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enrique-crucet-playitas-oriente— Necesito ver el mar.

— ¿Cualquier mar?

— Pues el mar es el mismo. En verdad, quiero el de La Habana, o el de Trinidad, pero como que “a falta de pan, casabe…” Necesito ver el mar.

En verdad ella pedía una foto del mar, aunque estaba necesitando -además de verlo- el olor, el sonido, el sentirlo en su piel.

Ella quería una foto del mar, y terminó sumergida en uno real. A kilómetros de su país natal. A kilómetros, pero… Es el mar. Y la inunda.

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Una historia escrita en y por Trinidad…

 

Hace poco leí que “lo mejor de los amigos es cuando nos regalan otros amigos. Obsequian pedacitos de vida”.

Uno de esos seres que la vida convierte en hermanos –a los que nos unimos aunque no tengamos igual mamá y papá- acaba de compartir amigos conmigo.

De un tirón me presentó a María Teresa, Lily, Ana Karla, Roberto, Saúl, Amaya, Alberto, Sol… y a Francisquito y a Ángel.

Con estos dos últimos conversé más y de ambos sentí la nobleza, la bondad, el cariño. Ambos son muchachos muy trabajadores. Les gusta la música, cantar, cocinar, comer. No pasaron por los predios universitarios ni conocen de blogs, post, enlaces, pero han sido dos de las personas que más me han impresionado.

Francisquito, por ejemplo, desafía el transporte y las distancias de Casilda a Trinidad para reunirse con sus amigos. Y por si por alguna razón no puede regresar esa misma noche y tuviera que dormir en casa de alguno de ellos, a la mañana siguiente despierta al amanecer para ir a desayunar con su familia, porque es tradición sentarse juntos a la mesa.

Ángel no viaja desde otro municipio, pero recorre largos tramos para llegar al centro de la ciudad, ver a sus amigos, salir, conversar, y envolverlos con sus ideas en varios proyectos.

El último fin de año lo pasó en el hospital, y no por enfermo él, sino porque la madre de una amiga tuvo un accidente y él la acompañó y no se movió de su lado hasta que la familia y otros amigos llegaran.

Me escuchó cuando dije que lamentaba no llevarme una piedra de las calles de Trinidad –porque están bien sujetas al suelo. A las muchas horas, cuando yo no recordaba ni lo exagerado de mi afirmación, llega Ángel con una piedra pequeña y me la regala: “¿No querías una piedra de Trinidad?”.

Así fue como de Trinidad me llevé entonces una piedra… y unos cuantos amigos nuevos.

 

 

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