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Posts Tagged ‘versos’

benedettiDespertó a medianoche porque creyó estar alucinando. Despertó con el susto de haberse confesado al aire, a las paredes, a la habitación vacía. Despertó asustada porque pensó estar enloqueciendo. “Corazón coraza”, se escuchó decir. Pensó que alguien preguntó: “¿Qué?” y en medio de la alucinación, volvió a hablar: “Benedetti”.

Se levantó y fue a tomarse un vaso de agua. No tenía sed, aunque recuerda haber dicho que tenía sed. Fue hasta la cocina, aun asustada, por un vaso de agua, para con él tragarse los otros poemas que traía en los labios.

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mujerPasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar,
fingiré una sonrisa como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.

José Ángel Buesa

 

Y mientras otra copa de vino se diluye dentro de mí, mientras otra vez escribo, edito y al final publico algo de dos. Mientras…

Quisiera diluir tu recuerdo con el vino. Que te fueras con el vino, desde mis labios hasta mi interior. Tragarte con vino. Quererte con vino. Olvidarte con vino.

Mas, no te nombro. No te acaricio. No te beso.

Y te vas diluyendo, al fin, poco a poco, sin saber que alguna vez estuviste en mi boca, en mis manos, en mi piel…

Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.

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labiosDespierto a medianoche y te hablo. No sé si estás despierto, ni siquiera sé si estoy despierta, pero te hablo. Se me escapa un pedazo de poema, y me preguntas qué nombres digo, qué digo, qué nombres… Y menciono a Dulce María Loynaz y a Carilda Oliver Labra. Me ves sin entender, sin entenderme, sin entenderlas. Te cito versos de cada una:

La Balada del amor tardío, de la Dulce María:

“Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?”

Y me guardo la palabra atardecer, y la escondo de todos, y de mí misma, porque los atardeceres son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe es un atardecer. Y no lo digo, solo lo escondo.

Y cito también Se me ha perdido un hombre, de Carilda:

“Yo pensando
en dónde está la mitad del cuerpo mío,
en quién va a cantar ahora para quitarme
el miedo,
en las veces que no nos besamos
y en las que nos besamos,
en sus ojos coléricos frente a la injusticia,
en ese silencio con que me responde,
en la herida que nunca le cosí,
en sus manos.”

Y me guardo la palabra manos, y la escondo de todos, y de mí misma, porque tus manos son irrepetibles. Eso creo, que si algo especial existe son tus manos. Y no lo digo, solo las escondo.

Miro tus manos, cada vez más nítidas, y no. Cada vez más cercanas, y no. Como los atardeceres. Efímeros. Efímeras.

Despierto a medianoche y te hablo. Me quedo repartiendo palabras al azar, poemas al azar, te busco al azar, y no hay nadie. No hay más nadie que yo –sola- en la habitación. No sé si estás despierto, no sé si existes. Ni siquiera sé si estoy despierta, no sé si existo. Mas, se me escapa un pedazo de poema, un atardecer, y tus manos…

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Jaime Sabines— ¿Qué hay de nuevo?

Ese fue su saludo. Y antes de dejarme responder, continuó: “Es que estás citando mucho a Benedetti”.

— Ah, ¿es eso lo que me preguntas? Pues ya sabes, mis inicios siempre son con Benedetti. Me vienen sus versos uno tras otro. Hay mucha ternura en sus poemas, es desbordante.

— ¿Y luego?

— Solo preocúpate cuando empiece a citar a Jaime Sabines.

— ¿Por qué?

— Porque me parece delirante. Tiene mucha intensidad. Es más sensorial. Es como pasar de las palabras a la piel. Me arrastra hondo.

— ¿Y alguna vez has llegado a Sabines?

— No. Por eso te digo. Si alguna vez sucede, preocúpate.

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chamaca mirando la luna“Ya casi es hora de que empiece a dedicarte mi insomnio”, escribió Benedetti. Y yo, que padezco de Benedetti… y también padezco de insomnio, lo anoté en mi agenda para si algún día tenía que dedicar mis desvelos.

Trato de dormirme, pero ya no sin mirar a la luna. A la luna, porque sabe de soledades, como yo. Y porque ella ha escuchado más poemas que los demás. Y sigue ahí. La luna.

Y sigo aquí. Yo. Tratando de dormirme. Y mientras las letras se entrecruzan, se mezclan, y me devuelven palabras no previstas, recuerdo que el cielo es el mismo para todos, y que tal vez alguien más esté viendo la luna. Abro mi ventana para un último verso. También Benedetti: “Te espero cuando miremos al cielo de noche. Tú allá, yo aquí…”

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soledadAhora que vuelvo a los insomnios, a las calles apagadas, al conversar hasta medianoche, hasta que la garganta duela. Ahora, que toco otra vez mis libros, los poemas tantas veces aprendidos, y los recortes de revistas literarias. Ahora y siempre, cuando Voy a dormir… y cuando no, vuelvo a Alfonsina Storni:

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tu, nodriza fina,
tenme prestas las sabanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lampara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas: bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes.
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides…Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

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Dalton

DaltonPara mí, en vísperas de mi cumpleaños…

Del mismo Roque Dalton que aprendí “Hace frío sin ti/ pero se vive”, descubro un poema que mañana no podría hacer mío.

Solo hasta hoy retendré estos…

27 años

Es una cosa seria
tener veintisiete años
en realidad es una
de las cosas más serias
en derredor se mueren los amigos
de la infancia ahogada
y empieza a dudar uno
de su inmortalidad.

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