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Posts Tagged ‘nubes’

citas

atardecer

Foto: Alejandro Rodríguez Leiva

Él le dijo que estaban bajo la misma luna, el mismo atardecer… Y desde entonces, donde quiera que estén, se citan mirando al cielo.

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alive

sangreSabe que vive porque la sangre le recorre caliente. Sabe que se desmorona porque la sangre fluye lento. Vive y se desmorona constantemente.

Un ancla. Hace años, cuando sintió que los destrozos le ganaban, le prestaron un ancla para que se sujetara bien a la tierra. “Porque andas por las nubes, con la cabeza en algún lugar lejano a tu cuerpo”.

Sabe que las palabras le salvan cualquier abismo. Y los silencios. Así tan contradictorio: palabras y silencios. Y de los dos tiene. Y sangre a veces caliente, a veces lenta, lentísima… Y ningún ancla.

But, she is alive

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parque bajo lluviaNo sé si es por la sensación de que ocurre algo malo. O por la tristeza y el desamparo que nos invade.

Hoy varios de mis amigos me han escrito para contarme que están tristes. Que el día está gris. Que llueve y hace frío. Que añoran estar cerca de los que quieren.

También me pasa. Sumo mi cuota a las suyas. Compartimos canciones, fotos, frases, post, pensamientos…
Nos llenamos de letras en un intento de que las malas nubes grises no nos traguen.

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Papelazos

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVálgame Dios, después hay quien dice que son los campesinos los que van a la ciudad a pasar penas…¡qué va! Yo puedo dar fe que los de ciudad hacemos tremendos papelazos cuando nos dejan entre tanto verde.

Estuve en las montañas del Escambray recientemente para una cobertura del periódico. De lejos vi una blancura que coronaba una montaña y sin pensarlo dos veces solté: “Parece que allá arriba están cocinando, porque sale humito como de chimenea”. El fotógrafo a mi lado solo atinó a bajarme el brazo con el que yo señalaba a lo alto, para aclararme que aquel “humito” eran nubes.

Luego de una explicación del clima y la zona montañosa, durante el trayecto de regreso a la ciudad me mostró, una a una, todas las lomas donde había “humito”.

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LeydiNo soy perfecta, ni quiero serlo. Me equivoco y aprendo de los días malos. Ando medio despistada, abordo ómnibus hacia rutas que no son las mías, persigo personas porque tienen cierto parecido con algún amigo. Digo frases incoherentes cuando tengo mucho sueño, y hasta podría describir una palabra a fin de que alguien la pronuncie por mí, porque se me ha olvidado.

Anoto todas las pifias, incluso las mías, y me río de ellas. He viajado kilómetros por conocer a alguien, o por besar a alguien aunque luego no resulte Principito alguno. Pero al menos me arriesgo.

Me fugo de reuniones que han anunciado como importantes porque algún amigo me quiere ver. Me aburren las clases, todas, incluso las que he tenido que impartir. Pospongo mi horario de dormir por cualquier cosa. Abrazo perdidamente a las personas que quiero, esa es mi huella.

Me gusta del Periodismo hasta la palabra, aunque no me ciegue la pasión. Desconfío de quienes sí pueden hacer algo para que el Periodismo mejore y solo se limitan a criticar a los periodistas. Me desvela la hoja en blanco, ya acompañada de un lapicero o de un teclado.

Me entristece la traición porque deriva de la mentira. No soporto que me sonrían y elogien mientras inventan obstáculos para hacerme caer.

He escrito de mí hasta el cansancio porque, como decía Frida Khalo cuando le preguntaban por qué se dibujaba a sí misma, “soy lo que mejor conozco”.

Un día alguien, apenas conocerme, me preguntó si yo no temía dar una imagen ideal de lo que soy, si en lo que escribo voy yo o quien quisiera ser.

No quiero parecer mejor, le dije. De otra manera no publicaría mis faltas, mis despistes, las situaciones en que he quedado en ridículo. No diría, por ejemplo, que crecí creyendo que las semillas que me tragaba me saldrían por el ombligo, o de las penas que le hecho pasar a mi primo, que son antológicas. Ni contaría mis desastres en la cocina, o que mi madre creía tener par de hijos bobos porque mi hermano y yo nos perseguíamos por toda la casa como “conejo-lobo, lobo-conejo”.

Estoy, pues, lejos de construirme un pedestal. Pero sí me quiero, y por tanto me defiendo. Puedo quedar triste porque alguien que hasta hace días consideraba cercana me sonría cuando me ve y me maldiga cuando no estoy; o porque quien alguna vez quise se arme del propósito de lastimarme. Entonces me alejo, porque a fuerza de tropiezos aprendo que la hipocresía existe. La traición también. Y yo a veces tengo mala intuición y cuento de más a los amigos que sí son. Al fin y al cabo no soy perfecta, me equivoco.

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Anclada

anclaElla dice que yo ando por las nubes, que tengo la cabeza en algún lugar lejano a mi cuerpo.

Teme que yo cruce calles, puentes, salte y corra con un cuerpo sin cabeza. Ella no puede ir conmigo a cruzar las calles, los puentes, a saltar o correr porque nos separan más de 300 kilómetros. Me regala, pues, un libro de poesías en un intento –escribe- de alegrarme el alma. Y señala con lapicero una que “parece hecha especialmente para ti”: “No hay que lanzarse contra el muro/ más bien caminar a su lado/ susurrarle presuntos secretos/ no hay que lanzarse/ solo romper la botella.

Y me presta un ancla de plomo.

Ese, me dice, es su amuleto. Se lo dieron una vez, cuando ella tenía la cabeza muy agobiada, tanto que pensaba le iba a estallar. A mí no me estalla, no tengo ningún cartucho de C-4 dentro, pero la mía vuela y se queda flotando en algún pensamiento disperso también a más de 300 kms. Entonces ella me extiende su ancla de plomo y me la presta para –dice- yo pueda anclarme a la tierra.

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14

                                A mi abuela no le gustan los días 14.  Desde que pasó el tercer día 14 del año 2001 mi abuela no volvió a sonreír otro Día de las Madres.

Yo, que competía con todos en la casa para ser la primera en felicitarla cada segundo domingo de mayo, no reparaba en mirar insistentemente el reloj hasta que fuera medianoche, para subir en su cama y darle un beso.

Ahora no espero el final de esa noche de sábado. Más bien me da miedo el amanecer de ese domingo, y que mientras todos la feliciten, mi abuela se eche a llorar. Y yo no quisiera verla llorar jamás.

Dicen que desde que sabemos de la muerte, podemos asumir que los padres ya no estén un día, pero nunca asimilar la idea de sobrevivir a los hijos. Y debe ser verdad.

Mi tío, dice mi mamá, siempre fue muy inquieto. Ellos se iban juntos a empinar papalotes, y él se enamoró de las nubes. Por eso se hizo piloto,  y calmó a mi abuela: “De todas formas, vieja, hay más peligro manejando un carro que un avión, hay más posibilidad de accidentes en las carreteras”.

Las posibilidades son a veces absurdas. No, a mí tampoco me gustan los días 14.  Y siempre que se acerca el Día de las Madres recuerdo que un 14 de marzo arrebató para siempre el beso que en la medianoche yo le llevaba a mi abuela.

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