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Posts Tagged ‘recuerdos’

Van Gogh

“Cuando uno tiene sed
pero el agua no está cerca…”

Jarabe de palo

 

Alguna vez quiso que ella fuera su mapa, una cartografía completa en su piel.

“Y los iceberg asesinos se convierten en escarcha
cuando el cartógrafo sube la escala.
Y enfrento a los meridianos y sus franquicias horarias
y un paralelo me atraviesa el alma.
Te has convertido en mi mapa”.

Él le dijo de Sabina, Silvio, Pablo, Jarabe de palo…y la envolvió en varias de aquellas canciones que hoy le recuerdan que ella está en alguna parte, en algún recuerdo, en alguna latitud lejana.

Los trazos que no fueron le impulsan a recorrer el mapamundi con el dedo, como si la acariciara, como si ese mapa fuera ella. Mientras, la música insiste en sus memorias.

“Qué hacer, tú lo sabes,
conservar la distancia,
renunciar a lo natural,
y dejar que el agua corra”.

 

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Al principio fueron los ojos. Y se miraron detenidamente, como quien quiere aprenderse.

Al principio fueron las manos. Y se rozaron sin tocarse.

Al principio se compartieron las canciones que hoy evocan. Las mismas que hoy se dejan en botellas vacías, cerca del mar:

“A veces cuando estoy perdido
como un marino en lontananza
veo tu rosa de los vientos
y vuelvo a respirar confianza.

A veces cuando estoy vencido
me da por consultar tu mapa
y espero que respetes el tratado
sobre náufragos prohibidos
sobre botellas con cartas”.

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pintura de Víctor Manuel García (Cuba, 1897-1969)

48 minutos estuvimos hablando vía telefónica. A mí, que no me gusta quedar mucho rato pegada a esos aparatos, y sin embargo, fue una conversación tan amena que la sentí frente a frente, como si estuviéramos en un café, en un parque, u otra vez en la sala de su casa.

Hace tanto que dejamos de vernos que 48 minutos resultan pocos. Estamos en contacto, eso sí, por todas las vías digitales existentes. Yo necesitaba hablarle largo así, hondo así, con ese desgarro de sinceridad que tenemos desde niñas. Sí, desde que jugábamos juntas, desde que nos gritábamos de balcón a balcón para citarnos a conversar…y ya la mayoría de los vecinos sabían. Sabían que la lengua nos iba a doler de tanta “cháchara”, de tanto arreglar el mundo con palabras, de tantos temas acumulados. Los vecinos sabían, claro, que ella y yo podíamos ser diametralmente diferentes en nuestros gustos, pero que no había mejor amiga para mí, y que cuando nos reuníamos, desaparecía el silencio.

Hablamos. 48 minutos. El reencuentro queda cerca. Me dice de irnos a caminar, de las cervezas que beberemos en reunión familiar, de comidas, calles y plazas. El abrazo está en una vuelta de avión.

Terminamos de conversar y el mundo deja de estar quebrado, al menos por hoy. Lo que estaba roto ha vuelto a unirse.

“Sabía que lo que necesitaba con urgencia era conversar contigo –le digo. Me haces reír, me sueltas ráfagas de cubanismos, y me parece que estamos otra vez en el edificio, de balcón a balcón, cuando nuestras mayores preocupaciones eran jugar con fango, pelearnos por la raspa de harina, o ensayar caras de inocencia cuando tía nos preguntaba cuál de las dos había cortado su sábana a tijeretazos”.

Sí. 48 minutos.

Hace meses, tras otra despedida, escribí: “Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país”. Entonces y ahora quedaba la certeza de que “Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar”.

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pintura de Carlos Enríquez

Yo no me fui, yo me alejé un poquito

Desde más lejos se oye más bonito

Mi corazón procesa, sufre, baila, y canta lo que sangra.

Habana Abierta

 

A la hora en que el sol desciende al mar y una mujer se sienta en el malecón de la Habana a contemplarlo, a esa misma hora, en medio del asfalto, el polvo y la contaminación, una mujer no puede ver, entre tanto edificio alto, el mismo sol. Se sube en sus recuerdos, y aun así, no alcanza a ver esa hora de la tarde que le parece la mejor de todas: cuando el sol se esconde en el mar, en La Habana, y se despide de ella.

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fin-de-anoYa es 31 de diciembre de 2016.

Casi todas las personas que quiero, tendrán su fin de año antes que yo. Casi todas, desperdigadas por el mundo, me dirán que ya es 2017 unas seis, siete, o una hora antes de que mi almanaque cambie.

A casi todas ellas he pedido fotos. Fotos. Y que me avisen cuando su año se haga viejo. Se los he pedido casi como súplica. Quiero saber, quiero estar ahí en ese momento, colarme al menos en pensamiento.

Y recordar al amigo que cada año me llamaba a casa justo a la medianoche, para unir nuestras algarabías. A la prima con la que debí pasar estas fechas y que me deja sus añoranzas en un mensaje. A la vecina que lanzaba agua desde su balcón, a la que salía con maletas para confesar su deseo más entrañable de viajar, a los que quemaban muñecos viejos…

Recordar, sobre todo, el 31 de diciembre con mi familia, en mi casa, con nuestras comidas e historias, con nuestra música y abrazos. Nuestros…

No estoy cerca de ninguno de ellos. Sin embargo, otro ambiente familiar me acoge para que no me sienta sola. Para que no esté sola. Y me aferro a estos abrazos, a sus abrazos, como el náufrago a su tabla, porque son mi salvación de hoy.

Un año que termina es el fin de un ciclo. Un año que comienza es otra hoja en blanco. Son días, como otros, pero con una fuerza trascendente para las familias y los que sentimos más allegados.

Yo estoy, como muchísimos de mis amigos, desperdigada por el mundo. Tendré mi 2017 unas seis, siete, o una hora después que casi todas las personas que quiero.

Mas, no me siento sola. No estoy sola.

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pensamiento que viajaAndo con su recuerdo a todas partes. Con su abrazo a todas partes. Con su voz a todas partes.

Voy y vengo con él. A todas partes.

Me alivia pensar en un reencuentro. En otro abrazo. En escucharlo una y mil veces más. Lo quiero. Lo amo.

Después –y antes- de todo, ha sido el hombre más constante en mi vida.

Lo pienso. Lo sueño. Me roba las velas en mis noches de insomnio. Lo necesito.

Aparece en un montón de canciones, en un sinfín de lugares, en los silencios y en las palabras.

Lo llevo pegado a mi piel. Amarrado a mis entrañas. Atado a mí. Atada a él.

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mujer-vino-tintoEscucho a Joaquín Sabina y el trago de vino se detiene. No transita. No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché a Sabina. O cuándo la última vez que tomé vino.

Beber a Sabina y escuchar el vino altera todos mis verbos. Me trastoca.

(…)

Cuando Agustín se sienta al piano
Diego Rivera, lápiz en mano
dibuja a Frida Kahlo desnuda.

El Sabina de mis años de universidad, el que aplacaba mis largas jornadas de páginas en blanco. El vino de mis años de universidad, el que se tomaba compartido con la trova de los jueves.

puedo ponerme cursi y decir
que tus labios me saben igual,
que los labios que beso en mis sueños

Y retorno a aquellos años. Y transito por estos. Sabina y vino. Vino y Sabina.

tu memoria vengué
a pedradas contra los cristales

Y el trago de vino no pasa esta vez, se queda a medias. No se escucha el sonido del vino. Pero queda Sabina. Y yo me sigo emborrachando de él…

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