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estatua-y-farolaHace días que la hago la visita, elogio las fotos que pone en las paredes y le anuncio, porque siempre se lo anuncio, que me las voy a robar.

“Es que me gustan mucho”, me justifico. Como si fuera así de fácil, que todo lo que nos guste mucho nos lo robamos y punto.

Pero esta vez sí era así de fácil, porque ella colgó las fotos en las paredes del blog, yo lo visité y como en la entrada decía: Yo Me Mi pero…Contigo, pues asumí que ese Contigo era Conmigo y sin que nadie se diera cuenta cometí el delito. Y bueno, como en su cartel de bienvenida dice Contigo…y yo se lo había anunciado, puedo hacer pública mi fechoría sin temor a reclamos ni devoluciones.

invisible

MafaldaEsperábamos nuestro turno para almorzar. Habíamos pasado todo el día revisando papeles, estábamos exhaustos. Desde la puerta solo se adivinaba el arroz y los frijoles. Miré a una de las personas que me acompañaban, le pregunté si veía algo más.

Me dijo que la proteína, el “plato fuerte” de esa tarde, era una incógnita, que cuando estuviéramos más cerca sabríamos… Y con picardía me dice: “Ya tú sabes, aquí también lo esencial es invisible a los ojos”.

Triple

Cézanne--Mujer cafeteraA un profesor de Historia del Arte, para justificar el cuadro Mujer cafetera, de Cézanne…

(…)

Durante toda la semana pasada él me dio la porción de café que le correspondía. Me buscaba, o lo buscaba cuando repartían una taza de café por persona, y así me garantizó una sobredosis al menos por cinco días.

No me molestaba, al contrario, la consumía hasta la última gota, pero quise saber por qué me cedía sus derechos si otras veces nos sentábamos juntos a tomar café.

“Es que el médico me dijo que tengo gastritis –me dice- y que si abuso puedo terminar con una úlcera. Y hombre precavido vale por dos, y pendejo vale por tres. ¿Y sabes qué? Yo siempre he valido triple”.

Isa+No conozco a Isabela, solo sé que tienes 6 meses, es una niña muy llorona, ya los dientes le amenazan con salir –al menos tiene una picazón de encías que lo anuncia- y es la sobrina de Ny, la muchacha de los ojos a la N.

No la conozco más allá de las fotos que me muestra su tía. Mis brazos no saben si pesa mucho o poco, no sé si sonríe o ríe a carcajadas, si le gusta la natilla o la compota… pero quiero escribir de ella.

Le pido una imagen a Ny para poner junto a estas letras. Se demora. 15 días después del primer pedido, y casi a modo de amenaza le digo que si no me envía pronto una foto de la niña, voy a publicar una de la tía – o sea, de ella- y que ya tengo una selección hecha. Logro asustarla, se apresura a mandar esta.

La última vez que nos vimos Ny y yo, y la escuché hablar por teléfono con la niña, decidí escribir este post. No necesito comprobar el peso, la risa o los gustos de Isabela para saber que su tía se desvive por ella, que se desvela por ella, y que hasta quisiera hacer suya sus dolencias.

“Isabela de tía”, le habla. Y la sobrina, le dicen, sonríe a kilómetros de distancia. “Isabela de tía, mi niña, ¿cómo tú estás?” Y le pregunta cómo ha pasado el día, si ya comió. Todo, y como si la bebé le respondiera, se pasa largos minutos hablándole, y hace silencio para escuchar la respiración de la niña. Y vuelve: “Isabela de tía…”

Desde que su hermana estaba embarazada, Ny se acercaba a la barriga, la acariciaba y conversaba para que la bebé reconociera su voz y garantizar así un pedazo de cariño. Ahora que ya puede verla viaja para mecerla, la duerme, y acude personalmente o por teléfono cuando sus padres le anuncian que la niña está majadera y que necesitan que Ny le hable, porque han comprobado que su voz la tranquiliza.

“Isabela de tía, ¿cómo te estás portando hoy?”. “Isabela de tía…” la escucho y me pongo a pensar qué extraña conexión es esta que logra que el día mejore para ambas partes, porque la niña se calma, y la tía vence las nostalgias.

Let it be

Turn It OffMichel fue el primero en saber qué me sucedía. “Me acaban de decir -o de preguntar, no sé- en tono medio en broma medio en burla, que si mi blog es para causar celos a otros periodistas jóvenes, porque escribo mucho de ti, de Luis Sexto, de Pepe Alejandro, de la profe Miriam…”

Me acababan de sugerir, además, que podía escribir otras historias, las que escucho, y no hacer de mi espacio una suerte de “Leydi y sus amigos”. Aunque esa persona reconoció más tarde que quería conocer a la mayoría de esos amigos, periodistas o no, que le hubiese gustado estar en este o tal cual momento que yo narré…

“Let it be”.

En una frase, en una canción de The Beatles, en un consejo, en esas pocas palabras Michel me pedía cerrar un episodio y me alentaba a seguir escribiendo, en definitiva, de lo que yo quisiera.

Quiero. Quiero escribir porque me desahogo. No reescribía ninguna de estas botellas, ni las concebiría diferentes. Las hago sobre mis amigos, mi familia, de mí… y podría alegar muchas razones que quedarían invalidadas ante una muy concluyente: si las botellas las lanzo yo, entonces las lleno con las palabras que desee.

Pero en verdad, aunque nunca lo he confesado, escribo incesantemente de mis amigos porque tengo miedo. Miedo a que no me alcance el tiempo y se vayan o me vaya sin que sepan que los necesito, que los quiero, que los extraño.

También porque mis amigos, la mayoría, viven lejos de mí -a cientos de kilómetros- y yo a veces me siento sola. Ellos cumplen años y en lugar de entregarles un regalo les dejo una botella al mar. O alguno está triste y no consigo llevarle el hombro de otra forma que esta.

Pero el miedo me invadió en enero del 2012 cuando murió Julio García Luis. A él, con quien había conversado solo en pocas ocasiones, lo vi el día antes de fallecer. El impulso fue de abrazarlo, porque me había ayudado mucho en mi Tesis, por lo buena persona que era; pero el respeto pudo más que el cariño y me contuve. Horas después caminaba entre muchísima gente que también se quedaron con algo por decirle.

Desde entonces no escatimo letras para los que amo. Prefiero el riesgo de repetir nombres o pasar por algún diálogo incómodo, que el miedo a quedar en silencio mientras dejo flores sobre un sepulcro de mármol.

LeydiNo soy perfecta, ni quiero serlo. Me equivoco y aprendo de los días malos. Ando medio despistada, abordo ómnibus hacia rutas que no son las mías, persigo personas porque tienen cierto parecido con algún amigo. Digo frases incoherentes cuando tengo mucho sueño, y hasta podría describir una palabra a fin de que alguien la pronuncie por mí, porque se me ha olvidado.

Anoto todas las pifias, incluso las mías, y me río de ellas. He viajado kilómetros por conocer a alguien, o por besar a alguien aunque luego no resulte Principito alguno. Pero al menos me arriesgo.

Me fugo de reuniones que han anunciado como importantes porque algún amigo me quiere ver. Me aburren las clases, todas, incluso las que he tenido que impartir. Pospongo mi horario de dormir por cualquier cosa. Abrazo perdidamente a las personas que quiero, esa es mi huella.

Me gusta del Periodismo hasta la palabra, aunque no me ciegue la pasión. Desconfío de quienes sí pueden hacer algo para que el Periodismo mejore y solo se limitan a criticar a los periodistas. Me desvela la hoja en blanco, ya acompañada de un lapicero o de un teclado.

Me entristece la traición porque deriva de la mentira. No soporto que me sonrían y elogien mientras inventan obstáculos para hacerme caer.

He escrito de mí hasta el cansancio porque, como decía Frida Khalo cuando le preguntaban por qué se dibujaba a sí misma, “soy lo que mejor conozco”.

Un día alguien, apenas conocerme, me preguntó si yo no temía dar una imagen ideal de lo que soy, si en lo que escribo voy yo o quien quisiera ser.

No quiero parecer mejor, le dije. De otra manera no publicaría mis faltas, mis despistes, las situaciones en que he quedado en ridículo. No diría, por ejemplo, que crecí creyendo que las semillas que me tragaba me saldrían por el ombligo, o de las penas que le hecho pasar a mi primo, que son antológicas. Ni contaría mis desastres en la cocina, o que mi madre creía tener par de hijos bobos porque mi hermano y yo nos perseguíamos por toda la casa como “conejo-lobo, lobo-conejo”.

Estoy, pues, lejos de construirme un pedestal. Pero sí me quiero, y por tanto me defiendo. Puedo quedar triste porque alguien que hasta hace días consideraba cercana me sonría cuando me ve y me maldiga cuando no estoy; o porque quien alguna vez quise se arme del propósito de lastimarme. Entonces me alejo, porque a fuerza de tropiezos aprendo que la hipocresía existe. La traición también. Y yo a veces tengo mala intuición y cuento de más a los amigos que sí son. Al fin y al cabo no soy perfecta, me equivoco.

Travesuras

Jorge Arche--Primavera (o Descanso)¿Qué, nunca has saltado una cerca? ¿Ni has subido a un árbol?

Yo sí. Y en estos días he sentido ganas de nuevo. Solo una niña me detuvo. Aquello del mal ejemplo, ya sabes… Ella me estaba viendo y me cohibí.

Algunos padres no quieren que sus hijos –y menos sus hijas- hagan esas cosas. Yo lo hacía a escondidas, cuando me iba a jugar con mi hermano y los amigos de la infancia. Cuando se tiene una mirada angelical una puede burlar la vigilancia de los mayores.

También forzaba para que nos mandaran a mi hermano y a mí para casa de mi tía. Ella no nos quería juntos allá, decía que nos portábamos mal, que mi hermano era intranquilo y yo le reía todas sus gracias. Ahora que no tenemos que pedir permiso llegamos a su casa –a veces sin avisar- y pasamos al menos un día riéndonos y siendo irreverentes ante el trato de niños menores de 10 años que ella y mi abuela insisten en darnos.

Contra nuestros padres llegamos a desarrollar toda una estrategia para robar comida antes de que la sirvieran a la mesa. Uno de los dos, mi hermano o yo, entretenía a mamá o papá –el que estuviera friendo plátanos, papas… mientras el otro robaba para dos. Al final nos descubrieron, claro, pero muy al final, cuando ya habíamos hecho un desfalco a la comida familiar.

Pero ya no saltamos cercas ni nos subimos a un árbol, a menos, claro, que un toro nos persiga…

Seguramente nos estamos volviendo grandes… aunque para no actuar como las “personas mayores” que describió el Principito, de vez en cuando nos fugamos al estadio de béisbol (excepto cuando juegan Industriales y Villa Clara porque entonces no nos ponemos de acuerdo), o nos damos cita frente a la tele rositas de maíz delante para ver los partidos del Barça… o nos acostamos a hacernos cosquillas o vemos juntos una peli infantil, todo un bálsamo anti-mayores.

Nuestra travesura más inmediata y planificada será la semana próxima, :) el martes 14 de mayo celebraremos él y yo el Día de los enamorados. Pero sin parejas de por medio, porque el cake, el café, las pizzas, la cerveza ¡serán todas nuestras!