Geografías

“La añoranza es un cachorro dormido en una perrera doméstica”
Luis Sexto

 

En una tienda distante de su país natal, una señora de unos 75 años quiere conversar y no sabe, no encuentra, no tiene… con quién. Por eso comienza a hablar en voz alta -no por locura, sino en espera de un interlocutor. Y lo encuentra:

– Allá en mi tierra les gusta comer con más picantico. Yo soy del Oriente de Cuba, ¿saben?
– ¿De Santiago?
– No. De Holguín. Yo soy de Holguín. Allá hasta el queso sabía diferente. Y mi familia tenía unas tierritas. ¡Como me acuerdo de eso!

Cuando se está así de lejos -a un mar de distancia- un olor, un sabor, nos puede arrastrar ráfagas de recuerdos, y llevar una vez más a casa. Como un himno del desterrado, la añoranza de volver a los olores y sabores reales, queda latente.

– Yo hace 23 años que salí de allá. De Cuba…
– ¿Y hace mucho que no regresa?
– … Yo nunca regresé.

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Viaje al asteroide B-612

«Y él le preguntó al oído: “Mi amor, ¿dónde estabas?
Durante todo el tiempo que yo tanto te busqué”.
Ella le contestó: “Lo siento, es que estuve ocupada.
Aunque para serte sincera, ahora no entiendo en qué…»

Melendi

 

 Se estremeció todo: la tierra, el atardecer, los pájaros negros que iban todas las tardes en bandada al parque de ciudad…

Se estremeció el asteroide y sus tres volcanes: los dos que tenían fueguitos, y el que estaba en cenizas. Los tres volcanes se estremecieron con ellos dos caminando sobre el mismo suelo. El Principito supo, en cuanto la vio, que el proceso de domesticación iba a ser más difícil que con la zorra. Sin embargo, continuó sentándose un poco más cerca cada día.

El Principito supo también que aquella criatura iba a ser más llorona y sensible que la rosa de su asteroide. Sin embargo: “La noche se hizo día, pero no se fue la luna/ Se quedó a verlos, apoyada en el hombro del sol…”

Se estremeció ella: sus manos, sus colores, su mirada. Casualidad -pensó. Casualidad -le decían.

“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos, si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”. ¡Ay, Milán Kundera!

Si todo lo que dijo el viejo Kundera era cierto, y real, y otra vez cierto, ella morirá escribiéndole al Principito en cada pedazo de azul -como Julio Cortázar- que confía plenamente en la casualidad de haberlo conocido. 

alive

sangreSabe que vive porque la sangre le recorre caliente. Sabe que se desmorona porque la sangre fluye lento. Vive y se desmorona constantemente.

Un ancla. Hace años, cuando sintió que los destrozos le ganaban, le prestaron un ancla para que se sujetara bien a la tierra. “Porque andas por las nubes, con la cabeza en algún lugar lejano a tu cuerpo”.

Sabe que las palabras le salvan cualquier abismo. Y los silencios. Así tan contradictorio: palabras y silencios. Y de los dos tiene. Y sangre a veces caliente, a veces lenta, lentísima… Y ningún ancla.

But, she is alive

Anclada

anclaElla dice que yo ando por las nubes, que tengo la cabeza en algún lugar lejano a mi cuerpo.

Teme que yo cruce calles, puentes, salte y corra con un cuerpo sin cabeza. Ella no puede ir conmigo a cruzar las calles, los puentes, a saltar o correr porque nos separan más de 300 kilómetros. Me regala, pues, un libro de poesías en un intento –escribe- de alegrarme el alma. Y señala con lapicero una que “parece hecha especialmente para ti”: “No hay que lanzarse contra el muro/ más bien caminar a su lado/ susurrarle presuntos secretos/ no hay que lanzarse/ solo romper la botella.

Y me presta un ancla de plomo.

Ese, me dice, es su amuleto. Se lo dieron una vez, cuando ella tenía la cabeza muy agobiada, tanto que pensaba le iba a estallar. A mí no me estalla, no tengo ningún cartucho de C-4 dentro, pero la mía vuela y se queda flotando en algún pensamiento disperso también a más de 300 kms. Entonces ella me extiende su ancla de plomo y me la presta para –dice- yo pueda anclarme a la tierra.