. Y se rozaron sin tocarse.

Al principio se compartieron las canciones que hoy evocan. Las mismas que hoy se dejan en botellas vacías, cerca del mar:

“A veces cuando estoy perdido
como un marino en lontananza
veo tu rosa de los vientos
y vuelvo a respirar confianza.

A veces cuando estoy vencido
me da por consultar tu mapa
y espero que respetes el tratado
sobre náufragos prohibidos
sobre botellas con cartas”.

48 minutos

pintura de Víctor Manuel García (Cuba, 1897-1969)

48 minutos estuvimos hablando vía telefónica. A mí, que no me gusta quedar mucho rato pegada a esos aparatos, y sin embargo, fue una conversación tan amena que la sentí frente a frente, como si estuviéramos en un café, en un parque, u otra vez en la sala de su casa.

Hace tanto que dejamos de vernos que 48 minutos resultan pocos. Estamos en contacto, eso sí, por todas las vías digitales existentes. Yo necesitaba hablarle largo así, hondo así, con ese desgarro de sinceridad que tenemos desde niñas. Sí, desde que jugábamos juntas, desde que nos gritábamos de balcón a balcón para citarnos a conversar…y ya la mayoría de los vecinos sabían. Sabían que la lengua nos iba a doler de tanta “cháchara”, de tanto arreglar el mundo con palabras, de tantos temas acumulados. Los vecinos sabían, claro, que ella y yo podíamos ser diametralmente diferentes en nuestros gustos, pero que no había mejor amiga para mí, y que cuando nos reuníamos, desaparecía el silencio.

Hablamos. 48 minutos. El reencuentro queda cerca. Me dice de irnos a caminar, de las cervezas que beberemos en reunión familiar, de comidas, calles y plazas. El abrazo está en una vuelta de avión.

Terminamos de conversar y el mundo deja de estar quebrado, al menos por hoy. Lo que estaba roto ha vuelto a unirse.

“Sabía que lo que necesitaba con urgencia era conversar contigo –le digo. Me haces reír, me sueltas ráfagas de cubanismos, y me parece que estamos otra vez en el edificio, de balcón a balcón, cuando nuestras mayores preocupaciones eran jugar con fango, pelearnos por la raspa de harina, o ensayar caras de inocencia cuando tía nos preguntaba cuál de las dos había cortado su sábana a tijeretazos”.

Sí. 48 minutos.

Hace meses, tras otra despedida, escribí: “Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país”. Entonces y ahora quedaba la certeza de que “Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar”.

Habana 6:30 pm

pintura de Carlos Enríquez

Yo no me fui, yo me alejé un poquito

Desde más lejos se oye más bonito

Mi corazón procesa, sufre, baila, y canta lo que sangra.

Habana Abierta

 

A la hora en que el sol desciende al mar y una mujer se sienta en el malecón de la Habana a contemplarlo, a esa misma hora, en medio del asfalto, el polvo y la contaminación, una mujer no puede ver, entre tanto edificio alto, el mismo sol. Se sube en sus recuerdos, y aun así, no alcanza a ver esa hora de la tarde que le parece la mejor de todas: cuando el sol se esconde en el mar, en La Habana, y se despide de ella.