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Posts Tagged ‘Yaima Puig Meneses’

niña con corazón“En una ocasión fue a verme junto a su esposo, yo los esperaba cerca del mar, y el viento estaba frío. Mis brazos estaban igual que el viento. Cuando se acercó para el abrazo, se zafó la única prenda que podía servir de abrigo y me la dio. Meses después supe que ella es reacia al invierno, que al menor aire frío se congela, sin embargo, aquella vez prefirió cubrir mis brazos antes que los suyos.” (Quien a ternura mata…)

No es por ti, hermana, que escribo un post tan desolador. No es por ti, que has sido Atlas y mapa, y escudo contra la desazón del mundo. Aunque mis depresiones me hayan alejado y termináramos sin encontrarnos esta vez.

Esta es solo una vez de muchas veces que serán. Y entonces nos veremos, y seré más fuerte y estaré menos dolida –a fuerza de pasar tantas veces por las mismas traiciones y heridas- y nos abrazaremos. Y dirás que me quieres sin tamaño. Y te diré que te quiero mucho, un montón, un chingo –como aprendí a decir en México.

Te veré, para que se repita una escena como esta: “Estoy perdida, lo sé -le digo, o me dice. Y aunque el niño no me reconozca cuando me vuelva a ver, entre mi hermana y yo no caben ausencias, ni olvidos. ― Estoy perdida, lo sé. ― ¿Perdida? ¡Tú y yo siempre estaremos encontradas!”

Tú me creciste en el momento justo, con el sobrino justo, con las palabras justas. “La palabra precisa, la sonrisa perfecta”. Y estás. Estás, sin importar latitudes y aunque caigan raíles de punta –me lo escribes, y yo lo sé sin leerlo.

Este, es cierto, no es el post del borracho que unió nuestras vidas. Es otro, como dices: con otras esencias, dolores, y nostalgias. Es otro, pero somos las mismas. Ya para las risas o para las nostalgias. Somos las mismas que nos confesamos nuestros desvelos aun en la distancia.

Suscribo, letra a letra: “Ella asume el lugar de hermana mayor que por cariño le corresponde (…) Ella es, además, uno de mis Atlas –esto es, como el gigante de la mitología: una de las personas que sostienen mi mundo”.

Y vuelvo a tu blog y al mío. Como escribí un día: “Yo también regreso a sus Tintineos una y otra vez, hasta no cansarme. Hasta aprenderme el camino de sus letras. Hasta convencerme de que hay adicciones más fuertes e ineludibles que al café. Adicciones a estrechar lazos con las personas que son tu amuleto, tu Atlas, tu familia”.

Y a la familia, hermana, no se le olvida ni se le escriben post hoscos y desalentadores. Ese tipo de letras, definitivamente, nunca será por alguien que tanto quiero. Nunca será por ti.

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hermanasMi hermana me pregunta constantemente: ¿Cuándo vendrás a abrazar a tu sobrino? ¿Cuándo, cuándo?

Ahora me envía fotos del primer mes de Marcelo, de su segundo mes… y me hace volver a contar en semanas. Y decir, orgullosa: ¿quién pensaría que este niño es sietemesino?

Me hace recordar aquellas veces que el bebé aún estaba en su vientre, y yo le exigía, con ese mismo reclamo que ella hora retoma: ¿cuándo, cuándo?

Yo, pidiendo que escribiera para su blog, porque quería leerla. Y una y otra vez le preguntaba, a manera de ultimátum casi: ¿cuándo, cuándo?

“Estoy perdida, lo sé”. Le digo, o me dice. Y aunque el niño no me reconozca cuando me vuelva a ver, entre mi hermana y yo no caben ausencias, ni olvidos.

― Estoy perdida, lo sé.

― ¿Perdida? ¡Tú y yo siempre estaremos encontradas!

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MarceloTe quiero. Serio, vehemente, tempestuosamente. Te quiero.

¿Sabes? Temo a la oscuridad. Caminar sola de noche me pone muda, tímida, escurridiza. Sin embargo, esa noche regresé a casa muy tarde, cuando la ciudad se disponía a dormir, solo por conocerte.

Desde la ventana de tu sexto piso veía muy lejos las luces por donde yo debía transitar horas después. Me quedé un poco más para sentirte respirar, moverte, verme en tus ojos.

Te quiero. Y créeme, cuando digo te quiero soy vehemente. Es un te quiero que llevarás toda la vida, como una marca. Te quiero, Marcelo.

Hace exactamente un mes tu mamá me dijo que ya habías llegado. Mis nervios se confundieron con las lágrimas, porque todos te esperábamos dos meses después. Supongo que tú también sabes arriesgarte cuando quieres conocer a las personas que quieres.

Ansío tenerte en mis brazos. Besarte. Hacerte reír. Regalarte toda la música que tengo guardada para ti. Dedicarte más que estos dos libros que ahora te dejo. Escribir para ti…

Te quiero. Ya verás que no me cansaré de decírtelo. Te quiero.

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niño dormido Para Lourdes Urquijo Cabeza, graduada de tía el mismo día que yo

Me sorprendió la noticia porque el bebé se esperaba para el mes de abril. La última vez que lo sentí, jugaba a dar patadas dentro del vientre materno. Pero este lunes mi hermana me envió un breve texto:

“Hoy a las 7:25 nació tu sobrino, es prematuro…”

La quiero abrazar. Ansío verlo.

Hablo con su esposo, y me angustia saber que el niño tiene problemas para respirar y aún no puede estar en los brazos de la madre.

Mis nervios se crispan. Las lágrimas salen. Llamo alterada a casa. Le comento a mis amigos.

“Es normal”, me dice mi abuela. “Como los pulmoncitos estaban desarrollándose, es normal que lo estén observando bien y cuidando mucho”.

“A mi hijo también le sucedió, y mira ya lo grande que está” –me comenta una compañera de trabajo.

El mejor sietemesino que conozco, mi amigo Carlos Luis, me consuela más porque se muestra como ejemplo: “Tranquila, Ley. Los sietemesinos somos muy fuertes”.

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Ruta 20

imagesUn amigo me dice que el día de mi cumpleaños bien podrían instaurar la fecha internacional por del Día del Despistado.

Cita par de ejemplos con los que habría de convencer al más descreído de los jurados. La vez que casi llego a la azotea del cine porque entré por otra puerta a ver la película. El miércoles que trastoqué las fechas e interrumpí una reunión de escritores porque pensé que era martes de lectura de poesía. O el malecón que fue la única barrera que me detuvo de seguir caminando en busca de una dirección que quedaba en sentido contrario.

También me recuerda la tarde que en una conferencia de la universidad indiqué que “el estilo plátano”… en lugar de estilo plano. Y la mañana en que mi hermano pidió- para no variar- café. Me dispuse a complacerlo y agarré la cafetera grande de seis tazas. Demasiado tiempo después el café no acababa de colar. Mi hermano fue a comprobar y descubrió que yo no le había puesto agua a la cafetera. De milagro, por cuestión de minutos y del goloso de mi hermano, la cafetera no hizo ¡pum!

O cuando estuve en las montañas del Escambray. De lejos vi una blancura que coronaba la montaña y sin pensarlo dos veces dije: “Parece que allá arriba están cocinando, porque sale humito como de chimenea”. El fotógrafo a mi lado solo atinó a bajarme el brazo con el que yo señalaba a lo alto, para aclararme que aquel “humito” eran nubes.

Pero mi amigo cita como el cenit de mi desorientación la tarde que fui a casa de una periodista que vive cerca de la Ciudad Deportiva, y me dijo que para llegar podía ir en una ruta 20.

Caminé de la parada de 25 y G hasta el hospital Calixto García –solo porque una vez había visto una 20 pasar por ahí. Subí. La guagua retrocedió a la calle G, luego Línea, pasó el túnel de Línea… En ese trayecto iban quedándose muchos pasajeros… hasta que se detuvo en Miramar y bajaron todos. Yo, asombrada, miré al chofer y pregunté:

“Señor, ¿esta no es la 20?” Sí. “¿Y no va para la Ciudad Deportiva?” El hombre me miró con su mejor cara de desasosiego y me dijo: “quédate ahí, mija, que en cinco minutos nos vamos”. Subieron los pasajeros. Miramar, túnel de Línea, otra vez Línea, calle G… volvió a parar frente al hospital Calixto García… y en ese trayecto iban sumándose personas.

La ruta 20 hace un recorrido completo por Centro Habana, el Cerro… y hasta etcétera; y casi una hora después de haber iniciado el viaje, fue que volví a poner los pies en la acera.

Cuando al fin el chofer detuvo el ómnibus frente a la heladería World, miró hacia atrás, me buscó con la vista y dijo: “La muchachita de la Ciudad Deportiva… ¡es aquí, mi cielo!”

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bebé con botellaEn agosto mi hermana me anunció en un mensaje: “serás tía, estoy embarazada”.

Desde entonces aprendí que el tiempo se puede contar en semanas, me inquieto a la espera de cada análisis de sangre, y le pido una descripción de sus comidas, sus ropas y hasta horarios.

Me preocupa que su elevador se descomponga y tenga que subir los cinco pisos hasta su apartamento por la escalera, que los pantalones le aprieten y carezca de vestidos, que el almuerzo que consume para una sola persona no sea suficiente y entonces su bolso pese demasiado con meriendas, agua, refrescos.

Mientras, ella se inquietó por mi columna y mis crisis constantes desde hace meses. Me llamó para saber de mis dolencias y visitas al hospital. Cuando creyó que mi organismo era inmune a cuatro tratamientos, inyecciones y chequeos, se alzó como la mejor de las doctoras. No me dio prescripciones médicas, sino una advertencia: “pórtate bien y haz reposo, o no te dejaré cargar al bebé cuando nazca”. Suficiente. Mi columna debió entender alto y claro sus palabras porque heme aquí, casi lista para mi sobrino.

En todo este tiempo, la intranquilidad por saber el sexo del bebé me ha mantenido en vilo. Hasta hoy martes. “¿Cuándo, cuándo?” Volví a preguntarle una y otra vez. “El 11 de noviembre, si se deja ver”, me respondió siempre.

“Ah, es que quiero saber ya si seré tío o tía”, le dije a modo de chiste. Y otra vez: “¿Cuándo sabré si seré tío o tía? Y ella, con toda su carga de paciencia, sin mencionar el puñado de veces que me lo había dicho, volvía invariablemente: “el 11 de noviembre, si se deja ver”.

Hoy al fin supe. Feliz corrí a decirle a mi abuela que sería abuelo, y ante su extrañeza, le expliqué: “sí, Mima, mira el mensaje lo que dice”. Apenas el ultrasonido había terminado, mi hermana me avisó. Las letras formaban un pequeño texto que anunciaba: “serás tío”.

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Yaima

Yaima Puig— “Yaima escribe muy bien. Me gusta como lo hace. Es como si en vez de prosa fueran versos. A ella le gusta la poesía, ¿verdad?”

Asiento. Porque sé que mi hermana aprendió de memoria párrafos completos de El Principito, y eso le ha expandido su bondad. Y claro que le gustan todas las letras, y que eso de hilar palabras se le da bien.

Asiento, porque también me gusta cómo escribe, y esta confesión que me hacen me deja muda de orgullo.

Escucho- sin interrumpir- cada ejemplo con que ilustran la preferencia por su blog, y lo agradezco como si el elogio fuera para mí. Me reconforta que alguien más descubre en letras a un ser que quiero mucho, y la lea hasta las entrañas.

— “Siempre que puedo vuelvo a su blog.”

Le creo. Yo también regreso a sus Tintineos una y otra vez, hasta no cansarme. Hasta aprenderme el camino de sus letras. Hasta convencerme de que hay adicciones más fuertes e ineludibles que al café. Adicciones a estrechar lazos con las personas que son tu amuleto, tu Atlas, tu familia.

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