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Posts Tagged ‘Sabina’

Hubiera querido escribir otra canción, pero de golpe le salió, en solo 19 días y 500 noches: “Lo nuestro duró/ Lo que duran dos peces de hielo/ En un güisqui on the rocks”.

Alguien más derribó las guitarras en ese justo momento.

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…Y cuando crees que naufragas en tu mar propio, sin botella con mensaje que te salve, alguien llega en su barca, te sostiene del brazo, y te sujeta fuerte:

“Deseo que esté todo bien por allá mientras intento aferrarme al poder de las palabras para hacerme sentir cerca desde este rinconcito en donde amanecí embriagándome entre tus botellas con la voz de Sabina repicando en mis oídos (…) te ofrezco una imagen tomada el sábado pasado mientras salía a hacer unas fotos por encargo. De camino sentí la obligación para conmigo de dejar de pedalear para oprimir el obturador de la cámara. No hubo margen a recomposición de imagen. Sabía que era la mejor toma y quise llevármela conmigo… con la mera intención de hacértela llegar luego como premisa de quien te espera de pie… ansioso por verte regresar a esta orilla tan tuya”.

Me la entrega junto a un abrazo de los que me consta son únicos, por “rompehuesos”. De esos abrazos que une cualquier pedazo suelto sin cirugías. Me aferro al mensaje como el náufrago a su tabla. Al menos hoy puedo decir, como José Martí, que “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”.

Regreso a la orilla del mar, sin ahogos ni alucinaciones. Me refugia en un abrazo, y me salva.

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cadena

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Al despertar solo eso tenía: retazos. Una nota escrita a mano, justo al lado de su almohada, donde se suponía estaba otro cuerpo.

“Puedo ponerme cursi y decir
que tus labios me saben igual,
que los labios que beso en mis sueños”.

“Los besos que perdí,
Por no saber decir:
te necesito”.

Y la vida siguió…

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Passion_ La vida es bella“Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias.
El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).”
La insoportable levedad del ser, Milán Kundera

 

 

— ¿Estás bien?

— Sí.

Y vuelve a preguntar como si ella llevara algo marcado en el rostro, o desdibujado, que le indicara al resto del mundo que no, que no está bien, que le sucede algo.

Ella, que sabe el valor de cada palabra, no puede volver a dar un Sí por respuesta. Al menos no sin admitir que cada vez con más frecuencia viene a su memoria ese fragmento de película.

La vida es bella. Lo dijo Roberto Benigni desde el título. Este diálogo entre Guido y Dora la marcó para siempre. Al menos eso cree. Y ahora se entrecruza con su vida, con lo que quiere decir, con lo que piensa. Y por primera vez tiene que ceder cuando le aseguran que no siempre las palabras, las benditas palabras, alcanzan para decirlo todo…

— ¿Qué diálogo? ¿Qué palabras?

— El momento más desgarradoramente sincero de esa película. Cuando Guido acompaña a Dora hasta la puerta de su casa, y habla con la mayor naturalidad de su más hondo anhelo:

“Se me olvidaba decirle algo.”
“Decirme qué”.
“Que tengo unas ganas de hacerle el amor. Pero no se lo diría a nadie, y mucho menos a usted. Deberían torturarme para obligarme a decirlo.”
“¿Decir qué?”
“Que tengo ganas de hacerle el amor. No una vez, sino cientos de veces. Toda la vida. Pero eso no te lo diré nunca. Ni aunque me torturen.”

 

(Algún día tal vez. En algún lugar tal vez. A alguien tal vez…diré esto. Por ahora es solo imaginación, y el apasionarme por una película que me encanta. Después de todo, La vida es bella… Después de todo yo ahora, con todo y soledades, me siento escandalosamente feliz. Y eso basta)

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Van Gogh--El sembradorÉl tiene una gorra del equipo de Villa Clara para ponérsela cuando nadie lo hace, cuando nadie cree que ese equipo pueda más. También tiene un pulóver negro con las letras VC (ese no cumple la misma función, pero lo socorrió una mañana que tenía todas sus camisas amontonadas cerca de la lavadora).

De las últimas cosas que ha visto o leído le ha conmovido mi post Huérfana de muñecas y el audiovisual Camionero. Y me lo dice casi culpándome por lo primero, como si él estuviera muy hombre ya para que una chiquilla le remueva las entrañas.

Le encanta el mar y lo tiene cerca, al punto de describirme esa relación así, sin piedad: “pero tú no entras corriendo por una calle y te tiras por la otra de cabeza al mar abierto todos los días”.

Prefiere el ron al wisky, “no porque algunos le llamen la bebida del enemigo, sino porque el sabor de la madera etílica me recuerda mucho lo que quiere el enemigo que yo muerda”.

Adora el cemento blanco, confiesa que no le agrada el cemento gris, y se lamenta porque no existe cemento negro que pueda juzgar… Nada, locuras recientes que él entiende.

Él, en definitiva, hace cosas que nadie hace. Por ejemplo, cuando conoce a alguien primero advierte y exterioriza sus defectos porque –dice- si la persona en cuestión persiste en conocerlo, ya encontrarán las virtudes (y modesto, añade: “si es que las tengo”).

Tiene una respuesta para todo, y una sonrisa por la que el sol le disputaría al mismísimo Rubiera el derecho a salir.

Una vez publiqué sus tres temores (a las ranas, a la electricidad, y a los truenos) y olvidé mencionar que esos son los únicos miedos que ha contado. Ahora no me atrevo a enmendarlo porque, ¿y si ha desarrollado alguna fobia a que lo conmuevan?

La duda me estremece porque el 4 de julio de este año me envió un correo con solo estos fragmentos de A mis cuarenta y diez y La del pirata cojo, ambas de Sabina:

“…pero sin prisas, que a las misas de réquiem nunca fui aficionado….”

“No soy un fulano con la lágrima fácil/ de esos que se quejan solo por vicio./ Si la vida se deja yo le meto mano/ y si no aún me queda mi oficio./ Y cómo además sale gratis soñar/ y no creo en la reencarnación (….) Pero si me dan a elegir/ entre todas las vidas yo escojo/ la del pirata cojo….”

Eso y una promesa de volver a escribir pronto. El “pronto” se alargó hasta este 8 de noviembre y cuando yo no creía que él recordara las letras pendientes, encontré su nombre en mi buzón.

Entonces pensé sorprenderlo con otra botella, en definitiva él está lejos, (si estuviera cerca no le diría todo esto porque me pongo tonta y tartamuda). Con él escribir se me da más fácil que hablar.

Pero bien, que la sorpresa me la llevé yo cuando le envié el cuarto párrafo de todo esto que ahora mismo debe estar leyendo, y me acusó de plagiar la idea de un amigo nuestro. Según él, ese párrafo fue el comentario que el amigo dejó una vez en mi blog.

Le expliqué que era un recuerdo común, y que los recuerdos no pertenecen al primero que los cuenta, sino a todos los que lo vivieron. Le expliqué que yo estuve hasta la una de la madrugada hilvanando estas ideas, que no copié y pegué nada textual, y que por tanto él estaba siendo injusto conmigo. Le expliqué…

Incluso le dibujé mi mezcla de ira y desconcierto con una imagen rotunda: “ahora mismo estoy verde con los ojos rojos”. Pero él debe suponer que mi furia no es tal, o sabrá que lo quiero mucho y a las personas que quiero mucho les perdono todo, hasta que duden de mi originalidad (cuando la tengo).

Todo ese revuelo formé por un parrafito, porque que yo quería sorprenderlo y me esmeré para escribir algo que, aún a deshoras –una de la madrugada- no delatara mi cansancio del día. Cuando puse punto final y releí, ¡me parecía tan lindo!

Y aquí está, con las últimas palabras cambiadas, aumentadas, respondo a la provocación de: “¡Vamos a ver esa barbaridad que haces el sábado! (¡Dios mío, ayúdanos!….)” Ya es sábado, como le anuncié, publico acerca de él.

Él confía en su instinto. A veces más que en su propia mente. A estas alturas debe suponer –puro instinto- que el cuadro de Van Gogh, El sembrador, lo puse con toda intencionalidad. Y que este final no anunciado, todo el rejuego de bravezas y sobresaltos, solo ha sido una jugarreta mía para asustarlo.

Sí, para asustarlo y que sus ojos no terminen de leer todo esto en cierto estado líquido poco agraciado para él. De lo contrario corro el riesgo de que me asegure que “si alguien entra a esta oficina ahora y me ve así, ¡te juro que te mato!” Y si me mata, ¿cómo voy a decirle entonces que él es una de las personas más valiosas que tengo?

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Me he enamorado con los versos de Sabina, y con las canciones de Benedetti… ¿o sería al revés?

He intentado, como Liuba María Hevia, que no me falte tu sonrisa, decir todo en una palabra, como Carlos Varela, y confesar que te miro y tiemblo, mientras toca la música de Jarabe de Palo. Todo, para no quedar en el club de los corazones rotos.

Me he estremecido con poemas de Neruda, Alfonsina Storni, Roque Dalton, Dulce María Loynaz, Borges…

Sin embargo, solo me he aprendido palabras completas de Alexis Díaz-Pimienta y de Yamil Díaz Gómez, hasta el punto de pregúntame qué tendrá el apellido Díaz que lo que escriben se queda en mi memoria.

No lloverá. Si no vienes/ la lluvia no va a saber/ sobre qué calle caer,/ en qué esquina, en qué contenes.

Por favor, no rescaten las cartas extraviadas./ Dejen el sobre junto al tronco del árbol,/ bajo anónima piedra, o rodando en los parques./  Hay cartas que se escriben para que no lleguen.

…  (A.D-P)

Contra todo pronóstico hoy existe/  un terco violinista que asegura/ que el amor nunca le resulta triste/  ni la existencia le parece dura.

porque así como todas las fotos de la guerra/ son la última foto,/ todas las cartas de amor son la primera carta.

(Y.D.G)

Y ando por las calles cargada de sus poemas. No pesan, pero me persiguen. ¿Será porque marco, señalo, copio y regalo sus letras?

¿Cómo decirles que escriban más, o mejor, que publiquen más? ¿Cómo, si ellos no saben que alguien necesita de sus poemas?

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“Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón”.

Mario Benedetti

 

 

 

Fui una muchacha sin rostro durante casi dos años, mientras le escribía a un muchacho sin nombre.

Casi dos años que se convirtieron luego en cinco meses de rostros, nombres. Y ahora son casi dos años más de ausencias…

Todo comenzó en un buzón electrónico un mes de abril. Los correos iban con mi nombre completo hacia un destinatario desconocido, pero que respondía a mis letras. Teclazos que acortaron distancias. Y al menos sabía que lo leería una vez por semana.

Compartíamos esencias esenciales. Poemas, canciones, anécdotas. Tarareamos vía e-mail varias canciones de Sabina.

Los mensajes viajaron luego mediante carteros desconocidos, en sobres sellados que yo confiaba a Correos de Cuba, pese a su recelo de que la empresa entregara todas las cartas. Todas llegaron.

Luego fueron llamadas, mensajes con personas que nos conocían, libros…

Cuando nos vimos por primera vez me tranquilizó: la magia no se pierde porque yo sepa tu rostro y tú mi nombre. Y vinieron los encuentros noviembre- abril.

Todo comenzó y terminó un mes de abril. La última canción que recordé fue esa de Sabina que también canta Ana Belén donde pregunta “quién me ha robado el mes de abril”.

Siguieron llamadas, hasta la vez definitiva en que no hallamos más respuestas a los correos, ni a los mensajes que algún amigo común accedía a acercar.

La última vez que hablé con él hacía tanto que había alejado toda  comunicación que no reconocí su voz.  Ese día comprendí que mis mensajes no tendrían más respuestas y él me dio  – sin saberlo- el nombre para mi blog.

Un blog que tal vez nunca leerá, pero que va lleno de historias en botellas, unas que le conté y otras que nunca pude decirle…

Aunque para no sentirme en una isla desierta sigo lanzando al mar del ciberespacio estas letras embotelladas que algún buen amigo responde, una vez por semana siento soledad.

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