Tratado

Es un trato. Acabo de firmarlo. Yo podría escribir de lo que quisiera sin que él lo sepa. Sin interrumpir. Sin titubear. (Bueno, eso último no lo garantizo. En verdad, hay pocas garantías cuando se vive bajo una pandemia que obliga a poner la vida en pausa -o cuasi pausa… A veces se titubea).

Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada… Pero ya eso lo dijo un poeta antes que yo. O que He dicho te quieros que no avalan los hechos. He hecho promesas que no voy a cumplir. Pero eso también lo dijo un poeta antes que yo.

Podría decir de añoranzas, y cuánto me preocupa que las suyas y las mías no pueda coexistir, porque yo, si me obligan, me robaré La Habana. Y no una. Muchas veces. La Habana, que es la metáfora perfecta del país más grande, al que regreso cada vez para volver a sentirme entera y no cortada en trozos.

A Cuba se va, a veces, en un poema, en un pedazo de mar en la Ermita de la Caridad, en una biblioteca en Coral Gables, en un café con una amiga en Miami Beach. Pero se vuelve… porque uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida.

Y yo soy eso: una bandera cubana doblada triangularmente como me enseñaron a doblarla en la escuela, un archivo con fotos familiares que no miro más allá de lo necesario, una llamada telefónica cada día para alimentarme de algo más que un plato de comida, unas cuantas cicatrices cosidas a mano, y un manojo de recuerdos.

Así ando por la vida. Como Chavela, también canto por no llorar. Y más de una vez he estado como Buika: jodida, pero contenta.

No.

No podría escribir todo eso porque se le correría al menos una lágrima y luego me volverá a preguntar si no me molesta que sea un poco llorón (como si eso fuera un agravio), y para girar un poco la conversación, seguramente me dirá: “porque como dicen que los hombres no lloran”. Él es un gran hombre y está por encima de ese y otros estereotipos, pero no sabrá qué más decir que eso: “porque como dicen que los hombres no lloran”. Y yo no sabré qué mierda decir para no mezclar sus añoranzas con las mías.

No.

Pensándolo mejor, escribiré de la mirada pícara que pongo cuando me salgo con alguna ironía, y que él no puede ver. O del labio que me muerdo cada vez que le suelto alguna de mis insolencias y tengo que aguantar la risa. O las veces que me he descubierto hablándole o respondiéndole algo que solo escucho en un video, sin percatarme que no puede escucharme.

O de las veces que lo he abrazado, y la vez que le pedí un beso en la frente.

De eso, y que me debe un almanaque apócrifo y un cupcake con velita. (No, mejor no hacer ningún reclamo… que se acuerde solo, si es que se acuerda…)

Pensándolo bien, mejor no escribo nada, porque si dejo constancia de todo esto, tendría que amanecer mañana con el espíritu de Sócrates a todo lo que da, y más sabinera que de costumbre, alegar que solo sé que no sé nada, y que lo niego todo.

2 comentarios sobre “Tratado

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  1. Tremendo botellazo…y en tiempo de pandemia🙂.Felicitaciones!

    El El vie, ago. 7, 2020 a la(s) 1:49 a. m., Botellas al mar escribió:

    > Leydi Torres Arias posted: “Es un trato. Acabo de firmarlo. Yo podría > escribir de lo que quisiera sin que él lo sepa. Sin interrumpir. Sin > titubear. (Bueno, eso último no lo garantizo. En verdad, hay pocas > garantías cuando se vive bajo una pandemia que obliga a poner la vida en > paus” >

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