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Posts Tagged ‘Villa Clara’

poemamanosRegresar a la universidad de donde me fui graduada hace cinco años, y de donde me fui luego de impartir clases por cuatro años más, me hace pensar que en verdad no regreso. Nunca me fui.

Ya cantaron antes esto que hoy hago mío: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”

Volver. Y reencontrarme con un maestro de la crónica que admiro y adoro, y escucharle decir que “La crónica es un género epiléptico”. “La crónica es el eco de las cosas en mí”, y que “El periodismo es más que palabras”.

Periodismo. Palabras. Crónicas. Remembranzas. Conmoverse.

Vuelvo a los viejos pasillos, a la biblioteca central, a esconderme en mis recuerdos –incluso los que parecían perdidos, se tornan nítidos.

Vuelvo. Y quisiera creer que dentro de unos días no me voy. Que nunca me he ido. Que nunca voy a irme del todo.

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carril de trenEl día que conocí a mi hermano yo tenía tres años. Cuentan que me llevaron hasta el hospital materno porque en la familia algunos temían mi reacción, y no querían esperar más. Que si me pondría celosa. Que si querría mantener mis privilegios de hija única…

Todas las dudas se disiparon estruendosamente cuando la prima que iba conmigo, de mi misma edad, se asomó para verlo y yo empecé a gritar para todo el hospital y un poquito más allá: “¡No! ¡No lo veas, que ese niño es mío!” Y tuvieron que sacarme a rastras, y en medio de mi gritería.

Desde ese momento marqué espacios y territorios alrededor de alguien cuyo cariño, 24 años después, aún reclamo me pertenece.

Fue mi compañero de juegos. La única vez que le he roto la cabeza a alguien –literalmente, del verbo romper y del adjetivo ensangrentado- fue por defenderlo. Tenía yo unos 8 o 9 años y un niño de más tamaño que él le estaba pegando. Yo estaba bailando ula-ula. Y así sería el golpe que le propiné, que la cabeza del otro chiquillo se rompió, y mi ula-ula ni se enteró…

Cuando tuvo la primera novia yo todavía conservaba mi ula-ula… pero no sucumbí a romper más cabezas porque eso de besarse no me pareció para tanto… (Sí, porque debo admitir que mi hermano tuvo novia antes que yo novio. Y me resistí a admitir que nuestro tiempo de jugar cartas, dominó, ir al cine o al estadio de béisbol, fuera compartido con una desconocida…)

Luego a él le tocó hacerse pasar por novio mío –fue el último “novio” que tuve- por tal de que algunos infames me dejaran de coquetear. Pero esa es otra historia, que nos valió que en una cena de fin de año, en casa de unos amigos de mis padres, el anfitrión se acercara a mi papá para decirle: “Oye, ¿tú estás seguro que Leydi sabe que él es su hermano? Yo creo que no se ha enterado, pobrecita…”

Así crecimos. Separados a veces. Juntos otras. Siempre hemos tenido complicidades muy nuestras. El jarro de aluminio que echamos a perder derritiendo azúcar, el grafiti en la pared, el robo de chicharritas o papas fritas antes que se sirviera la comida… Y más de una vez hemos acudido al Fuenteovejuna –sobre todo cuando nuestros padres buscaban al culpable… y los dos parecíamos tener una aureola sobre la cabeza.

Cuando voy a casa de mi abuela paterna, mi tía me pide que hable de otra cosa que no sea mi hermano. Dice que no es posible que cuando dejo de verlo dos días ya empiezo a soltar palabras a tontas y a locas, a decir que lo extraño.

Pero es que… Una madrugada desperté bañada en llanto por una pesadilla horrible de creerlo muerto. Y me prometí que no se me quedarían palabras por decirle –como espero no se me queden con otras muchas personas. Desde entonces no escatimo en los te quiero y abrazos que le corresponden. Y de vuelta le reclamo el beso en la frente que tanto adoro.

Y le digo que es lindo. Y lo riego por toda la familia como un virus contagioso: “¡Qué lindo es mi hermano!” y todos saben que eso –particularmente en mí- es sinónimo de: “¡Como quiero a mi hermano!”

Una de las últimas anécdotas que tenemos –al menos de las contables- sucedió hace unos meses. Me dijeron: “¡Como te pareces a tu hermano!” Miré hacia él y le dije: “Oye eso, Tati, me acaban de decir que soy linda”.

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UrquiolaAcabo de leer Bendito sea el verde, de Michel Contreras. Y no escapo a la certeza de que como yo, muchos estuvieron pendientes del juego de anoche, Industriales– Isla de la Juventud, solo porque la derrota de Industriales también suponía la de Pinar del Río.

Leo a Michel. Escribe que cuando ve a Urquiola, Duarte, a Pinar… le viene a la cabeza el código de honor del samurai:

“Había llegado casi sin resuello a la recta decisiva del torneo. Nadie apostaba un duro a sus opciones, golpeado como estaba en cada hueso. Sin embargo, se acordó de su estirpe vencedora, ganó ocho de los últimos nueve desafíos y solo dio su espíritu en la raya, sobre el último out del Industriales -Isla de este jueves.”

Sí. Yo también pensé en Urquiola. Y en los villaclareños que han reforzado ese equipo. Vi el partido junto a mi papá, mi hermano y mi abuelo. Volvimos a ganarle en audiencias a la telenovela de turno. Postergué mis lecturas.

Sufrí la derrota de Industriales por primera vez. Por primera vez hubiese querido que esos azules capitalinos no se poncharan, se robaran todas las bases, batearan de hit y jonrones. Un jonrón. Justo eso demandé cuando faltaba un out para terminar. Llegó el out. Nunca llegó el jonrón.

Recordé a una amiga que vive en Villa Clara y nació en la Isla de la Juventud. La última vez que la vi me dijo que su equipo es Michel Enríquez, que cuando él sale al terreno a ella le invade la certeza de que todo irá bien. Mentalmente le pedí disculpas por no apoyarla esta vez. En cualquier otra circunstancia yo apoyaría al que juegue contra Industriales.

Anoche, después del out 27, en mi casa había silencio. Parecía que el que había quedado camino a la postemporada era nuestro Villa Clara. Silencio.

Ahora leo a Michel Contreras. Me encuentro en muchas palabras suyas. Sí, bendito sea el verde:

“Con los spikes bien puestos, cabría decir que amarrados con cordones de acero, el monarca deja vacante el trono. Pero nadie hace mofa de su muerte. Por medio hay un respeto que no alcanzo a definir en estas pocas, admiradas palabras a modo de epitafio para el guerrero verde -Ronin occidental- que se ha ido con todo el decoro de este mundo”.

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estadio Sandino

Foto: Carolina Vilches

A un tal Charly, por esta divina pasión que nos hermana.

Regresar otra vez a las gradas del estadio Sandino me hace recordar las tantas veces anteriores, cuando quedar ronca no era mayor riesgo que perder un partido.

No conservo con nitidez mi remembranza primera, la que desató la serie de visitas que sucedieron continuamente, temporada tras temporada. Mi seguridad es solo una: antes de aprender a escribir, leer, o reconocer los números, mi padre me inició en la sagrada pasión por el equipo de pelota.

Me llevaba entonces sobre sus hombros, y así estuvo el tiempo necesario hasta que yo sintiera el béisbol correr por mis venas. Juntos disfrutamos las congas, los coros, las “olas”, los aplausos. Los robos de base, los hits, jonrones…

Muchas veces me desalenté porque el Villa Clara perdía la temporada, y al dolor de la derrota predije que no volvería a un partido en vivo. Sabía que mentía. Sabía que, como quien cae en el marasmo de la droga, siempre regreso, año tras año, como todo aficionado que no puede dejar vacante su insigne puesto de décimo jugador; y batear, pitchear o dirigir la novena allá, desde las gradas.

Todos mis instantes de tensión, de alegría, de tristezas por un equipo de pelota, han ocurrido en un solo estadio; el Augusto César Sandino de Santa Clara.

Incluso mis únicas fugas del preuniversitario no fueron para ir a casa a comer algo o descansar, sino para llegar al estadio en plena etapa semifinal y sentarme en algún puesto lejano de home –donde las cámaras no hicieran evidente mi escapada- y sentir la adrenalina de un juego de pelota.

Años después descubrí a más de un coterráneo que ha vibrado en esas gradas hoy pintadas de naranja. Como mi amigo Charly Morales, que me asegura el Sandino es su templo, ese espacio donde él puede irse a meditar, a rezar casi, a disfrutar cada jugada, y a sufrir.

Una vez me dijo: “Villa Clara no gana la pelota desde mi secundaria, y para mí es y será el mejor equipo del mundo, porque el amor cuando es de verdad no admite teoremas…”

Por eso cuando luego de 18 años el equipo volvió a alzar el título nacional, y yo me sentí mejor que el día de mi cumpleaños y el de mi graduación juntos, en la primera persona que pensé fue en Charly.

Quién sabe cuántas veces coincidimos en ese templo sin saberlo. Sentados quién sabe a qué distancias, pero vibrando por el mismo motivo. La pelota une.

Dijo Carlos Tabares que los peloteros cubanos dejan la piel en el terreno. Desde las gradas, cada aficionado también deja la piel. En el Estadio.

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Chantajes

arena de marÉl es la única persona que explícitamente me ha pedido no aparecer en este blog. Dice que lo conmuevo cuando escribo, y cita par de ejemplos.

Yo le desobedezco olímpicamente y con esta sumo tres botellas que le dejo. De esa forma le hago pagar a sorbos el haberme puesto los nervios en jaque años atrás, cuando yo era estudiante.

Deduzco, además, que puedo chantajearlo con la sola idea de tejer palabras por él y publicarlas aquí. Le escribo un correo, un mensaje, y lo llamo por teléfono. En esa trilogía le hago saber que si sospecho que se está olvidando de su Santa y Clara ciudad, y de la amiga de las botellas, le lanzaré una que le estremezca las entrañas.

Me responde en medio de una reunión y ahí mismo, entre tantos presentes que le rodean, me pide paciencia y que no le arroje el botellazo, que enseguida me llama.

Conversamos. Y él cree que se ha librado de aparecer en el blog. No escapa, no. Escribo. Hay personas que son tan medulares en mi vida que no las puedo omitir de mis trazos. Él seguirá pidiendo -en vano- que la botella no lo roce, y yo seguiré -una y otra vez- consumando mis chantajes.

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Higinio VélezHiginio Vélez, Comisionado Nacional de Béisbol, ha puesto el zapato encima del reglamento de ese deporte, aprobado en su presencia y explicado por él mismo en el programa Mesa Redonda de la televisión cubana… y de paso, dio una patada a la ética beisbolera (aunque el deporte que dirige sea béisbol y no futbol).

Este domingo, justo en el primer inning del último juego de la subserie Villa Clara-Ciego de Ávila, el pitcher abridor Vladimir García lanzó la pelota encima del bateador Ramón Lunar y claro, lo golpeó.

Como Lunar jonroneó dos veces el día anterior, y en la conclusión de otra Serie Nacional -luego de atrasar tantas veces el juego por lluvias, cuando al fin se reanudó, al primer lanzamiento del propio Vladimir García, Ramón Lunar le dio el batazo definitivo- y en otras ocasiones García le ha propinado pelotazos a Lunar… Con todos esos antecedentes el árbitro principal, Lorién Lobaina, determinó que el pelotazo había sido intencional, y expulsó al pitcher del terreno.

Roger Machado -director de Ciego de Ávila- y el delegado Raúl González, en la protesta también resultó expulsado por Lobaina, y la decisión de los avileños fue recoger los maletines (literalmente) y abandonar el estadio –aún a sabiendas de que estaban en el octavo lugar de la tabla de posiciones y por tanto, a riesgo de salir de la zona de clasificación.

El juego no fue televisado, solo estaba siendo transmitido por la emisora villaclareña CMHW, en cadena con la avileña Radio Surco. Por eso no entendí cómo Higinio Vélez, desde su casa en La Habana, pudo hacer uso de su “imparcialidad” cuando lo llamaron por teléfono, pedirle a Roger Machado que el equipo de Ciego debía volver al terreno, y de paso decidir –desde su casita de La Habana- que el árbitro Lorién Lobaina debía ser sustituido.

¡¡¡!!!

En el Reglamento que el propio Higinio Vélez presentó y explicó a inicios de esta Serie Nacional, se establece que en estos casos de protestas, cuando el equipo abandona el terreno tiene un margen de 5 minutos para regresar a jugar, de lo contrario, se declara como ganador al equipo contrario. Este domingo el equipo de Ciego de Ávila estuvo ¡28 minutos! con los maletines recogidos, y no se aplicó el Reglamento. Incluso Ramón Moré –director de Villa Clara- reclamó la demora, pero no procedió, porque Higinio estaba in situ pisoteando el Reglamento, y él es el que manda…

Por cierto, el mismo Reglamento establece que un árbitro principal solo abandonará el terreno si se siente mal (y en esta ocasión Higinio Vélez desde su casa en La Habana, sin presenciar el partido, había sustituido al principal Lobaina, por Blas Guillén). Desde la emisora radial, el narrador Normando Hernández, alarmado por lo que estaba sucediendo, afirmó irónicamente: “sí, seguro que la Comisión Nacional enfermó a Lorién Lobaina”. El mismo narrador explicó todo lo que estaba sucediendo en el banco del equipo y de la llamada que Vélez realizó a Roger Machado.

Los miles de espectadores que ocupaban las gradas se preguntarían dónde estaban los valores éticos y morales, cuando entre ellos tenían niños presenciando aquel espectáculo. Ellos habían pagado para entrar al estadio Sandino a ver el juego, y ahora estaban siendo burlados.

Después de 28 minutos el equipo avileño tuvo deseos de jugar, y ya Higinio Vélez, desde La Habana y con toda su “objetividad” e “imparcialidad” había “arreglado” el juego y el Reglamento…

Mientras la autoridad conferida a ese señor le sirva para jugar a ser Dios y pasar por encima de las leyes establecidas –del reglamento común para todos- y puede decidir quién tuvo la razón sin presenciar el partido…Mientras Higinio pueda quitarle la autoridad a un árbitro en medio de un juego de pelota y echar por tierra la ética…

Mientas eso pase, me va a seguir pareciendo que todos los aficionados del estadio, los peloteros, y hasta los que van a vender maní, todos absolutamente todos, son simples marionetas cuyos hilos mueve Higinio Vélez, amparado en su máxima figura de Comisionado Nacional de Béisbol. Entonces cada partido me va a parecer al Coliseo romano, cuando los gladiadores antes de enfrentarse miraban al César y decía: “Ave, César, los que van a morir te saludan”.

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gatito_shrekLa noche estaba para no perderse. En el estadio Sandino de Santa Clara se jugaba el último partido de béisbol de la subserie Villa Clara- Industriales.

Anabel, Beatriz y Luis Yaim acordaron verse media hora antes en las afueras del estadio. Él no llegó –o no coincidieron en tiempo- y ellas, a la altura del tercer inning, se propusieron localizarlo.

Como Anabel estudia el 5to año de Periodismo y se ha pasado todos estos meses redactando su proyecto de Tesis, ideó una estructura de plan, más o menos así:

– Tema: La pérdida de un compañero de grupo (5to Periodismo) en el estadio Sandino.

-Objetivo general: Encontrar al susodicho.

-Objetivos específicos:
1- utilizar cualquier recurso disponible
2- falsear los datos del muchacho, a fin de que pasara por un niño de 9 años, para conmover a los presentes y no se negaran a ayudarlas.

Hipótesis: Luis Yaim estaba escondido en alguna parte del estadio para no compartir con ellas las rositas de maíz que seguramente estaba comiendo.

Categorías analíticas: estadio Sandino, Luis Yaim… (y para más dramatismo añadieron otra) niño perdido.

Decidida a no fracasar, Anabel subió a la cabina de transmisión para pedir un favor que comenzaba con una introducción parecida a la historia de Hansel y Grettel: “Compañero, mi primo de 9 años vino conmigo al estadio y se me perdió. Ahora no sé en qué parte está”. Y para emocionar al tipo, puso cara de lástima –casi de llanto- para añadir: “¡debe estar tan asustado!” Y para si el locutor todavía tenía dudas de lo que debía hacer, le soltó: “Si usted pudiera llamarlo por el audio…”

El hombre se conmovió, aconsejó que no debía mencionarse que se trataba de un niño de 9 años porque ya estaba grandecito, que más efectivo para todos era sugerir que era un niño pequeño, y que en caso que eso no resultara, le dijera para movilizar al cuerpo de policías del estadio.

Entonces el locutor tomó el micrófono, abrió el sonido externo y retumbó con su voz al Sandino y un poquito más allá:

“Al niño Luis Yaim Martínez que está perdido en este momento, su prima lo estará esperando a la salida del estadio, frente a la guagua del control remoto”.

“Repetimos. Al niño…”

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