Delirios de abril

Te vi. Y lo declara casi con un vestido y un amor, como con Fito Páez: “yo no buscaba a nadie, y te vi”.

¿Dónde?

En mis sueños, anoche. Y en mis pensamientos, hoy. Te vi.

Y le recuerda los versos que moldeó Galeano, cuando trataba de espantarse un recuerdo enraizado: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”

Te vi. Estabas tú, una copa de vino tinto. Y un concierto. Ahora solo consigo pensar en ese sueño delirante, en esa canción, en la copa de vino, y en ti. Abro los ojos y está todo tal cual, menos tú.

Anoche bebí varias copas de vino. Y la música jugó con mi soledad. Debe ser por eso que te apareciste tú…

“Y cuando por la calle pasa la vida como un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo. Y grita: Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí.”

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Tu fantasma

“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

Benedetti

benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.

Te odio, mi amor

labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

 

(Solo porque me gustan las manos, y espero alguna vez, encontrar las que me acompañen, y despertar diciendo todo esto. Y ver, junto a otras manos, un atardecer, frente al mar)

Vestida de novia

vestido de noviaClarita, una anciana de más de 70 años, y a quien veo tan esporádicamente que hasta olvido vivimos en el mismo reparto, viene a decirme que soñó conmigo.

Me lo cuenta antes de las 12 del mediodía –para que se cumpla el sueño- me dice.

Y yo, que ni sueño conmigo misma salvo raras ocasiones, no entiendo cómo otros que apenas me conocen pueden soñarme.

Me dice que me vio vestida de novia. “Un vestido blanco que era un sueño”. Y bromeo con la idea de que claro, todo fue un sueño, ¿o no?

Y como ella impartía clases de Literatura le recuerdo: “Ya decía Calderón de la Barca que la vida es sueño”.

Y se pone seria, y me dice que en verdad me vio. Vestida de novia, un vestido que parecía hecho de espuma de mar.

El mar. Lo pronuncia y vuelvo a bromear con ella: “Mira que Alfonsina Storni también se puso un vestido y se fue en la espuma del mar, y no precisamente para casarse”.

Mis bromas le resultan pesadas, porque no me está hablando de despedidas, sino de comienzos. Pero yo no sé lidiar con asuntos de este tipo –del tipo: desconocidos para mí- si no es con parábolas y alusiones a textos.

Se suma a mis rejuegos: “Está bien, pequeña”, me dice con un tono maternal, casi. “Pero si mi sueño fuera cierto, recuerda también entonces a Dulce María Loynaz”. Y me recita de memoria:

Si me quieres, quiéreme entera,
No por zonas de luz o de sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
Y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
Quiéreme día,
Quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventada abierta!

Si me quieres, no me recortes:
¡quiéreme toda… o no me quieras!

Vallejo

cesar-vallejo“Vengo a verte pasar todos los días
vaporcito encantado siempre lejos…”

Y yo, aturdida, no sé cómo responderle al hombre que solo había visto en fotos. Y leído, leído sí, hasta no cansarme nunca. Por eso cuando amanece vuelvo a encontrarme con sus poemas.

“No te hagas la que está durmiendo,
recuerda de tu trovador;
que yo ya comprendo… comprendo
la humana ecuación de tu amor”.

No, no quise pasar por dormida, pero es que lo estaba… o al menos creía estarlo. ¿Mi amor? No tengo, tendía que ser alguien muy él para que yo decida compartir el café del desayuno, que es sagrado. Pero por un poema de Vallejo en las mañanas estaría dispuesta.

“Amor, ven sin carne, de un Icor que asombre;
y que yo, a manera de Dios, sea el hombre
que ama y engendra sin sensual placer!”

Ya voy…

“He soñado una fuga. Y he soñado
tus encajes en la alcoba”.

Porque me siente, dice, Más allá de la vida y la muerte. “Sí, te veo, te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible”.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma Yo no sé!
Son pocos; pero son Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”.

Vallejo. En las últimas noches aparece cuando creo estar dormida, y por instantes no sé si sueño, si deliro, si el tanto calor se troca en desierto y él viene a mí como un espejismo.

O sería porque aquella primera noche que lo vi, me dormí releyendo la crónica de Michel Contreras: Vallejo y yo, y las letras se me quedaron en la piel y aquellas palabras lo atrajeron.

Sí, seguramente fue por esto último que desde entonces no tengo sosiego. César Vallejo no me deja dormir.

“son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…”