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Posts Tagged ‘versos’

Cuántas veces subí las escaleras para mirar tus ojos, para hojearlos…

Y sigue subiendo, y sigue cayendo, ante el deseo de esa sola sonrisa.

Lo mira mientras ríe, le encanta que le encante esa risa de niño grande que llena todo de energía, como las famas y cronopios de Cortázar, como las noches estrelladas de Van Gogh, como las últimas líneas de una novela de Hemingway. Como él…

Lo mira como si fuere al mismísimo terco violinista que nadie conoce:

Contra todo pronóstico hoy existe/ un terco violinista que asegura/ que el amor nunca le resulta triste/ ni la existencia le parece dura.

Cada vez que descubre algo sublime, ella exclama con asombro: ¡Magia!

A él lo mira así cada día, como si fuera magia. Y es magia. Es magia poder mirarse en esos ojos, y sonreír con esa sonrisa.  

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 Él le cantó al oído: “Que el maquillaje no apague tu risa…”

Ella aprendió que cuando se cortan de tajo las risas, hay fisuras que el maquillaje no puede tapar.

“Aunque esta herida duela como dos…” y el corazón vaya haciéndose, otra vez, corazón coraza.

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Te vi. Y lo declara casi con un vestido y un amor, como con Fito Páez: “yo no buscaba a nadie, y te vi”.

¿Dónde?

En mis sueños, anoche. Y en mis pensamientos, hoy. Te vi.

Y le recuerda los versos que moldeó Galeano, cuando trataba de espantarse un recuerdo enraizado: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”

Te vi. Estabas tú, una copa de vino tinto. Y un concierto. Ahora solo consigo pensar en ese sueño delirante, en esa canción, en la copa de vino, y en ti. Abro los ojos y está todo tal cual, menos tú.

Anoche bebí varias copas de vino. Y la música jugó con mi soledad. Debe ser por eso que te apareciste tú…

“Y cuando por la calle pasa la vida como un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo. Y grita: Quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí.”

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“En ti pensé al ver a tres o cuatro niños que pescaban en el río. Un río que, aun tan sucio —o tal vez más por ello—, sigue siendo la metáfora perfecta de todo el tiempo que se va.

Sé que no tardarás en entender mi obsesión por el tiempo, especialmente ahora que mi tiempo eres tú”.

(Carta encontrada en un baúl)

 

Él volvió a colarse en sus sueños. Ella otra vez sintió cerca de su cuerpo las manos en las que conoció las caricias insospechadas, le escuchó hablarle con esa voz suya que le estremece aun, que la desgarra cada vez que se acerca y la nombra. Él lo sabe, que la nombra y la renace, que mueve algo muy hondo, que dejaron de verse cuando aun se miraban intensamente.

No sirvió de nada tratar de borrar los poemas, los libros, las fotos, las flores, las dedicatorias, los reencuentros, las palabras tan suyas y tan reales que ella se resistió a creer. Esas verdades –dijo él- que (cuando vienen de ti) necesito creer, y (cuando vienen de mí) tú crees que necesitas no creer.

Él sabía. Sabía que ella se negaba a pisar su suelo firme, y le repetía que ya ningún otro lugar debía ser su sitio. Él no le podía explicar por qué ella le resultaba tremendamente inexplicable. Y cada mirada suya se le antojaba digna de perpetuar en fotografía, y lo decía en todas partes y momentos: ¡qué fotos me estoy perdiendo!

Ella le parecía una bendición. Y las bendiciones –dijo- pueden ser no merecidas, pero sí siempre deseadas. Ella, la que nunca le dio la certeza de romper su soledad, de quedarse en su abrazo, de amanecer con hijos y aves. Ella…aun cuando le recitó aquel poema de Borges: Con qué puedo retenerte.

Se despidieron y rompieron contacto, pero no afectos. Quedaron solamente en pensamiento, en noticias de trasmano, en crónicas publicadas e inéditas, en un mar y una ciudad regalada.

Hasta la noche en que él volvió a colarse en su sueño, y ella sintió la despedida definitiva. Lo sintió tan cerca como la vez que –tras años sin verse- se reencontraron en una calle muy suya, detuvieron los pasos, se besaron y siguieron caminando en direcciones contrarias, como eternos conocidos.

Él volvió como en esa canción de Silvio: Pero cuando puedas, vuelve, porque acecha tu fantasma, jugando a las escondidas y yo estoy muy viejo ya.

Apareció como siempre le dijo que aparecerían sus mensajes: aunque tenga que enviar palomas o hacer señales de humo, me sabrás cerca. Esa noche ella lo sintió –tan lejos y tan cerca- que lloró dormida y lloró al despertar. No porque no estuviera, no porque se fuera sin besarla, sino porque sus palabras, las de esa noche, fueron las últimas: Nunca podré olvidarte, ni tú a mí, no importa lo que pase, lo sé.

Se estremeció tanto como el día que él le dijo: te dedico este libro y te dedico mi vida.

Al despertar buscó los periódicos, ninguno anunciaba su muerte, pero ella se sentía de luto. Y recordó la broma infame que él le hizo una vez: me moriré antes que tú solo para que seas tú quien escriba mi epitafio, y nuestra historia.

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Foto: Mary Ortiz, la amiga que me salvó el día

A Mary Ortíz, por la foto y recordarme el poema de la Dulce

 

 

Criatura de isla, como me describió la Dulce María Loynaz. Criatura salvaje que se refugia, de tanto en tanto, en algún pedazo de mar, que necesita el mar aunque sea dibujado en un papel. El mar…

 

“Rodeada de mar por todas partes,

soy isla asida al tallo de los vientos…

Nadie escucha mi voz, si rezo o grito:

Puedo volar o hundirme… Puedo, a veces,

morder mi cola en signo de Infinito.”

 

En frágiles versos la voz de la poeta (que renegaba de la palabra poetisa), se alza en las olas. Se pierde, naufraga, y siento que me encuentra y me renace. Necesito estas distancias y aquellos mares.

 

“Soy tierra desgajándome… Hay momentos

en que él me ciega y me acobarda,

en que el agua es la muerte donde floto…

Pero abierta a mareas y a ciclones,

hinco en el mar raíz roto.”

 

Allí, donde la mujer innombrable huye como una gaviota…Ahí no queda siquiera mi retrato. Yo quedo lejos, pero siempre, siempre, respiraré cerca del mar.

 

“Crezco del mar y muero de él… Me alzo

¡para volverme en nudos desatados…!

¡Me come un mar batido por las alas

de arcángeles sin cielo, naufragados!”

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Al-fon-si-na

Sucumbí al pedazo de mar que miró por última vez. Al que entró para no volver. Ella y el mar se fusionaron en uno…

“Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos… En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará… rodará…”

Sucumbí a sus letras, a las que entré y de las que no volví igual. Alfonsina… El mar…

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“Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,
auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.”

Borges

 

Él le escribió, sobre una calle, un poema de Borges:

“Te ofrezco cualquier agudeza que puedan contener
mis libros, cualquier hombradía o humor en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.”

Años después, en las paredes de la ciudad, amaneció escrito, con tinta roja y letras dispersas:

“Hace frío sin ti,
pero se vive.”

Todos acusaron a Dalton.

Ayer el viento lo agitó todo: las hojas secas del último otoño, las cintas de las películas mudas, las fotos de la posguerra…

porque así como todas las fotos de la guerra son la última foto,
todas las cartas de amor son la primera carta”.

Y se miraron por última vez en el ocaso, frente a los bancos de aquel parque que nunca recorrieron juntos.

“¿quién nos dirá de quién, en esta casa,

sin saberlo nos hemos despedido?”

Borges

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