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Posts Tagged ‘Víctor Manuel’

Gitana tropical, de Víctor Manuel

Le pidió: no me rompas. Y no la rompió, en verdad, solo la quebró en pedazos. Pero no la rompió.

Entonces tuvo deseos de pedirle: Rómpeme. Rómpeme para poder reconstruirme desde las cenizas, cual ave Fénix.

Le citó a Dulce María Loynaz:

“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!

Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

Entonces tuvo deseos de citarle a Pablo Milanés:

“Ámame como soy, tómame sin temor
tócame con amor, que voy a perder la calma.

Bésame sin rencor, trátame con dulzor
mírame, por favor, que quiero llegar a tu alma”.

Hasta que un día, después de llorar varios días seguidos, se despertó sin lágrimas, aunque aun se sintiera como vaso quebrado (casi vaso roto). Y ya no volvió a llorar. Ya no volvió a pretender que alguien armara sus piezas, ni volvió a citar ese fragmento del poema de Bonifacio Byrne que le recuerda que alguna vez estuvo “desecha en menudos pedazos…”

Tampoco volvió a cantar, con sus escasos trozos: “todavía no pregunté ¿te quedarás? Temo mucho a la respuesta de un jamás”.

… Solo le pidió: no me rompas.

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pintura de Víctor Manuel García (Cuba, 1897-1969)

48 minutos estuvimos hablando vía telefónica. A mí, que no me gusta quedar mucho rato pegada a esos aparatos, y sin embargo, fue una conversación tan amena que la sentí frente a frente, como si estuviéramos en un café, en un parque, u otra vez en la sala de su casa.

Hace tanto que dejamos de vernos que 48 minutos resultan pocos. Estamos en contacto, eso sí, por todas las vías digitales existentes. Yo necesitaba hablarle largo así, hondo así, con ese desgarro de sinceridad que tenemos desde niñas. Sí, desde que jugábamos juntas, desde que nos gritábamos de balcón a balcón para citarnos a conversar…y ya la mayoría de los vecinos sabían. Sabían que la lengua nos iba a doler de tanta “cháchara”, de tanto arreglar el mundo con palabras, de tantos temas acumulados. Los vecinos sabían, claro, que ella y yo podíamos ser diametralmente diferentes en nuestros gustos, pero que no había mejor amiga para mí, y que cuando nos reuníamos, desaparecía el silencio.

Hablamos. 48 minutos. El reencuentro queda cerca. Me dice de irnos a caminar, de las cervezas que beberemos en reunión familiar, de comidas, calles y plazas. El abrazo está en una vuelta de avión.

Terminamos de conversar y el mundo deja de estar quebrado, al menos por hoy. Lo que estaba roto ha vuelto a unirse.

“Sabía que lo que necesitaba con urgencia era conversar contigo –le digo. Me haces reír, me sueltas ráfagas de cubanismos, y me parece que estamos otra vez en el edificio, de balcón a balcón, cuando nuestras mayores preocupaciones eran jugar con fango, pelearnos por la raspa de harina, o ensayar caras de inocencia cuando tía nos preguntaba cuál de las dos había cortado su sábana a tijeretazos”.

Sí. 48 minutos.

Hace meses, tras otra despedida, escribí: “Ahí se iba un pedazo de país. Ahí se quedaba un pedazo de país”. Entonces y ahora quedaba la certeza de que “Los dos pedazos -algún día- se vuelven a conectar”.

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“Detrás de todos los gobiernos,
de las fronteras y la religión
hay una foto de familia,
hay una foto de los dos”.

Carlos Varela

 

Mi voz es de pura sorpresa. Su voz es más bien triste, disfrazada en una risa que sí le sale espontánea. Pese a las distancias, al lodo, la lluvia que lo moja, al mar que tiene cerca y que yo solo imagino, pese al abrazo que solo nos decimos y las lágrimas que nunca dejamos correr cuando hablamos, pese a todo, tenemos una conversación bastante normalita (in full cuban mode):

— Muérete de la risa. Escucha esto (y pone el celular en dirección a un amasijo de sonidos confusos, de instrumentos de viento). Imagínate, estoy en un parque y acaban de llegar los de la Banda Municipal de Conciertos, y ellos creen que tocan bien.

— ¡Ñooooo, pensé que como es el día mundial del Jazz, me ibas a sorprender con musiquita, y mira lo que me has tirao!

— ¡Ah, no, Tata, la de la onda rara esa del jazz eres tú! Yo qué voy a saber qué día es hoy, si ni he visto un almanaque. ¿Estás bien?

— Sí. Estoy bien.

— ¿Y vas a dar una vuelta hoy, a escuchar jazz en alguna parte?

— No. Me quedaré en casa.

— Cuenta, cuenta, que te conozco, ¿qué te pasa?

Y le cuento. Le digo todo (todo sobre unas manos y unos labios), como a un psicólogo que al final te extiende una recomendación (pero él no recomienda nada, solo sonríe). Y en voz más baja, casi en un murmullo, le pido: Dile a Mima. (A Mima, porque él sabe que Mima puede llevar mi diario más íntimo).

— ¿A Mima? ¿Qué le voy a decir, si ya olvidé lo que me dijiste? A ver, si lo repitieras de nuevo…

— Te divierte, ¿no? Te confieso que me pasan cosas muy raras, te las digo, y te divierte.

— Claro, mija, ya sabes lo que creo: que para acercarse a ti hay que ser suicida. Y no pensé que todavía quedara algún suicida en este mundo.

Seguimos hablando, ya entre carcajadas. Los de la Banda Municipal de Conciertos son insistentes en su repertorio destroza-canciones, y nos reímos.

— Hay un cuadro de Víctor Manuel que me recordaste ahora mismo.

— Tú y tus rarezas.

— Sí, mira, porque la niña tiene la cabeza sobre el hombro del niño. ¿O eran jóvenes y no niños? ¿Eran hermanos, acaso? No sé, tengo que volver a verlo…

— Ya me voy, Tata. Me tengo que ir.

Y antes de que yo pueda abrir la boca y despedirme (en una despedida normalita, de las que llevan besos y abrazos), cuelga. Cuelga porque él se sabe mi Cuba y mi bandera, mi Habana y mi Santa Clara (como en la Foto de familia, de Carlos Varela). Y él nunca se ha podido despedir de mí…

 

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