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Posts Tagged ‘Silencio’

Querido G.O.: Nos mandan a decir, los del Ministerio de la Verdad, que debemos bajar la cabeza, como Winston, y envolvernos en la grisura del día a día, dejar de sonreír y no pensar –porque ya sabes lo que nos decían: nosotros no estamos aquí para pensar. Ellos quieren que nosotros ni siquiera estemos aquí, que nos vayamos a reescribir la historia en otra parte, pero sin olvidar –porque no nos dejarán olvidar- que ellos se quedan con nuestras familias. El Ingsoc está dejando carteles rojos por todas partes: “El Gran Hermano te vigila”. ¿No te parece demasiada amenaza que sean carteles rojos? A mí me gusta el color rojo, pero no los del Ingsoc, por eso les he enviado una foto mía de recuerdo, donde les muestro las dos cosas que ellos quisieran cortarme: la lengua, y el dedo del medio. Un abrazo en cada uno de tus huesos no apaleados.

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labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

 

(Solo porque me gustan las manos, y espero alguna vez, encontrar las que me acompañen, y despertar diciendo todo esto. Y ver, junto a otras manos, un atardecer, frente al mar)

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Apagada

botellasalmar“Todas las situaciones oscuras tienen sus relámpagos, que tan pronto nos ciegan como nos iluminan.”
(Víctor Hugo. Cap. XVI de Los Miserables)


Si alguien me llama en estos días el teléfono celular, solo escuchará que está “apagado o fuera del área de cobertura…” Así estoy yo también. Apagada, distante.

Llevo días de no escribir, de no querer hablar mucho. Días en que la tristeza y la ira se mezclan y entonces todos (casi todos) solo obtienen de mí dos tipos de respuestas posibles: el silencio –a causa de la tristeza- o la sinceridad más áspera –por el enojo.

No me gustan las modas, y por tanto, no estoy cerrando el blog ni mucho menos haciendo catarsis para que me animen a continuar –como parece que se usa en estos tiempos. No. Yo seguiré escribiendo, solo que no por estos días, porque no quiero hacer trazos deshilachados –o tristes o irritados.

Prometo –yo, que nunca prometo nada- prometo regresar. Solo pido a quienes me conocen más allá de estas líneas que no irrumpan en mi mudez, que me dejen quieta hasta que yo vuelva. Desatenderé mi buzón de correos y el teléfono, pues no creo poder sostener una conversación coherente.

Luego de una sobredosis de traiciones, deslealtades, desilusiones e hipocresías (que no puedo soportar sin hacer pausa) necesito entender muchas cosas que ahora mismo se tornan oscuras.

Tal vez me sucede como en la canción de Luis Eduardo Aute: “lo que pasa es que este mundo no lo entiendo”. O como en el libro de Lewis Carroll: “Alicia apenas podía distinguir las palabras (…) Estas palabras produjeron otro silencio de muerte”.

Por ahora necesito el vocablo que fue respuesta a la adivinanza que el doctor Lessing hizo al ingenioso Guido en la película La vida es bella:
-“Si dices mi nombre, no existo más. ¿Quién soy?”
-“El silencio…”

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JGLHasta ese día pensé que había venido a La Habana a llorar a Julio García Luis. Esa resulta una forma simplificadora de decir que lo lloré dos veces hasta ese día.

Una vez, cuando la profesora lo mencionó en clases, y yo descubrí que él ya no estaría más por aquellas aulas del Instituto Internacional de Periodismo. Otra cuando no lo mencionaron, y quedó en silencio mi minuto de silencio.

Ya lo había previsto cuando llegué: no podía regresarme a Santa Clara sin ir al cementerio de Colón a visitar su tumba. A los grandes no se les olvida.

¡Fueron tantas las ocasiones que lo había mencionado a los otros alumnos del curso! Pero aquel día terminamos antes del tiempo previsto las conferencias de la mañana. Varios periodistas se alistaron para ir al cementerio a conocer las sepulturas de héroes y personas famosas. Yo me incluí en el viaje, a fin de escaparme hacia el panteón familiar donde reposa Julio García Luis.

Luis, un periodista panameño, compró un ramo de flores -el único ramo que tenía mariposas- y me dice en la entrada: “estas son para el periodista que has nombrado, vamos a homenajearlo”. Y me conmovió. Me conmovió que alguien que no lo conociera apostara por desviar su “rumbo turístico” dentro del cementerio. Iris, la periodista tunera, completó el grupo, y los tres nos desviamos del camino trazado por los demás.

Hasta la capilla mi orientación fue buena. Mas, solo había estado una vez –el día del entierro- y no lograba descifrar ahora por qué calle continuar. Nos perdimos. Estuvimos más de una hora de caminar al sol, en pleno mediodía. Casi derrotados, y de vuelta a la capilla que marcaba el inicio de nuestra búsqueda, Iris y Luis se sientan a descansar un poco. Les pido que me esperen, que debo encontrar el lugar…y escojo otra calle.

Un sepulturero… a él le pregunto por dónde. Le digo el nombre. No sabe. Le digo que fue presidente de la UPEC. No sabe. Le digo que fue decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. No sabe. Le digo que ese fue un entierro en enero de este año, el 13 de enero, y al que vino mucha gente, que yo solo recuerdo que está en uno de los límites. Entonces el sepulturero me asombra, pues acaba de recordar el lugar exacto a partir del penúltimo dato que le doy: “¡sí, me acuerdo, a ese entierro vino muchísima gente!” Y me indica.

Corro hacia la capilla, y casi sin aire les señalo a Iris y Luis que me sigan, que lo encontré, que vamos a poner las flores. Y una vez más estos dos seres me conmueven, pues sin protestar por el dolor en los pies o el ardor de la piel, caminan por la calle conmigo, advertidos de que hay que llegar allá, al final, y doblar a la derecha.

Son muchas, pero recuerdo que está paralela a la calle, y cerca de un árbol grande. Leemos, y sin andar demasiado la leí, la encontré, y por primera vez en todo el tiempo que he estado en La Habana, mencionar a Julio García Luis no me hace llorar. Esta vez hallarlo me alegra tanto como haberlo abrazado.

Lo limpiamos de hojas secas, pusimos las flores, y nos quedamos un rato en silencio. Después de tanto caminar al sol, tanto tiempo de búsqueda, finalmente estábamos ahí, delante de un grande del periodismo cubano. Luis –el panameño- habló muy sereno, esta vez para decir: “si creemos en lo místico, podemos pensar que este señor nos ha querido probar la perseverancia”.

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