Geografías

“La añoranza es un cachorro dormido en una perrera doméstica”
Luis Sexto

 

En una tienda distante de su país natal, una señora de unos 75 años quiere conversar y no sabe, no encuentra, no tiene… con quién. Por eso comienza a hablar en voz alta -no por locura, sino en espera de un interlocutor. Y lo encuentra:

– Allá en mi tierra les gusta comer con más picantico. Yo soy del Oriente de Cuba, ¿saben?
– ¿De Santiago?
– No. De Holguín. Yo soy de Holguín. Allá hasta el queso sabía diferente. Y mi familia tenía unas tierritas. ¡Como me acuerdo de eso!

Cuando se está así de lejos -a un mar de distancia- un olor, un sabor, nos puede arrastrar ráfagas de recuerdos, y llevar una vez más a casa. Como un himno del desterrado, la añoranza de volver a los olores y sabores reales, queda latente.

– Yo hace 23 años que salí de allá. De Cuba…
– ¿Y hace mucho que no regresa?
– … Yo nunca regresé.

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Justo…

Como el Principito que pedía con urgencia que solo él conocía: “Dibújame una oveja”…Así, con el clamor de quien pide algo inexplicable para los demás, pero sumamente importante, ella le pidió un trozo de mar. Un pedacito que se pareciera al que había dejado allá en su planeta. Él le trazó, con exactitud de cirujano, las coordenadas de una operación en marcha: el regreso a casa.

Cerrado por derribo

barco varadoA Victoria Gaytán Alonso, porque para devolverme la fe solo necesité que me creciera esta madre que me lee y me alienta a escribir. A ella, porque confía en mí más que yo.

 

 

Cerrado por derribo. Robado a Joaquín Sabina. Así sería el título de mi crónica definitiva. Y estuve a punto de escribirla recientemente, cuando creí perecer por asfixia.

Asfixia porque par de amigos -¿amigos?- plagiaron algunas de mis letras. Oraciones, párrafos casi completos. Y eso es traición. Y duele.

Duele. Como duele que el país que dejé no me reconozca al regreso. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Desgarra caminar por calles que me ven ajena. Pero no desgarra tanto como sentir el agobio de los de adentro, y notar que aunque las fachadas se pinten y se anuncien al mundo, el interior sigue cayéndose a pedazos. Cayéndosele encima a los que viven al día, y no a los falsos arquitectos que la subastan.

Dolor. Asfixia. Ira. Desconsuelo. Depresión. Todo junto, mezclado, me hizo ver desde lejos, sin acercarme, sin escribir. Ermitaña.

Me fui alejando de todo, y de mí. “Hoy no quiero estar lejos/ de la casa y el árbol”.

Me impresionó que personas desconocidas me rescataran del naufragio. Que siguieran leyendo o releyendo; y otros continuaran suscribiéndose a este, mi único mar. Mi barco encallado renovó su esperanza de que alguna vez yo volviera a lanzar botellas. Botellas al mar.

Una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de una semana cualquiera, decidí volver. Volver a escribir sobre todo cuanto he visto, he sentido, y he contado.

Y heme aquí, reiniciando mis pasos en estos parajes digitales.

Heme aquí, con menos dolor y asfixia que cuando comencé a escribir. El blog me sirve para esto. Desahogo. Aunque la realidad, ahí afuera, siga siendo la misma.

¿Soy a-normal?

del cieloEstoy tan acostumbrada a escuchar que soy especial, que no soy normal, o que si soy atípica, que voy a empezar a creérmelo.

Aunque no descubro aún si me lo dicen como un elogio o como un reproche. Depende.

De niña me preguntaba si las personas de ojos claros veían las cosas del mismo color que los que tenemos los ojos café. Y si los colores de la TV eran los mismos en todos los televisores. Y llegué incluso a preguntarlo a varias personas.

A mis profesores de la escuela primaria les costó que yo entendiera que aunque la letra Ñ tenía una i incorporada en su sonido, no era correcto escribir: niñia, pequeñio, meñiique, o compañiera –como yo intentaba hacer.

Mi mamá llegó a pensar que tenía una hija boba porque yo no jugaba con osos de peluche, sino con ajíes, hojas de árboles; no me entretenía con los dibujos animados, sino con libros sin imágenes.

Ya en el preuniversitario mis compañeros de aula querían descifrar por qué yo cargaba con libros de filosofía a la par de los de novela y poesía; por qué la televisión me aburría tanto.

En la universidad las dudas respecto a mi condición de “persona normal” aumentaron cuando supieron que por primera vez tenía novio. Y que me encantaba escribir a mano. Piel- papel, como sugería Dulce María Loynaz.

Ahora, pasados todos los niveles de enseñanza, no acabo de precisar si soy extraterrestre, si realmente el fórceps con el que me jalaron para nacer me hizo mucho daño. Pero mis neuronas no logran alinearse con tanta estupidez ambiente, y continúo creyendo en la nobleza de los demás, aunque por estos tiempos la sinceridad sea una llamita que se extingue.

Algunas veces –como en estos días de ausencias- me cuestiono todo esto y más. Y vuelve a invadirme la fatídica fórmula de Soledad + Tristeza = Depresión.

Entonces intento alejarme. Llorar. Encerrarme en mi burbuja-mundo-caracol. Pero entro a administrar el blog, y noto que diariamente más de 90 personas han venido a buscar botellas nuevas. Y vuelvo.

Pase y perdone usted

niño con botellaHace mucho tiempo leí y guardé la parábola de un burro que cayó en un pozo. El dueño consideró que el burro estaba viejo, el pozo había que sellarlo…y decidió convocar a sus vecinos para que lo ayudaran a echar tierra sobre el hueco y de paso, sepultar al animal. Al principio el burro lloró, pero ante el asombro de todos los que miraron cuánto faltaba para terminar, el animalito estaba cerca del brocal: con cada golpe de tierra, el burro se sacudía y daba un paso hacia arriba, hasta que llegó al borde y salió trotando.

El último párrafo de esa historia advierte: cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba. Podemos salir de los más profundos huecos si no nos damos por vencidos. Usa la tierra que te echan, y sale adelante.

En estos días una persona que quiero mucho me contó de grandes decepciones, deslealtades, de amigos que al final no eran tales. Otro me repitió hasta no cansarse que todo pasa. Releí un email del 2009, donde un periodista grande me escribió: No te desanimes. ¿A quién las cosas no le han salido bien una vez y otra vez? Lo importante es levantarse, sacudirse el polvo de las rodillas y seguir. Como el Quijote que a quienes lo llamaban loco, él respondía: Yo sé quién soy. En efecto, saber quién es uno y qué busca y quiere. Eso es lo importante. Incluso aunque uno esté en minoría, hay que vivir solo con la minoría. Ese es el mérito (…) Nunca olvides, para que te sirva de acicate, que nadie le da patadas a un muerto. Hay que estar vivo, muy vivo, para que otros se dediquen a golpearte.

Desde que escribí Apagada, me llamó la atención -entre otras cosas- que al blog siguieran llegando comentarios, los enlaces continuaran, y sobre todo…que varias personas se suscribieran. Eso devuelve las esperanzas hasta a la más apagada.

A partir de la primera botella, en octubre del 2011, he tenido problemas para actualizar. Algunas veces programé, otras pedí de favor que me dejaran diez minutos en una computadora. Le envié los textos y las fotos a una amiga para que ella los subiera cuando yo no podía… ni enferma dejé de escribir y buscar alternativas para publicar. Entonces, no será ahora –que puedo encargarme más de estas Botellas al mar– que renuncie.

Me alejé el tiempo necesario para leer hasta que los ojos dolieran, pensar cómo recuperar los pedazos míos que regalé y que pisotearon.

Conversé con los que quiero y respondí los correos necesarios. Fue bueno el silencio de la mayoría, sobre todo de quienes se supieron aludidos y desaparecieron (como debían). No más fantasmas.

Ya lo escribió Ítalo Calvino, en Las ciudades invisibles: El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.