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Posts Tagged ‘silencios’

Agua. Con agua te tragas, como píldoras, las palabras que quedaron hoy en la garganta. Las no dichas, las que no llegaron a fecundar el aire, las que no alcanzaron sonidos.

Esas que caducan al día, las que alguien quiso posponer para mañana, pero sabes que cuando traes palabras en la garganta: o las pronuncias o te ahogas. Hoy, hoy querías ese desahogo emocional, deshacerte de todas esas palabras. Escucharte, y que las escucharan. Mañana –bien dicen los que sí hablan- seré otro día. Otro día en que te reinventas y ya las palabras serán otras porque las de hoy, claro, las habrás tragado, una a una.

Querías hablar, sí, seguro querías hablar. Sin embargo, te quedaste sin interlocutor. Mañana… Pero sabes que ya no las vas a pronunciar. Tampoco te vas a ahogar. No las dirás mañana, a fin de cuentas esas palabras iban a contar historias que son solo tuyas y solo son importantes para ti. No las escuches en la soledad de tus paredes. Trágalas con agua. Una a una. Con agua…

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lluvia-de-palabrasÉl permitió que todos escucharan a Carlos Varela. Y no una canción cualquiera de Carlos Varela. Permitió que todos escucharan Guillermo Tell. Ella le dijo que además debían escuchar Leñador sin bosque. Desde ese día sus recuerdos la golpean, y anda envuelta en silencios y desilusiones. Desde ese día ninguna música, ninguna palabra, ninguna historia, se escucha igual.

 

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taza de café amargoLa última vez que caminé por La Habana fue en un día como este. Gris. Lluvioso. Frío.

Ahora La Habana regresa solo en imágenes, en canciones. Solo eso tengo. Me queda lejos. Le quedo lejos.

Agarro la cafetera, para ver si calmo todas las añoranzas que se me revuelven dentro. Agarro la cafetera, buscando ese sabor conocido. Un sabor servido en tazas. Un sabor que también me queda lejos.

Música en pequeños sorbos, fotografías también a sorbos. Todo se va, y viene, a sorbos, con el café.

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Anacronismos

barco-de-papel-que-todos-jugamos-414e4b4d-233d-470c-a354-a6cb42a2270c1No, espera –me dice- mientras trata de silenciar mis palabras. Espera.

Y yo, cansada de esperar. Cansada de repetir el esquema de los tres monitos que todos dicen sabios porque no ven, no oyen, no hablan…y yo siempre he creído que no son sabios, sino monitos censurados.

¿Cómo pueden vivir sin ver, oír, hablar? ¿Cómo he vivido hasta ahora? ¿Cómo hemos vivido hasta ahora?

No, espera –me repite- no es el momento adecuado para hablar. Aquí no.

Y yo, cansada de esperar. Cansada de que alguien más diga cuándo es el momento adecuado. Y ese momento nunca llega.

Casi todos se van. Se van a algún lugar donde puedan hablar. Yo me fui. Quiero hablar.

No, espera –me reprime- la vida es como un teatro. Todos debemos actuar. Debemos salir cada día con una máscara en el rostro. Allá o acá. No hables.

Y yo, cansada de esperar. Cansada de actuar, cansada de no poder hablar. Como los tres monitos ¿sabios? ¿censurados? Los tres malditos monos que siguen reprimiendo mis ojos, mis oídos, mi voz.

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Lluvias

lluviaNo te imaginas
este vicio feliz, la dependencia
que he llegado a tener del aguacero.

Alexis Díaz-Pimienta

Llueve y algunos se refugian bajo un techo. Otros corren -aunque más adelante también llueve.

Me invade la nostalgia por los días infantiles en que, junto a mi hermano, me metía en el aguacero. Nos deslizábamos entre las gotas. O tratábamos de capturarlas.

Quiero escuchar el aguacero. El sonido de la lluvia contra el cristal. Sentirlo. La sensación de resguardo si estás en casa. La de desamparo si estás fuera.

Mi último aguacero, casi bailando bajo la lluvia, fue en julio de este año. Recorrí descalza aquellas calles mientras un amigo sostenía mis zapatos y mi bolso. Él no creía que ciertamente yo me aventurara a desnudar además del alma, los pies.

Suelo ser torpe al andar sin zapatos. Y más si cae un aguacero. Y más si la calle -en lugar del asfalto moderno- está rellena de antiguas piedras chinas pelonas. Y más si es una ciudad turística y colonial, como salida de una postal.

Mis huellas, se desvanecían a cada paso.

Se desvanecían, como esta lluvia que cae. Sin caer.

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Buika  El Último TragoRegreso al disco “El último trago” de Concha Buika y Cucho Valdés casi religiosamente. Se lo escribo para confesarle que de cuanta música me ha regalado, esta me trae embobecida.

Me he reencontrado con las musarañas que conocí gracias a Chavela Vargas y Joaquín Sabina. Las musarañas que me llevan a pasear por algún tramo inexistente de las nubes.

Es como si las palabras de Concha Buika me salieran a mí. O como si -mientras escribo- el teclado de la computadora fuera el piano de Chucho. En eso pienso, y más, cuando llega su mensaje.

“Son canciones tristes, ¿es triste mi recuerdo?”

Rememoro sus manos y su voz, que también llegan con las manos de Chucho y la voz de Buika. Pero no respondo. Sería una herejía distraerme ahora que la soledad de la habitación acepta compartir conmigo “El último trago”.

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niño con botellaHace mucho tiempo leí y guardé la parábola de un burro que cayó en un pozo. El dueño consideró que el burro estaba viejo, el pozo había que sellarlo…y decidió convocar a sus vecinos para que lo ayudaran a echar tierra sobre el hueco y de paso, sepultar al animal. Al principio el burro lloró, pero ante el asombro de todos los que miraron cuánto faltaba para terminar, el animalito estaba cerca del brocal: con cada golpe de tierra, el burro se sacudía y daba un paso hacia arriba, hasta que llegó al borde y salió trotando.

El último párrafo de esa historia advierte: cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia arriba. Podemos salir de los más profundos huecos si no nos damos por vencidos. Usa la tierra que te echan, y sale adelante.

En estos días una persona que quiero mucho me contó de grandes decepciones, deslealtades, de amigos que al final no eran tales. Otro me repitió hasta no cansarse que todo pasa. Releí un email del 2009, donde un periodista grande me escribió: No te desanimes. ¿A quién las cosas no le han salido bien una vez y otra vez? Lo importante es levantarse, sacudirse el polvo de las rodillas y seguir. Como el Quijote que a quienes lo llamaban loco, él respondía: Yo sé quién soy. En efecto, saber quién es uno y qué busca y quiere. Eso es lo importante. Incluso aunque uno esté en minoría, hay que vivir solo con la minoría. Ese es el mérito (…) Nunca olvides, para que te sirva de acicate, que nadie le da patadas a un muerto. Hay que estar vivo, muy vivo, para que otros se dediquen a golpearte.

Desde que escribí Apagada, me llamó la atención -entre otras cosas- que al blog siguieran llegando comentarios, los enlaces continuaran, y sobre todo…que varias personas se suscribieran. Eso devuelve las esperanzas hasta a la más apagada.

A partir de la primera botella, en octubre del 2011, he tenido problemas para actualizar. Algunas veces programé, otras pedí de favor que me dejaran diez minutos en una computadora. Le envié los textos y las fotos a una amiga para que ella los subiera cuando yo no podía… ni enferma dejé de escribir y buscar alternativas para publicar. Entonces, no será ahora –que puedo encargarme más de estas Botellas al mar– que renuncie.

Me alejé el tiempo necesario para leer hasta que los ojos dolieran, pensar cómo recuperar los pedazos míos que regalé y que pisotearon.

Conversé con los que quiero y respondí los correos necesarios. Fue bueno el silencio de la mayoría, sobre todo de quienes se supieron aludidos y desaparecieron (como debían). No más fantasmas.

Ya lo escribió Ítalo Calvino, en Las ciudades invisibles: El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

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