Michel fue el primero en saber qué me sucedía. “Me acaban de decir -o de preguntar, no sé- en tono medio en broma medio en burla, que si mi blog es para causar celos a otros periodistas jóvenes, porque escribo mucho de ti, de Luis Sexto, de Pepe Alejandro, de la profe Miriam…”
Me acababan de sugerir, además, que podía escribir otras historias, las que escucho, y no hacer de mi espacio una suerte de “Leydi y sus amigos”. Aunque esa persona reconoció más tarde que quería conocer a la mayoría de esos amigos, periodistas o no, que le hubiese gustado estar en este o tal cual momento que yo narré…
“Let it be”.
En una frase, en una canción de The Beatles, en un consejo, en esas pocas palabras Michel me pedía cerrar un episodio y me alentaba a seguir escribiendo, en definitiva, de lo que yo quisiera.
Quiero. Quiero escribir porque me desahogo. No reescribía ninguna de estas botellas, ni las concebiría diferentes. Las hago sobre mis amigos, mi familia, de mí… y podría alegar muchas razones que quedarían invalidadas ante una muy concluyente: si las botellas las lanzo yo, entonces las lleno con las palabras que desee.
Pero en verdad, aunque nunca lo he confesado, escribo incesantemente de mis amigos porque tengo miedo. Miedo a que no me alcance el tiempo y se vayan o me vaya sin que sepan que los necesito, que los quiero, que los extraño.
También porque mis amigos, la mayoría, viven lejos de mí -a cientos de kilómetros- y yo a veces me siento sola. Ellos cumplen años y en lugar de entregarles un regalo les dejo una botella al mar. O alguno está triste y no consigo llevarle el hombro de otra forma que esta.
Pero el miedo me invadió en enero del 2012 cuando murió Julio García Luis. A él, con quien había conversado solo en pocas ocasiones, lo vi el día antes de fallecer. El impulso fue de abrazarlo, porque me había ayudado mucho en mi Tesis, por lo buena persona que era; pero el respeto pudo más que el cariño y me contuve. Horas después caminaba entre muchísima gente que también se quedaron con algo por decirle.
Desde entonces no escatimo letras para los que amo. Prefiero el riesgo de repetir nombres o pasar por algún diálogo incómodo, que el miedo a quedar en silencio mientras dejo flores sobre un sepulcro de mármol.