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Posts Tagged ‘sueño’

Francisco_José_de_Goya_y_Lucientes_-_The_sleep_of_reason_produces_monsters_(No._43),_from_Los_Caprichos_-_Google_Art_ProjectLa vida es sueño, escribió Calderón de la Barca. Y puso a rodar la idea. Desde entonces –y antes de entonces- se vive con la esperanza de que alguna vez, la realidad sea tal cual los sueños que pretendemos.

Imaginación. Ilusiones.

Pero también a veces recordamos que, como dibujó Goya, el sueño de la razón produce monstruos.

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leerHe llegado a pensar que con los libros tengo el estrecho vínculo que nunca he logrado con una pareja. A las letras impresas sucumbo con facilidad. Me impresionan, atrapan y seducen.

Leo en los parques, cafeterías, entre voces o silencios. Subrayo, anoto al margen, dialogo con los autores.

Cuando los ojos no pueden resistir más el cansancio del día, el sueño me encuentra sujeta a algún párrafo. Entonces apago la luz, pero antes acaricio el libro a mi lado. Duermo con él.

En estos días he tenido que revisar exámenes de ingreso a la Educación Superior. Aunque es agotador pasarse una semana – de 8:00 am a 5:00 pm- descifrando letras y palabras mal escritas… aunque todo eso resulte extenuante, me llevo un libro. Un libro como compañía y para no fijar en mi mente -de tanto leerlos- los deslices ortográficos.

Sentada, y con los papeles por leer encima de la mesa. La columna, la cervical, y hasta las pupilas amenazan al libro que sostengo encima de mis piernas.

Misael Moya, un compañero de trabajo que además es profesor de Historia del Arte y editor, y que sabe de mi pasión por la lectura, se aproxima curioso. No puede creer que aún en medio de la ráfaga de los exámenes, yo traiga un texto.

Él llega con su humor chispeante y provocador. Intencionalmente trastoca la posición del objeto y me dice: “A ver, chiquilla… ¿A quién tienes ahora entre las piernas?”

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Extra- vagancia

a63e6-alicia“Estás vaga, Tata” –dice mi hermano mientras señala hacia mi cama a medio tender.

Le explico que de todas formas duermo sola, ¿para qué quitar toda la sobrecama?

“Si esa es la justificación, mejor duermes en una cama personal”.

Me asegura que él, hasta cuando duerme solo, desnuda la cama entera. Y me recrimina porque yo -que soy mujer y debo tener más paciencia para doblar y desdoblar sábanas- solo lo haga a medias.

Regresa la noche siguiente. Yo he descubierto todo el espacio, pero ahora a mi lado hay un libro, y otra almohada que él supone me dispongo a abrazar.

Entonces mi hermano cambia, de todo su discurso anterior, solo una palabra.
“¡Estás más loca, Tata!”.

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Dice mi hermano que cuando escribo me transparento. Que si estoy triste, conmovida, o airada… todo lo transmito.

Algunos amigos advierten en mí demasiada sensibilidad, y sugieren que me endurezca para no sufrir cada una de las desilusiones.

Otro me dice que amo o detesto visceralmente. Que no hay términos medios. Y lo asegura porque sabe que me duele más que profanen a las personas que quiero, que el daño que pudieran hacerme a mí misma.

Yo los escucho a unos y otros. Sigo siendo muy sensitiva. Si veo un cuadro que me gusta, lo quiero tocar con los ojos, adivinar los trazos. Si hay una tarja o un busto, pongo mi mano para detallar mejor el relieve, las formas…

El mar lo he pretendido llevar en mis pulmones. Sucumbo ante una buena conversación. He caminado descalza por la arena, la yerba y muchos muros, porque necesito sentirlos.

Si leo y las letras me apasionan, no duermo para dejarlas entrar. Entonces siento que las palabras se me meten dentro del cuerpo. Es como si las sintiera debajo de la piel. No exagero. Lo peor es que –aunque muera de sueño o me sienta afiebrada- no quiero exorcizarme.

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Aprender a dormir

insomniorDice mi abuela que debo aprender a dormir. Me lo dice desde hace mucho tiempo. Lo dice exactamente desde que descubrió que ese es el peor momento de mi vida: el de dormir.

Me resisto. No me gusta dormir. Cuando los demás sueñan es cuando más quiero escribir, leer… aprovechar el silencio.

Desde niña dice mi abuela que me niego a cerrar los ojos y serenarme. Cuando bebé, el momento de irme a la cama (o a la cuna) era mi hora preferida para comenzar a llorar. Debí enloquecer hasta a los vecinos.

Con poquitos años quería engañar el sueño con alguna conversación. Hacía que mi abuela se acostara a mi lado para hablar un poco. De nada valían cuentos infantiles o historias de hadas.

Ahora tampoco valen de mucho el té, la música instrumental, ni el sueño desmedido que me invade a pleno sol o al despertar. Cuando le toca el turno a la cama no quiero –ni puedo- dormir fácilmente.

Si comienzo a leer un libro, me lo quiero terminar…y mientras más avanzo en la lectura más me cuesta cerrarlo en un “hasta mañana”. Si escribo, alguna nueva oración me ocupa cuando las luces se apagan.

Siempre me he negado a los peluches, pero me he dejado conquistar por el café. Además, alimento el insomnio cuando en vez de poner (o tratar de poner) la mente en blanco, la lleno de musarañas y me dispongo a repasar el día, posibles sucesos y posibles respuestas… y lo que se acorta entonces es mi posibilidad de dormir.

Soy proclive a mantenerme en vilo cada noche hasta que el agotamiento resulta desmedido y me rinde.

Pero yo que estoy grandecita (bueno, lo de grande es un eufemismo para indicar que soy mayor de edad). Yo que estoy grandecita, necesito saber si eso de aprender a dormir que me sugiere mi abuela, se enseña en alguna parte… para matricular y tomar par de clases.

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sleep… esa mañana ella no llegó a su centro de trabajo con el “buenos días” a punta de boca. Ella llegó, y cuando pasó la puerta de entrada miró hacia arriba. “Dios, por favor, mándame ganas de trabajar, que… ¡con las de dormir se te fue la mano!”

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DalíHabía que dar los medicamentos a los enfermos. En el hospital la enfermera siempre llama al acompañante, para que él se encargue de suministrar las pastillas a la hora exacta.

Aquel día ella debió tener mucho sueño, el desvelo de toda la noche anterior para cuidar los dolores de su hermana. Tal vez no lo pensó mucho, o creyó que la enfermera quería ayudar también a los que, desde las sillas, contemplan al aquejado sobre la cama.

Tal vez…lo cierto es que cuando la enfermera llamó: “El acompañante de la cama 17…” allá fue ella, muy dispuesta, y cuando le dejaron la pastilla en la mano se volteó, fue por un vaso de agua y –sin mirar a la enfermita, ¡se la tomó!

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