hermanados

carril de trenEl día que conocí a mi hermano yo tenía tres años. Cuentan que me llevaron hasta el hospital materno porque en la familia algunos temían mi reacción, y no querían esperar más. Que si me pondría celosa. Que si querría mantener mis privilegios de hija única…

Todas las dudas se disiparon estruendosamente cuando la prima que iba conmigo, de mi misma edad, se asomó para verlo y yo empecé a gritar para todo el hospital y un poquito más allá: “¡No! ¡No lo veas, que ese niño es mío!” Y tuvieron que sacarme a rastras, y en medio de mi gritería.

Desde ese momento marqué espacios y territorios alrededor de alguien cuyo cariño, 24 años después, aún reclamo me pertenece.

Fue mi compañero de juegos. La única vez que le he roto la cabeza a alguien –literalmente, del verbo romper y del adjetivo ensangrentado- fue por defenderlo. Tenía yo unos 8 o 9 años y un niño de más tamaño que él le estaba pegando. Yo estaba bailando ula-ula. Y así sería el golpe que le propiné, que la cabeza del otro chiquillo se rompió, y mi ula-ula ni se enteró…

Cuando tuvo la primera novia yo todavía conservaba mi ula-ula… pero no sucumbí a romper más cabezas porque eso de besarse no me pareció para tanto… (Sí, porque debo admitir que mi hermano tuvo novia antes que yo novio. Y me resistí a admitir que nuestro tiempo de jugar cartas, dominó, ir al cine o al estadio de béisbol, fuera compartido con una desconocida…)

Luego a él le tocó hacerse pasar por novio mío –fue el último “novio” que tuve- por tal de que algunos infames me dejaran de coquetear. Pero esa es otra historia, que nos valió que en una cena de fin de año, en casa de unos amigos de mis padres, el anfitrión se acercara a mi papá para decirle: “Oye, ¿tú estás seguro que Leydi sabe que él es su hermano? Yo creo que no se ha enterado, pobrecita…”

Así crecimos. Separados a veces. Juntos otras. Siempre hemos tenido complicidades muy nuestras. El jarro de aluminio que echamos a perder derritiendo azúcar, el grafiti en la pared, el robo de chicharritas o papas fritas antes que se sirviera la comida… Y más de una vez hemos acudido al Fuenteovejuna –sobre todo cuando nuestros padres buscaban al culpable… y los dos parecíamos tener una aureola sobre la cabeza.

Cuando voy a casa de mi abuela paterna, mi tía me pide que hable de otra cosa que no sea mi hermano. Dice que no es posible que cuando dejo de verlo dos días ya empiezo a soltar palabras a tontas y a locas, a decir que lo extraño.

Pero es que… Una madrugada desperté bañada en llanto por una pesadilla horrible de creerlo muerto. Y me prometí que no se me quedarían palabras por decirle –como espero no se me queden con otras muchas personas. Desde entonces no escatimo en los te quiero y abrazos que le corresponden. Y de vuelta le reclamo el beso en la frente que tanto adoro.

Y le digo que es lindo. Y lo riego por toda la familia como un virus contagioso: “¡Qué lindo es mi hermano!” y todos saben que eso –particularmente en mí- es sinónimo de: “¡Como quiero a mi hermano!”

Una de las últimas anécdotas que tenemos –al menos de las contables- sucedió hace unos meses. Me dijeron: “¡Como te pareces a tu hermano!” Miré hacia él y le dije: “Oye eso, Tati, me acaban de decir que soy linda”.

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11 comentarios sobre “hermanados

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  1. Ño mijaaaa estamos crometradas poreque recién anoche en casa estaba escribiendo un post para el blog dedicado a mi hermana jajaja tu post súper lindo como todos, que suerte esa que tenemos de poder contar con esas personitas llamada hermanos, si yo se lo digo a mi mejor amiga que es hija única: TENER HERMANOS ES LO MÁXIMO!!! Un besote y gracias por este mensaje embotellado!!!! muaa!!!

    1. Así somos los hermanos, Jany, y entonces coincidirás conmigo en que siempre los creemos pequeños y con edad para jugar. Ayer le pregunté al mío cuándo volveríamos a ver una película juntos. me dijo que esta noche… si le hago rositas de maíz 🙂

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