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Posts Tagged ‘ternura’

Pepe y LucíaPodría ser la Lucía a la que canta Serrat, o alguna de las del filme homónimo de Humberto Solás. Pero esta, más pequeña y traviesa, apenas hoy cumple tres años.

Lucía escoge su ropa, no gusta mucho de los vestidos, y saca de paso a su mamá con las respuestas ingeniosas que halla frente a las telas.

Pide hablar por teléfono con su abuelo Pepe para contarle un sueño. Le dice “¿sabes qué? ¡me quedé encerrada en un castillo!” y detalladamente le narra que de esos muros la rescató su papá, que llegó a buscarla sobre un caballo blanco.

“Me tiene loco”, me cuenta orgulloso el abuelo. Ella es una de sus tres mujeres. El orden de los afectos queda repartido entre su esposa Mercedes, su hija Laura y ahora su Lucía.

La niña lo trae loco, sí. Y en él la locura se reparte en gestos desordenados, ojos brillosos como de primer enamorado, y ese nombre a punta de labios. Lucía.

Ella se ha convertido en un impulso más para vivir, para amanecer cada semana frente a la montaña de cartas que llenan el Acuse de recibo. Ella, su Lucía –no la de Serrat ni la de Solás, sino la suya- reclama a golpe de amor un espacio en sus entrañas.

En unos años quizás él le regale una edición de aquel libro que puso un día en manos de su hija Laura: Diarios de Ana Frank. Y otros muchos que tapicen las paredes de la habitación y del cerebro.

En unos años quizás él le cuente de la negra Pola, de su perro Popy, de Cuba de la Caridad, de los Beatles y su eterno Let it be… de Cienfuegos y las crónicas que él adereza cada vez.

Pepe. Ella le llama Pepe a José Alejandro Rodríguez. Pepe, como mismo le dicen sus amigos. Tal vez porque Lucía, con todo su ingenio y ternura, desde ahora advierte que cuando comiencen las confidencias, ella será más que nieta. Será también su amiga.

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Servando Cabrera--Arabesca, diosa indianaHay personas que me impresionan porque me quieren sin decírmelo. Al menos sin decírmelo explícitamente. Lo demuestran de alguna forma que logra penetrar en mi sensibilidad.

Me ha sucedido recientemente con dos profes que quiero mucho: Mercedes Rodríguez Y Miriam Rodríguez. Los nombres hasta se parecen (aún recuerdo mis enredos a la hora de citar a ambas para mi Tesis: Rodríguez, M. (2005) y no supe cómo salí de aquel trance de diferenciarlas en la bibliografía).

Recientemente conversé con la profe Mercedes, le pregunté por Alfonsina –ella tiene una nieta que se llama Ana Sofía, pero como le gusta la poesía de la Storni, quería que la nombraran Alfonsina. No logró el nombre, pero Alfonsina es, entonces, una suerte de código entre ella y yo para referirnos a la niña.

Le dije que iría a su casa, que tengo un café muy sabroso y lo quiero compartir. Me dijo: “Tú para venir no tienes que traer café. Te espero. Yo he querido deshacerme de algunos libros, materiales…y no los he botado pensando en ti, en que pueden servirte”.

Con la profe Miriam también hablé por teléfono. De crónicas, de mi maestría, de periodismo y de familias. Ya terminando le dije: “bueno, profe, y ahora que se reanuda la Serie Nacional, ¿quién gana, Villa Clara, Industriales… quién? Y me respondió que ella quiere que gane Industriales, siempre. “Pero si no ganara, entonces quisiera que el primer lugar sea de Villa Clara, para que tú estés feliz”. Quedé muda.

Solo personas de tanta grandeza pueden apartarse de lo que quieren, de lo que en primera instancia es bueno para ellas, de alguna adicción que las haya acompañado de por vida –ya sea libros o un equipo de béisbol- para pensar en mí. Las dos me impresionan y cada vez que hablo con ellas creo que robo, o al menos creo estarles robando: un pedazo de sensibilidad.

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